lunes, 20 de noviembre de 2023

Querida amiga.

Querida amiga, 
Esta es mi venganza
Aquí, hoy, marco esta distancia.
Me despido, se ha acabado, 
Ya no espero tus mensajes, 
No seré yo quien te extrañe.

miércoles, 8 de noviembre de 2023

domingo, 15 de octubre de 2023

Mal momento

Mamá quiere que le agradezca a Dios, 
Así que, por si acaso, lo hago.
Le hablé de ti, de tu voz y de cómo cargabas a Poli,
Sonreí mientras mis palabras salían a torrentes en un intento por no perder su atención.
"¿Quieres pimientos?", Preguntó de pronto, después de mirarme a la cara mientras le contaba,
Como si no hubiera escuchado una sola palabra.
Me detuve en seco, el golpe de aire cerró mi garganta y apenas pude pronunciar un "No" lleno de confusión. 
Ella se marchó sin percatarse de nada,
Preguntándose si quizás los pimientos los querría mi hermana.

Estoy cansada de parecerme a ella, 
Pero a quién me iba a parecer si no. 
Me da miedo habitar en su cerebro,
Que mi piel sólo sirva para cubrirme los huesos.
Me pregunto si mi buena suerte viene de las estrellas, esas bolitas de fuego titilantes, tan lejanas, tan ajenas, tan perplejas como Dios, 
¿Acaso Dios es también una estrella? 
En un sentido, supongo que lo es, 
Todo el mundo ha escuchado sobre él. 
Me refiero a si, como supernova, también ha muerto, si se ha convertido en un agujero negro, y sigue brillando a la espera de ser olvidado.
Vaya desastre que está causando, es difícil de ignorar. Más aún de olvidar.
¿Se puede esperar algo cuando ya se ha muerto? 
Morir ha de ser aburrido si sólo se vive esperando. "Por mí esperan las costas, y en mi brazo ponen su esperanza", dirá la lápida de Dios. 
El mar se secará, y la desesperanza se cernirá sobre la tierra.
No son buenos tiempos para ser Dios. Todas esas muertes, todas esas quejas y oraciones, plegarias, maldiciones, que suben directo al cielo. Pero le agradezco por si acaso. Porque no se ha ensañado conmigo, porque me ha dejado vivir, aunque hable de herejías y otras diversiones que dudo que le hagan reír. 
Le hablé de ti, a mamá, a Dios nunca le cuento nada, se supone que todo lo ve y, sinceramente, debe ser aburrido para él escuchar aquello que ya sabe, recibir peticiones que no planea conceder. Todo es un plan de Dios, ¿Acaso no les importa? ¿Para qué planear tanto si nadie queda conforme al final?
Es mal momento para ser Dios, se espera tanto del oficio, pero las líneas de comunicación están cortadas (intente de nuevo más tarde, suena desde el agujero negro, simple silueta de la ausencia de Dios).
 Hay un montón de ibuprofeno entre las nubes, el ruido nunca se detiene, antes de volverse estrella, Dios sufría de jaquecas, le molestaba tanto la luz, de ahí la supernova, por eso su explosión, ahora es un agujero negro que consume vidas, mal momento, pésimo servicio, no seas Dios.
Le hablé de ti, creí que levantaría las cejas y daría su opinión, una opinión fuerte, "sin intención de ofender", pero se mantuvo transparente, pensando en los pimientos y luego se marchó. Quizás tiene razón, debería agradecerle a Dios. No por ti, sino por su falta de atención.
Sé que hace lo que puede, que no está viviendo el sueño, que para ella, su vida acabó a los cuarenta. Siempre pienso en regalarle libros, en convencerla de salir, pero ella dice que tiene suficiente con la casa y el jardín.
Ahora también va a la iglesia, a encontrarse a sí misma, lo que tiene sentido, pues Dios rara vez se aparece por ahí.
Así que, contra mi voluntad, si mamá quiere que le agradezca a Dios, lo hago mirando a las estrellas, lo hago por si acaso, por si aún existe algo que vale la pena. 




sábado, 7 de octubre de 2023

Quisiera habitar en tu cerebro

A veces quisiera habitar en tu cerebro. 
Formar parte de cada uno de tus huesos,
Articularme como uno de tus pensamientos. 

¿Qué tan posible es conocer a una persona? 
¿Hasta qué punto somos espejos más que profundos lagos de humanidad?

Alguna vez te conocí, 
sabía abrazarte y hacerte reír. 
Pero una persona no puede vivir sólo de abrazos.

No debería importar ya,
Los dos cambiamos tanto que deberíamos ser diferentes,
Seguimos siendo tan parecidos,
Como si la misma dirección hubiera regido nuestros caminos.

Te vuelvo a ver cada martes, algunos jueves, y me haces el día.
Nuestras vidas se entrelazan como la maleza en verano.
Pero ahora sólo es otoño y debo estar agradecida, 
de lo contrario, mis raíces estarían para siempre a ti adheridas. 

Quisiera saber en qué momento todo fue en descenso,
¿Fueron los hoyuelos que no tengo o quizás el dejo de ironía con que siempre bromeo? 
La traición de estar conmigo se convirtió en tu ausencia, 
Olvidaste que también éramos amigos,
Para recordar no se requiere ciencia,  
Ni para vivir en la miseria.

Sé que te sientes solo, esa soledad melancólica ya te seguía a todos lados.
"Siempre estoy cansado", me dijiste una noche no muy lejana, 
en que practicábamos ser amigos, en que fingíamos no ser nada.
Me pregunto si esa fue una de las razones para distanciarte. 

Te prometo, nunca quise encapsularte,
Volverte mío, sí, lo admito.
Como sea, ahora te has ido. 

Te vuelvo a ver, 
Cada martes, algunos jueves, y me haces el día.
Pero los interludios son eternos, tan eternos
Que me da tiempo de volverme agua, 
Parte de este mar que me atormenta y me estanca. 

¿En qué momento me convertí en esta persona, con todos estos años y estos miedos?

Me hundo en este mar. 
Es salado y guarda todas mis noches en vela, 
los desbordes de mis ojos que se volvieron olas, 
Y holas nunca dichos. 

Pero este mar no es mi amigo, 
Es más como el dolor, que se sienta junto a mí a la espera de que lo sufra a mi manera. 
A veces arde como las llamas de todos mis demonios, con furia y pasión, 
Otras veces me obliga a permanecer en cama, 
Donde este cuerpo me pesa como si me quedara grande, 
Y sólo puedo sentir que me hundo y me ahogo, 
Por mucho que intente salir a la superficie, donde antes estabas tú. 

Puedo decir que te quise, 
Aunque el rechazo siempre acechaba en cada esquina. 
Puedo decir con certeza que me amaste, 
Aunque ese amor se convirtió en palabras sin sentido cuando volviste a marcharte. 

¿Cuántas veces nos hemos despedido, y qué significa eso de guardarme en el olvido? 
Nunca hemos aprendido. 
Decirte adiós no está en mi diccionario, 
Por eso es que mejor callo. 

miércoles, 2 de agosto de 2023

Truco de Magia Casero

¿Cómo se le llama a lo que sucede cuando una polilla sale volando de un frasco cerrado de avena?

viernes, 7 de julio de 2023

Reivindicación de la escritura desde la experiencia

Escribimos desde lo que conocemos, lo que hemos vivido. En los últimos años se nos ha hecho creer que escribir desde nuestra experiencia es un rasgo de escritoras principiantes, que escribir desde un yo autobiográfico una novela, no es escribir "bien".

Estudiar carreras referentes a literatura significa dos cosas: dejar de escribir y dejar de leer. La primera, porque se nos hace creer que a nadie le importa lo que tenemos que decir, que hay que basarse en los autores, y aquí llega la razón de la segunda, dejamos de leer porque sólo leemos a hombres, lo que también nos hace dejar de escribir al no poder reflejarnos en ese estilo de escritura. 

La literatura escrita por hombres es premiada y halagada por concursos e instituciones, incluso nosotras tenemos que admitir que algunos son buenos, porque muchas veces lo son, pero no todos. Vemos ejemplos de cuentos escritos por mujeres que son mucho mejores en trama y estructura que los ganadores de los hombres. No obstante, el sistema los respalda, el público con poder económico los festeja, todo el mundo literario es estructuralmente masculino. Y cuando una mujer consigue ese reconocimiento, se dice que es porque "escribe como varón", ¿Puede haber una frase más machista que esa? 

No debería existir la separación de escritura masculina y femenina, pero existe. En todo caso, sería mejor poder señalar otras características, si un libro es entretenido, si es emotivo o misterioso. Ni siquiera es posible decir que un libro es bueno o no, si es interesante o no lo es, porque la audiencia es de gustos diversos. Si tan sólo los espacios oficiales aceptaran este hecho y dejaran de tratar a los libros escritos por mujeres como "literatura juvenil" y a las escritoras como minoría, cuando no es así, somos al menos la mitad de la comunidad literata y todo radica en la visibilidad que se nos da.

Tenemos tan normalizado que los hombres no consuman los productos literarios o artísticos  de las mujeres, mientras se ríen con suficiencia de nosotras si no conocemos a tal o cual autor. ¿Acaso ellos han leído a Jane Austen, las hermanas Brontë, Clarice Lispector o Kate Morton? ¿Acaso conocen a Elena Garro por sí misma y no por haber sido esposa de Octavio Paz? Aquí quiero señalar otro tema de vital importancia, cómo las mujeres existen con respecto a los hombres, quiénes fueron sus esposos, hermanos o padres. Pocas mujeres consiguen superar ese estigma social. Emilia Pardo Bazán consiguió reconocimiento por su nombre al alejarse de su familia, pues su padre era un hombre poderoso y rico. No obstante, eso no es de ayuda en casi ninguna ocasión, pues se espera de las mujeres aquello que los hombres ya han alcanzado, es decir, si ellas consiguen algo, la sociedad dice que no es por su talento, sino por la influencia masculina que las respalda. Lo cual resulta muy molesto y una gran mentira. 

La experiencia de estas mujeres, y no las influencias masculinas que las rodeaban, fue la que las llevó a escribir o a expresarse artísticamente como lo hicieron. Muchos de sus escritos se perdieron con el tiempo, ya fuera por falta de reconocimiento institucional o por falta de público económicamente activo. No es de sorprender que en la actualidad las antologías de cuentistas contengan treinta autores y tan sólo cinco autoras, a menos, claro, que sea una antología de mujeres. No es por escasez de escritoras, siempre han existido, sino por falta de espacios de reconocimiento neutrales, donde no importe el sexo de la persona para ser considerado literatura; donde las críticas provengan de autoridades igualitarias y no sólo de una mesa conformada por hombres con ideas y gustos similares que se festejan unos a otros por estar dentro de la norma masculina.

Finalmente, considero que escribir desde la experiencia es conectar con las personas lectoras con una verdad compartida, de situaciones, emociones y sentimientos que quizá todas hemos vivido o todas desearíamos haber vivido. Así mismo, no debería existir una norma que señale lo que podemos o no escribir, sobre todo en las escuelas, donde, para empezar, tienen programas educativos plagados de autores masculinos, desde la literatura medieval y prehispánica, hasta el romanticismo y lo contemporáneo. Claro está que no desacredito a estas novelas porque forman parte de la historia de la literatura y son las bases para aprender a analizar y escribir. Sin embargo, sí quiero recalcar que el problema está en la falta de literatura que no encaja en la norma heteropatriarcal en dicho bagaje, porque, ¿cómo pueden decir que la historia está completa si falta más de la mitad de la población en ella?  

viernes, 30 de junio de 2023

El sonido de las ambulancias

Dejé de creer en el sonido salvador de las ambulancias cuando tenía dieciocho años. Sara y yo habíamos pasado el fin de semana en la casa de campo de nuestros padres y no teníamos ninguna prisa por volver a la ciudad. Era lunes por la tarde cuando volvimos al departamento donde mi hermana y yo rentábamos. Nuestra única roomie en aquel momento era una señora de mediana edad, complexión robusta y personalidad definida por su amor a Dios. Pero ninguna de estas características provocaron ni podían haber prevenido lo que le sucedió. 

El departamento estaba en total silencio y un olor punzante y dulzón lo inundaba todo. Crucé miradas con Sara, una mezcla de preocupación y fastidio. Creíamos que aquel tufo provenía del refri, habíamos olvidado subir la carne al congelador y mi hermana le había pedido a la señora Carmen que la cambiara de lugar para evitar su descomposición. Su respuesta afirmativa no se había hecho esperar. Eso había sido hacía dos noches.

Avanzamos con cautela, yo iba delante y fui la primera en verla. Se encontraba tirada en el suelo de su habitación, la puerta entornada dejaba ver la mitad de su cuerpo desnudo. Contuve la respiración. Aquel hedor no provenía del refri. Mi hermana se quedó observándola junto a mí.
 
—¿Carmen? —la llamó Sara.
Me sorprendió la normalidad en su voz.
—Hola, Sarita —respondió Carmen desde el suelo de su cuarto, con la voz pastosa de los moribundos— Se me olvidó subir la carne al congelador —le dijo.
—No pasa nada, ahorita la guardamos —continuó mi hermana.
Yo permanecí en silencio. Ninguna se atrevía a acercarse. Quizá era su desnudez la que nos detenía, quizá el temor de verla morir.
—Hay que llamar a una ambulancia —musité.
 
En el fondo deseaba que todo aquello fuera una actuación de Carmen. Llevaba semanas comportándose de forma extraña. Lo primero que notamos fue que olvidaba apagar el boiler después de utilizarlo y permanecía así hasta que por la noche alguna de nosotras lo descubría. Una mañana me despertó el sonido del agua a presión en la pila desbordante del lavadero, no había habido agua el día anterior y Carmen había dejado la llave totalmente abierta. Sus otros comportamientos no eran olvidos, sino acusaciones contra mí. Cuando algo se perdía, como un trapo o incluso comida, Carmen le decía a Sara "ha de haber sido tu hermana, ya ves que siempre tira todo. Ya ves que es ella la que limpia". Mientras yo me declaraba inocente con exasperación. No comprendía la necesidad de Carmen de culparme por esas pequeñas desapariciones.
 
Llamamos a una ambulancia y mi hermana salió a recibirla. Tardó al menos media hora en llegar. Yo permanecí en el linde de la puerta, lista para huir de ser necesario. Le tenía miedo a la muerte, más aún a una persona que peligraba a morir en mi presencia. Por fin llegó la ambulancia. Nos pidieron vestirla y tuvimos que acercarnos. "No me muevan", rogaba ella, "si me mueven, moriré". Nosotras miramos a los paramédicos y ellos insistieron en que era necesario vestirla aunque dijera una y otra vez lo mucho que le dolía. No sabíamos qué le dolía, probablemente todo.

Los paramédicos no pudieron cargarla. Llegaron los bomberos. Parecía una escena cómica y abstracta el tener a seis hombres uniformados en la sala, preparando a Carmen para transportarla. Le preguntaron desde cuándo estaba ahí, "desde el martes", respondió con seguridad. El enfermero me miró y yo negué con la cabeza. Ya le habíamos explicado que no habíamos estado desde el viernes hasta ese día. No sabíamos cuánto llevaba ahí, pero definitivamente no era una semana. Desde ese momento, y hasta que se la llevaron, Carmen no despegó la vista de mí. Me observaba desde la camilla con el ceño fruncido. Yo intentaba evitar sus ojos, pero era tan insistente que aún tiemblo de pensar en ella. Era como si me culpara por encontrarse en esa situación. Ya no se trataba de trapos de cocina o de comida perdida por lo que me acusaba. Era por su vida, por su muerte.

Mi hermana llamó a una amiga de Carmen, quien dijo que iría enseguida al hospital. El paramédico nos preguntó casi con sorna si iríamos con ella en la ambulancia. Me pregunté a qué se debía esa sonrisita de suficiencia, como si supiera la respuesta. "No, ya llamamos a una amiga suya, nos quedaremos a limpiar", le dijo Sara. Y era verdad. El cuarto de Carmen tenía un charco de orines en el suelo, su uniforme del trabajo también se había llenado. Me puse los guantes y me dediqué a lavarlo, aunque Sara dijo que sería mejor tirarlo. "Así estará limpio para cuando regrese", le dije. Ella se dedicó a trapear el departamento y limpiar el refri, la carne se había echado a perder. Pronto el tufillo había desaparecido. Esa noche juntamos las dos camas en nuestro cuarto y dormimos muy juntas. Yo tenía miedo de morirme. Me prometí nunca vivir como Carmen.

Nos había tomado por sorpresa encontrarla así, pero no tanto que hubiera enfermado, pues decir que se cuidaba es una mentira por respeto a los muertos. Se desvelaba viendo televisión hasta las doce o una de la madrugada y se levantaba para ir al trabajo a las cinco. Rara vez comía saludable o hacía ejercicio, aunque se la pasaba parada en su trabajo. Fue evidente, al menos para mí, que el poco sueño y la mala alimentación la llevaron a encontrarse tan enferma. Pero fue su falta de propósito en la vida la que la llevó a la tumba. 

La amiga de Carmen nos llamó al día siguiente para decirnos que ya estaba mucho mejor. Que incluso ya la había reconocido y habían hablado un poco. Nos alegramos por ella. Aunque un leve temor nos invadió al saber que había tenido un infarto cerebral, porque era posible que no pudiera cuidarse por sí misma y no era cercana con su familia. Supusimos que tendría que reconciliarse con su papá, que ya nos las arreglaríamos cuando saliera del hospital. No obstante, un día después de aquella llamada esperanzadora, Sara fue a mi universidad con su novio. "Carmen se murió", se limitó a decir. Según le dijo la amiga de Carmen, sus órganos dejaron de funcionar. 

Aquella noche fuimos Sara y yo al funeral. Se llevó a cabo en la iglesia a la que asistía Carmen, una casa antigua y de muebles de madera bruñida. "Estas son las personas que mataron sus ganas de vivir", pensé conforme nos adentrábamos en el salón lleno de personas vestidas de blanco. Sabía lo injusto que era culpar a aquellas personas por su muerte, pero era la única manera que tenía de justificar que alguien tan joven hubiera muerto. Saludamos a la amiga de Carmen y a otras personas que no conocíamos. No dimos el pésame, porque a nadie parecía importarle especialmente. La predicación del pastor fue sobre la alegría de ir al cielo al morir. Deseé con todas mis fuerzas que Carmen no hubiera muerto. Pero el ataúd abierto exhibía su cuerpo vestido de negro y bien maquillado. Nunca la había visto tan arreglada, el pelo tan liso y acomodado. Sus labios estaban fruncidos en una mueca de inconformidad. "Lo sé, Carmen, yo tampoco estaría conforme con una muerte así". Hubo alabanzas alegres porque un alma más había sido recibida en el cielo. Yo dudaba mucho que Carmen hubiera ido al cielo, así que lloré por su muerte.

Desde aquel suceso, escuchar una ambulancia por la calle me causa escalofríos. Es un constante recordatorio del rescate fallido de Carmen en una de esas máquinas. Seis hombres fueron incapaces de salvarla, ni siquiera el hospital pudo evitar los daños de toda una vida.

La amiga de Carmen se quedó con todas sus posesiones, en contra de la voluntad del padre con el que llevaba una mala relación. Fue ella quien lavó los montones y montones de ropa sucia que Carmen acumulaba en su cuarto. Me tranquilizaba verla en el departamento. Para mí, entrar ahí sola era arriesgarme a ser atacada por el fantasma de una Carmen ceñuda e inconforme. Quizá me perseguiría señalándome con el dedo índice por haber perdido su vida. Nunca abrí la puerta de la que fue su habitación, ni siquiera para limpiarla. Al final, me di cuenta de que no moriría, y que Carmen no volvería para cazarme. Tal vez a los fantasmas les asustan más los vivos y el sonido de las ambulancias que la muerte en sí misma.

jueves, 22 de junio de 2023

Oscuridad heredada

Eres oscura, fortaleza y libertad.
Guardaste en mí osadía, ideas rebeldes y lealtad.
Cediste tu futuro para criarme, 
A veces hablas de esos sueños, 
Otras veces dices que una se conforma con lo que llega a nuestro puerto.
Ya casi no hablamos,
No hay más intercambio de historias,
Los años pasaron y no estás satisfecha,
Evitamos la mirada, 
Somos transparencia
Y falta de atención.
Vives ausente,
Quisiera que hubieras conseguido todo lo que deseabas en la vida.
Abrazo con orgullo esa oscuridad heredada. 
Aunque ahora no apruebes nuestra naturaleza y le des la espalda.
Sin ti nadie sabría todos mis secretos
Sin ti la casa no funciona
Es lo que somos, más que compañía o comprensión, somos presencia.
La vida no es lineal, 
Por eso dicen que nunca es tarde,
¿Tarde para qué? 
Es tu turno de vivir.

Carta a un amor perdido

Llevo congelada en el tiempo desde que te fuiste, y aun así, envejezco. 
Desearía comprender por qué decidiste que no funcionamos juntos. 
Te prometo que he intentado estar con otras personas, pero nada se compara con la emoción que sentí contigo en nuestra adolescencia.
Tengo miedo de que los mejores años de mi vida hayan pasado, 
Aquí se acabó el camino, no más guías ni direcciones marcadas por el sistema, ¿qué será de mí?

Cuando tú estabas, al menos sabía que me gustaba mi vida, ahora sé que nadie vendrá a salvarme, tontas películas románticas, tontos libros llenos de mentiras. 
Nuestros recuerdos serán lo único que quedará de nosotros, algún día también se irán. 
Recuerdo como si haberte conocido fuera un consuelo, cuando algo sale mal, vuelvo a ese lugar seguro, tomada de tu mano bajo la lluvia, riendo a carcajadas, persiguiendo el tren o poniendo una lata de té en nuestros rostros, aquella vez que en vez del frío de la lata, sentiste la calidez de mis labios en los tuyos.

Ya qué más da, estás enamorado de alguien más. Siempre supe que pasaría, no tenía sentido nada en nuestra relación, tú y yo, nada especial. Con todo, desearía que te hubieras quedado conmigo. Probablemente nunca comprenda tu decisión de dejarme. Quisiera odiarte, gritar que nunca te perdonaré, pero tampoco encontraré otra vez eso que teníamos, que tan poco cuidamos y que no podremos recuperar. 


domingo, 18 de junio de 2023

Llamada de poder

Le colgó después de anunciarle que debían terminar, "está bien", dijo él. Sus celos habían sido la principal causa, valoraba demasiado su libertad y a sus amigos como para soportar una relación de esa categoría. "Esa categoría", palabras que, de algún modo le restaban importancia a la realidad y normalizaban cada uno de los momentos vividos en ella. Agar se había despertado temprano esa mañana, se alegró de haber puesto en silencio su celular la noche anterior para evitar llamadas indeseables de Brandon, aquel treintañero que la había conquistado en tan poco tiempo para después intentar controlar toda su vida. No se había quedado tan solo en un intento, pues ella había cambiado sus rutinas, sus días de visitar a sus padres, de ir a patinar, de salir con sus amistades, sólo para ver si así él dejaba de estar molesto la mitad del tiempo con ella. No comprendía esa necesidad de estar siempre de mal humor, como si la vida no tuviera nada bueno que ofrecer, mientras decía, una y otra vez, lo mucho que apreciaba su relación, lo feliz que lo hacía haberla conocido. "Sé que me merezco esto", le sonrió una vez, después de comer un bocado de arroz con ajo y mantequilla. Ella sonrió complacida porque era evidente que él la quería en su vida. 
Hacía años que no sentía algo recíproco por alguien y se sintió afortunada de verse envuelta con alguien tan "intenso" como ella. La intensidad era una palabra que había llegado con el siglo: Las mujeres eran consideradas intensas, el sol estaba cada vez más intenso, te amo era una palabra intensa, pedir una explicación sobre qué eran dos personas después de besarse o acostarse era, definitivamente, intensidad. Por lo que Agar había intentado, por todos los medios no demostrar su intensidad, y lo consiguió. No obstante, a pesar de que había sentido alivio al escucharlo decir que él era intenso, porque entonces ella podría ser ella misma sin asustarlo, fueron los comportamientos de Brandon los que la hicieron retroceder. 
Agar se consideraba una mujer de mente abierta, había estudiado literatura y conocido distintas perspectivas de tiempos lejanos y actuales, se sentía preparada para afrontar lo que una relación con alguien doce años mayor podía ofrecer. Cuando Brandon hablaba, era como si estuviera cautivado por el pasado, nunca hablaba mal de las personas, al contrario, se extendía en sus cualidades y en lo mucho que los apreciaba, sobre todo a su hijo, su padre, su hermano, su mejor amigo y su mamá. Agar se dio cuenta de lo abrumante que le parecía que hubiera tantos hombres en esa lista. Pero no era la única plagada de ellos, también sus gustos musicales consistían en voces masculinas, música que Agar prefería no comentar, pues le era indiferente, sino desagradable. "Es que no me has dejado mostrarte a las mujeres que escucho, escucho más mujeres que nada", le dijo él con diversión, cuando ella acababa de poner a una de sus artistas y canciones favoritas. Ella no había escuchado con él a ninguna mujer, por lo que, cuando dejó de sonar la hermosa voz de Cults en Spotify, le permitió seguir poniendo la música. Brandon se sorprendió porque ella no conocía a esa cantante, a ella le pareció que no estaba mal, la siguiente canción de mujer no le gustó, la voz era agradable, pero la música no. Le hubiera gustado poder ser sincera y apoderarse una vez más de la fila de reproducción, no obstante, escuchó con paciencia. Después de esa segunda canción, le siguieron puros hombres, ella no quiso señalar ese hecho y él pareció no darse cuenta. Si algo sabía sobre cómo funcionaban los algoritmos para que las personas utilizaran ciertas plataformas, era que, según los gustos, según las costumbres auditivas del usuario, se formaban las listas aleatorias. Lo cual evidenciaba una absoluta ausencia de mujeres en sus gustos musicales. No sólo eran sus amistades y sus gustos musicales, en su librero, compuesto por al menos cincuenta libros, predominaban los hombres. Ella sólo reconoció a los más famosos por la carrera que había estudiado. "Tengo estos cinco libros escritos por mujeres", se defendió él cuando ella lo señaló.
-Y de esos cinco, ¿Cuántos has leído? -quiso saber ella. 
-Uno -admitió él. 
Él le dijo que le gustaba que ella le mostrara esa clase de carencias por su parte, que le enseñara a consumir más productos artísticos hechos por mujeres. Pero Agar sabía que era una carencia tan interna, tan normalizada, que él no comprendía cuál era el problema de no leer o escuchar mujeres, mientras dijera que lo hacía o intentaría hacerlo. Porque era una característica inherente a la sociedad masculina heteronormativa el consumir sólo productos literarios y musicales hechos por hombres. Los hombres con los que ella había coincidido en la carrera no iban por ahí diciendo que una de sus autoras preferidas era Jane Austen o Emily Brontë, decían que su figura a seguir era Juan Rulfo, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes. No decían que escribían poesía, porque eso era más de mujeres sentimentales, ellos escribían cuentos y novelas. El único maestro que admitía abiertamente su amor por el trabajo de una mujer, era el maestro de Metodología literaria, quién habló y habló de cómo la literatura de Clarice Lispector la hacía su amante, comentario que Agar no decidía si reivindicaba la situación. Pues otro rasgo muy normalizado en los hombres era que, en vez de comentar los rasgos buenos de, por ejemplo, alguna cantante, señalaban su figura, su belleza o su forma de moverse. Siempre y cuando fuera agradable a sus ojos, entonces cantaba bien. 
Las cosas aún iban bien en ese momento, parecía que compartían el tiempo, aunque a veces ella sentía que él sólo quería una observadora, alguien que sonriera a sus comentarios, que escuchara lo que sea que él tuviera que decir, que comiera con él y estuviera disponible a todas horas, toda la semana. Hablaba de sí mismo con complacencia, se deleitaba en sus propias historias, las cuales repitió en más de una ocasión. "Te voy a aburrir", se quejaba él y ella sabía que debía decir que no sería así. Sí la aburría, hablaba demasiado y se interesaba poco por lo que ella tuviera que decir. Le hablaba mucho de su hijo, probablemente lo único de lo que no debía arrepentirse en la vida, pues según él, el niño era bueno por naturaleza, inteligente, divertido y no tendría sus defectos, pues él era un padre ausente. Desde luego él no lo plasmó de esa manera, difícilmente un padre ausente se definirá de esa manera. 
—No tengo obligación moral de mantenerlo, lo hago porque me nace —le dijo en una ocasión.
Agar se quedó sin palabras. Su única obligación posible era la moral. 
—Ella ni siquiera quiso ponerle mi apellido, no tengo por qué darle pensión si no lleva mi apellido. 
—Pero es tu hijo, con o sin apellido, lleva tu sangre. Dices que se parecen un montón, hasta prueba de paternidad hubo, ¿Qué más quieres?
—Las enfermeras estaban muertas de risa cuando nos vieron ir a hacer esa prueba, porque estamos igualitos —sonrió él como si recordara una ida al parque. 
Agar no pudo imaginar a las enfermeras muertas de risa, pero igual sonrió para no romper el deleite se Brandon en sus propias palabras. 
—¿Para qué se hicieron la prueba entonces si era tan obvio?
—Porque ella no sabía de quién era el bebé -explicó él y Agar le creyó.
Conforme pasaron las semanas se dio cuenta de que probablemente ella sí sabía de quién era y él no se quería hacer cargo. También su historia sobre cómo la familia de ella nunca lo había dejado entrar en  su casa y le habían dicho que no querían su dinero, la hizo pensar que quizá los padres habían tenido la esperanza de deshacerse de él, proteger a su hija de su horrible temperamento. 
Él le habló de que mantendría a su hijo sólo hasta que cumpliera los dieciocho, después se desentendería. El niño tenía siete años y él ya estaba pensando en dejar de dar dinero, ponía como pretexto que no llevaba sus apellidos y, dicho con sutileza, todo era culpa de la madre del niño o de su familia. 
—¿No lo vas a ayudar con la universidad? Es cuando más necesitamos ayuda —argumentó ella. 
Sentía una incomodidad que hubiera preferido ignorar para no decepcionarse de un hombre irresponsable paternalmente. 
—No.
—¿Qué tus padres no te ayudaron? ¿Tuviste que trabajar?
—Sí, yo empecé a trabajar a los dieciséis —dijo con un orgullo molesto. 
Ella apenas llevaba un trabajo de dos meses, al que había renunciado sin mirar atrás y tenía veinticuatro años.
—Y no terminaste la universidad, ¿Quieres eso para tu hijo? 
—No es porque no quise terminarla, nunca dejé de estudiar —se defendió sin responder a su pregunta. 
Agar aprendió a perder las discusiones porque él ignoraba sus mejores argumentos, cambiaba el tema o hacía chistes para desviar la atención. 
Al menos de momento, según le había dicho, le pagaba el colegio a su hijo y lo llevaba a la escuela todos los días (un viaje de veinticinco minutos) para luego regresar a su vida sin compromisos.
La desconfianza que Brandon había mostrado hacia la madre de su hijo, por lo que habían tenido que hacer la prueba, se hizo patente en su relación poco después, cuando ella tuvo que ir al centro a hacer un encargo. Le envió un audio donde le contaba lo que se proponía hacer en su recorrido. De regreso, se detuvo en una librería de segunda mano y compró un libro que le llamó la atención. Al día siguiente, tuvieron una discusión, una tontería, conllevaba dinero, y ella se dio cuenta de que no le gustaba para nada la reacción de Brandon al respecto. 
Fue al centro a recoger su encargo y, al volver a casa, recibió una llamada suya. Respondió.
—¿Hola?
—Dime —dijo él con mal talante, siempre le respondía así las llamadas, aunque no se hubieran peleado 
—Tú eres quien llamó —le recordó ella.
—Ah, ¿Te puedo hacer una pregunta y me vas a responder con honestidad?
—Sí...
Honestidad. Su palabra favorita, la usaba a menudo, pero no la creía a ella capaz de ser veraz. "¿Por qué no me crees?" Le preguntaba ella y él negaba con la cabeza, para él las mujeres eran engañosas, mentían y traicionaban. No confiaba en ella para nada. Y cuando ella lo afrontó por eso, él le dijo que había distintos tipos de confianza, él confiaba en el talento de ella, pero no en su fidelidad. 
—¿Con quién fuiste al centro ayer?
A ella le tomó un minuto recordar qué había hecho el día anterior.
—¿En la mañana o en la tarde? —preguntó para hacer tiempo.
Una risa amarga del otro lado del auricular.
—Si tienes que preguntar es que sí fuiste con alguien.
-Fui sola —dijo ella —¿Por qué?
—En el audio que me enviaste se escuchaba que estabas con alguien más. 
—Pues no, fui sola. 
Otra risa, esta vez llena de cinismo y triunfo. Agar se enfadó y le dijo:
—Si hubiera ido con alguien y no hubiera querido que te enteraras, no te hubiera mandado audio —su argumento era lógico, pero él lo ignoró.
—¿Me vas a decir que no estabas viendo libros con alguien más?
—Después de mandarte el audio, fui a recoger mis fotos y de regreso vi el libro y lo compré —explicó con sencillez.
—El orden de los mensajes no coincide con lo que dices.
Sí coincidía, pero a él le gustaba crear escenarios.
Agar vivía con miedo de que él malinterpretara sus palabras. En una ocasión le había dicho que había ido a casa después de verse con sus amigos para quitarse el labial porque no le gustaba besar con labial puesto. "¿Qué?", Preguntó él. Ella repitió la frase tal cual la había dicho un segundo atrás. "Eso no fue lo que dijiste", dijo con seriedad. El resto de la tarde se tiñó de amargura y desconfianza. La hizo sentir insegura, le dijo que no sabía si quería estar con ella porque no se tomaba la relación con compromiso y responsabilidad. La tachó de ser parte de una generación joven, donde las cosas no duraban y por eso sus relaciones no habían durado más de dos meses. "Estás siendo cruel" le reclamó ella, con lágrimas en los ojos y se odió por eso. "Es que tú no dices nada y me dejas hablar y hablar y digo puras estupideces, pero es porque tú no me dices lo que piensas", se defendió. Con el tiempo, ella notó que él la interrumpía cada que comenzaba a hablar en las discusiones. Agar decía dos frases coherentes y él tenía que rebatirlas enseguida o, aparentemente, podía morir en la espera, o peor aún, podía resultar que Agar tenía razón. 
Él siempre tenía razón, siempre tenía la última palabra, le gustaba sentirse superior y ser el maestro, el instructor, quien diera un consejo o los secretos de cómo vivir la vida.
—Deberías hacer una lista de lo que vas a hacer en tu día a día, organizarte para ser productiva, yo ya te he enseñado todo lo que necesitas saber para iniciar tu propio negocio —le dijo una tarde en que caminaban por una acera tranquila cerca de donde ella vivía. 
Ella asentía con paciencia.
—Por ejemplo, proponerte trabajar en tus dibujos al menos una hora al día, organizarte —repitió.
A Agar le molestaba que le dijera cómo debería emplear su tiempo, sólo porque no tenía empleo y se había graduado hacía un año, no era de su incumbencia lo que hacía con su tiempo, ya que él le quitaba la mayor parte. 
—Ya hago eso —le dijo— hago una lista diaria y luego voy palomeando lo que ya hice. Llevo desde la prepa haciendo eso.
—Entonces, ¿por qué me dejas sermonearte? —preguntó y ella se encogió de hombros. "Porque te gusta hacerlo", pensó. 
Otro día había ido a patinar con una de sus nuevas amigas de patinaje y le escribió que seguía en el sitio de patinaje, el problema fue que se equivocó de nombre del lugar y él la corrigió. Sintió el miedo subirle por la garganta, ahora con más razón desconfiaría de ella. Afortunadamente, lo único que sucedió fue que él le dijo "no te vi ahí donde dijiste" y ella respondió, "yo tampoco te vi pasar", y él dijo "no pasa nada", como para decirle que le creía, como si fuera un favor creerle y ella pudiera estar tranquila por esa ocasión.
A Brandon le molestaba que Agar tuviera tantos amigos, que saliera a divertirse mientras el resto del mundo debía desvivirse para intentar vivir. 
"No me gusta que hagas planes con tus amigos cuando no nos vemos, porque entonces sólo sales conmigo por compromiso", le dijo una vez y ella intentó explicarle que si no era cuando no se veían, entonces, ¿Cuándo vería a sus amigos? Pero él lo dejó como un problema de ella, mientras tanto, se mantuvo distante y molesto. 
Cuando ella le decía que sentía que a él le molestaba que viera a sus amigos, él se ofendía y tomaba una postura taciturna, casi melancólica, como si ella lo hubiera herido profundamente con su comentario, eso sí, después de decirle que estaba mal, que si creía que era de esa manera, lo dejara inmediatamente. Pero cuando ella salía con sus amigos, él se portaba cortante y la ignoraba al día siguiente, hasta que se consumía sustancias por la noche y la llamaba entre risas, como si todo estuviera perfectamente y ella tuviera que aceptar sus cambios de humor y agradecer que la hubiera perdonado. 
Brandon se molestaba si ella se tardaba en contestarle, si no le llegaban sus mensajes rápido, si le decía que iba a salir con alguien (fueran amigas o grupos mixtos), si hablaba o reía efusivamente, si no cumplía con sus expectativas, si se iba a visitar a sus papás, si no lo besaba como él quería, "ni me besas bien", le decía continuamente, a ella eso le preocupaba, pues siempre se había regodeado en ser buena besando, si ella no decía lo que sentía, pero también si decía lo que sentía, si era complaciente, o si era rebelde, si intentaba no hacerlo enojar, "te andas con mucho cuidado de no hacerme enojar", se quejó en una ocasión, "eres demasiado complaciente", dijo casi con aburrimiento, pero ella intentó ser ella misma y él de todos modos estaba molesto todo el tiempo, y, cuando le dijo que siempre estaba enojado con ella, él replicó que no lo había visto aún enojado. Él diferenciaba el estar enojado y estar molesto, sólo la ignoraba, nunca se habían gritado ni dicho malas palabras, para él, la relación iba sobre ruedas. Mientras que a ella nunca la habían tratado tan mal. 
Así pues, numerosas cosas de su personalidad lo molestaban, pero nada lo molestó más que el hecho de que ella pensara. Él quería que ella llevara la cuenta de Instagram de su empleo, no obstante, ella se negó sin palabras, alargaba el momento de decir que sí, pues veía que había evidencia de otro noviazgo en ese Instagram, su exnovia había accedido a ayudarlo, había creado videos bien hechos para él y seguramente la había tratado igual de mal que a Agar. Se sentía mal por ella, pero también agradecida de que, de algún modo hubiera quedado evidencia de cómo él había usado a otra mujer para sus propios fines. Por su actitud, no quería una novia, "somos pareja", le dijo una vez, según él, una novia era inferior que una pareja porque las parejas hacen planes juntas. A Agar le resultó una diferencia tonta, pero aceptó porque pensó que estaría bien probar algo nuevo. Brandon quería una empleada. Al principio no lo notó, salían a andar en bici, tenían largas charlas que más bien eran monólogos de cómo Brandon había vivido muchísimo en su vida, cómo ella podía aprender de él, fueron a museos y a casa de él. Vivía en el techo de casa de su tía. Agar intentó no juzgarlo, era normal que los artistas tuvieran vidas bohemias y sin forma. Ella no quería vivir como él, no quería trabajar de conserje ni en un tianguis. 
El padre se Agar trabajaba en un tianguis y ella sabía que, si sabías qué vender, podía ser un considerable ingreso económico. Brandon no sabía vender. Hacía artesanías de buena calidad, ella admiraba su trabajo, pero no vendía. Y tampoco es que ella hubiera considerado seguir los pasos de su papá, aunque lo admiraba y adoraba, nunca había sido su sueño trabajar en un tianguis con el ritmo, la carga de trabajo, el ambiente musical y climático, y los horarios extensos. Le resultaba demasiado estresante y su papá le había brindado estudios. Aún en ese momento, con su capricho por vivir en la ciudad, graduada y sin trabajo, él la apoyaba económicamente, alentándola a disfrutar mientras podía de no hacer nada más que aquello que amaba: escribir, leer y pintar. 
Brandon decía envidiar eso de ella, pero también quería emplearla, que ella trabajara para él, que no buscara trabajo, ¿Para qué si él podía mantenerlos a ambos? Agar había querido trabajar desde que había acabado la universidad, sólo no había encontrado un trabajo que la convenciera y trabajar para Brandon definitivamente no la convencía, ella quería ser económicamente independiente de su pareja. 
Su última pelea, la que la hizo romper con él un día después, fue un conjunto de todo lo que ya le había demostrado que sería un problema en su relación. Carecía de la importancia que le dieron mientras discutían entre susurros en el tianguis donde él vendía. 
Él quería vender cuadros que ella hiciera con una comisión de diez pesos si cada cuadro costaba cincuenta. Agar se negó, había demasiados ejemplos en la Historia que demostraban que los hombres y el talento femenino no iban juntos, porque ellos se llevaban el crédito o el dinero, o ambos. Por lo cual ella dijo que si él vendía sus cuadros, sería por el diez por ciento como máximo a consignación, pero que ella no quería que él los vendiera. Si ella los vendía, él se quedaría con ocho pesos de todos modos, porque le había regalado papel de material desconocido y ahora le reclamaba un pago. Ella calculó que tendría que pagarle unos quinientos pesos al final de trabajar en todas esas hojas, porque él quería venderle cada hoja a cuarenta pesos, y de cada hoja, saldrían cuatro cuadros. Por lo cual ella le dijo que le cobrara diez pesos por hoja, pues era un precio más justo, cuando vio que no conseguiría un buen negocio, le dijo que le regalaba el material.
—No, te las pago —dijo ella, ya molesta.
—Ya te sentiste, te las regalo.
—Te las puedo pagar ahora, traje el dinero.
—¿Por qué no puedes aceptar un regalo mío? A tus amigos sí los dejas que te regalen cosas.
"Tal vez porque me cobraste las hojas después de regalármelas", pensó ella.
—No recuerdo la última vez que alguno de mis amigos me regaló algo.
—Pero con ellos sí haces proyectos y conmigo no quieres llevar mi página de Instagram —se quejó por enésima vez.
—Sólo he hecho un proyecto y es con mi amiga que llevo trece años de conocer.
—Pon los pretextos que quieras —la interrumpió.
Pretextos. Era su palabra predilecta cuando ella le contaba cosas, esa y "no tienes que justificarte", le decía cuando ella le contaba lo que había hablado con sus papás o lo que había hecho con sus amigos. "No me estoy justificando, te estoy contando" o "¿Pretextos de qué?". Lo mismo le había dicho cuando le había dicho que la amaba y ella había permanecido en silencio, llevaban un mes de conocerse, no podía amarla aún. "En mi familia no usamos esa palabra", le había explicado cuando él preguntó por qué no le regresaba la palabra. "Así que ese es tu pretexto" se sonrió él con esa amargura, luego se alejó de ella como solía hacer cuando no cumplía con sus expectativas. "Está bien, no volveré a decírtelo hasta que tú me lo digas". Y no volvió a decírselo. Ella quería complacerlo y decirle lo que quería escuchar, pero algo la detuvo y fue mejor así.
—A tus tres amigos Ricardos los dejas que te regalen cosas, no quieres que seamos amigos, por eso no te gusta cómo te hablo, porque te hablo como tu amigo.
—Nadie me habla así en mi vida —lo corrigió— nadie me trata así de mal.
—Okay —asintió cuando ella aún no terminaba de decir la frase— okay.
—No he terminado de hablar, no me interrumpas —se enfadó ella.
—¿Quién te está interrumpiendo? 
Ella no pudo replicar por la sorpresa. Él no la estaba escuchando, en cambio, solapaba su voz con la de ella mientras preparaba un argumento que sonaría más a un reclamo.
—Sólo tengo dos amigos Ricardo, no tres.
—Pensé que eran tres.
—Pues aunque fueran tres o cuatro, son mis amigos.
Para Brandon no existían los amigos que no esperaban otra cosa de ellas.
—Estás diciendo que no hay amistades entre hombres y mujeres sinceras, entonces tú tampoco eres buen amigo.
Lo dejó sin palabras darse cuenta de lo que había dicho, que su único propósito al ser amable con una mujer era conseguir acostarse con ella o emplearla para su beneficio. 
La discusión se prolongó, él prácticamente la tachó de engañosa e infiel con su amigo Ricardo, al cual sí le aceptaba sus regalos, lo dejaba hablarle como le diera la gana y hasta lo visitaba en su casa. Sólo había ido a casa de Ricardo en dos ocasiones. La segunda vez había sido hacía dos meses, cuando había llegado ahí para luego ir al cumpleaños de su novia, su familia los había llevado y no habrían estado en ningún peligro, aunque hubieran estado completamente solos: eso era amistad. Y antes de eso, hacía al menos cuatro años de su primera visita.
Se enfadó tanto que estuvo a punto de irse, pero se quedó porque creyó que algo se podía rescatar de esa relación. Lo cual les dio tiempo de discutir sobre la conexión entre el trabajo y la relación.
—Yo no quiero que entrelacemos todo, es peligroso, ¿qué tal si lo arruino? —dijo ella. 
No temía arruinar nada, la simple verdad era que ella no quería trabajar para él, no le gustaba cómo la presionaba continuamente para hacer cosas, ya fueran pulseras, cuidar sus redes sociales o tomar fotos a sus piezas "tienes muchas amigas bonitas, también tu hermana podría ser buena modelo para los collares", le dijo alguna vez, incluso había insinuado que, cuando él se lo pidiera, sabía que ella podría cuidar el puesto en el tianguis si él no podía estar. 
Quizá esa fue la primera vez que lo vio realmente enojado, pero él nunca lo hubiera admitido. 
—Si necesitas ayuda para terminarme, dilo y ya está —dijo sin más. 
Ella frunció el ceño, no había pensado en terminarlo, además, nunca había necesitado ayuda para terminar sus relaciones pasadas
—Te he dado todo, y ahora dices que no lo quieres.
—No, no lo quiero, no me des todo.
Por todo él se refería a su taller/trabajo y él como una unidad. Mientras que el todo que ella rechazaba era esa presión que él quería poner sobre ella de trabajar para él, de servirlo y estar disponible siempre. Lo que más la detenía era la sombra del trabajo de su ex, pero nunca se atrevió a admitirlo en voz alta. Sabía que él se enojaría con ella si le contaba sus inseguridades acerca de trabajar con él. Además, el hecho de que se enojara cuando ella le decía que siempre estaba molesto con ella, era una prueba del temperamento violento con que cargaba. "Tu forma de hablar no es asertiva", le decía él cuando ella decía "siempre" y "nunca". Pero señalar sus errores pragmáticos no mejoraba los suyos. No arreglaba nada. 
También llegó a decirle que no le gustaba su forma de comunicarse. Había salido a comer sushi con sus amigos de la prepa, se dio cuenta muy tarde de que no contaba con saldo y pudo escribirle hasta una hora después de que la recogieron, cuando ya estaban en el restaurante y usó de ancla un celular de sus amigos. Le explicó que no tenía saldo, pero ya estaba con sus amigos y todo bien. Él le dijo que disfrutara y luego ella se desentendió del celular. "No tener saldo no es pretexto", le dijo al día siguiente por la noche, después de ignorarla todo el día. 
Cuando dos días después por fin hablaron por videollamada, ella le contó lo que habían hecho en la salida y la razón por la cual no le había contestado ese último mensaje era porque su amigo con ancla a internet se había ido en su propio coche. Ella explicó lo sucedido, con un tono de voz cada vez más inseguro y apresurado. Él ya estaba negando con la cabeza. "No me sirve", dijo él, "no me sirve tu forma de comunicarte". 
—¿Por qué te tiene que servir? 
—No me gusta tu forma de comunicarte —recalcó.
—Pues si no te gusta lo más esencial de alguien como yo, ¿qué sentido tiene?
—¿Qué sentido tiene? Siempre dices eso, está bien. Pero no me vas a gustar como eres.
—¿Cómo?
—No te voy a querer así como eres.
Nunca le habían dicho algo tan planamente no romántico, hasta agresivo. 
Después de su discusión en el tianguis se despidieron con frialdad. Ella estaba a punto de llorar, se sentía derrotada por la situación, había creído que podían arreglarlo y ahora tendría que esperar hasta la tarde o el día siguiente para hablar de nuevo. "Estás demasiado tranquila", se quejó él. Ella se preguntó si él quería que ella llorara y le rogara, o gritara y se arrastrara por él. Quiso que él viera que realmente le afectaba todo aquello. No comprendía por qué tenía que hacer las cosas tan complicadas. 
Luego fue la llamada donde le preguntó si había salido con alguien al Centro, básicamente si lo estaba engañando, inventándose escenarios ficticios donde él debía controlarla a como diera lugar. Como la vez que él le dijo que no iba a permitir que ella tuviera pretendientes. Ella rio. Aún no se conocían, no creyó que hablara en serio, pero él permaneció impertérrito. "Y ¿cómo piensas evitarlo?", Se atrevió a preguntar. El silencio que le siguió a su pregunta le dio la respuesta, la iba a dejar si ella tenía algún pretendiente. Ella intentó explicarle que a ninguna mujer le gustaba tener pretendientes. "Es molesto, no creas que los tenemos por gusto y no es como que podamos hacer algo al respecto". "Les dan entrada", dijo él y sus palabras se quedaron flotando llenas de red flags
Darles entrada a los pretendientes era la forma maquiavélica de las mujeres de poseer sirvientes para su beneficio, siempre era bueno mantenerlos interesados sin darles lo que querían, pero sin cortarle las alas para no alejarlos. Lo que Brandon no comprendía era que, si una mujer se atrevía a "cortar de tajo" el cortejo, ella quedaba como la mala, la histérica o la imaginativa, pues nadie le había ofrecido nada, nadie la había invitado algo que no fuera de amigos ni le habían dicho nada abiertamente. La situación se convertiría en algo terriblemente incómodo y al final el pretendiente se alejaría ofendido y con frases tales como "¿Y esta quién se cree que es?", "Ni que estuviera tan buena", "ni quien la pele" y muchas más por el estilo. Al final, la culpa y toda la incomodidad sería de ella. No valía la pena pasar por eso sólo para que Brandon estuviera tranquilo con su insaciable ego.
Normalmente eran los hombres quienes daban el primer paso y Agar había comprobado que los pretendientes que ella solía tener no solían darlo porque no veían muestras de interés de su parte. Así que no estaba en real peligro. Hubiera sido más fácil rechazarlos y alejarlos si ellos se hubieran atrevido a invitarla a salir, por suerte, no era algo común. Él se preocupaba por nada. En aquella ocasión intentó no sentirse celada, amenazada su libertad, pero no pudo evitarlo y lo habló con sus amigos. Era peligroso, habría que tener cuidado y ver también los detalles. 
Cuando al día siguiente la despertó su menstruación a las seis y media, decidió escribir todas las razones por las cuales lo terminaba, sería clara con él y, si insistía, lo bloquearía de todos lados, haría lo posible por no encontrarse otra vez con él.
Diez minutos después, como invocado por sus ganas de terminar con aquella horrible y corta relación, recibió una llamada suya. Contestó. 
—¿Cómo estás? 
Su voz sonaba amable. La primera vez que sonaba realmente amable por teléfono.
—Bien, de hecho, qué bueno que llamas, porque tenemos que terminar —soltó de golpe sus intenciones. No quería alargar la llamada más de lo necesario y sí, había decidido que no valía la pena verse de frente para terminar. Una llamada era una generosidad. 
—No llamaba por eso, llamaba porque quería verte más tarde, pero bueno —dijo él con un tono de humildad que nunca le había oído.
—Sí. Creo que estuvo muy bien haberte conocido, pero eres muy celoso, valoro demasiado a mis amigos y mi libertad como para renunciar a eso. Y cada que salía con mis ellos te enojabas, lo que me hizo darme cuenta de que no eres lo que quiero para mí.
—Creo que estás tergiversando las cosas, pero está bien —repondió. 
—Como sea —"ya vamos a terminar"— no me arrepiento de nada —"Sólo de haberme topado con alguien como tú", cerró su discurso con un aspecto positivo. Lo había terminado con el efecto de sándwich que estaba compuesto por algo bueno, algo malo, algo bueno, y había funcionado, no estaba furioso. —Eso es todo por mi parte —dijo ella, pues él no decía nada.
—Yo tampoco me arrepiento de nada, y también me alegro de haberte conocido —dijo. 
Ella sintió una profunda nostalgia por lo que pudo haber sido, por todas las posibilidades perdidas en una relación tan poco convencional en la actualidad. Pero la diferencia de edad, la desigualdad de poder y las expectativas no hubieran hecho de esa una relación sana y feliz. 
—Adiós —dijo ella, "hasta nunca", pensó satisfecha por haberlo terminado sin complicaciones, y colgó. 


Renovación

La traje aquí para que no se muriera .
Ya dio un hijo
Ah, bueno, ya se puede morir 
No, ya lo vendí.
Eso se llama maltrato plantuno.
Se llama renovación

sábado, 17 de junio de 2023

El Primer Intento

No extrañaba esa sensación de picor en su garganta, como si una colmena de abejas se hubiera instalado en ella y no tuviera para cuando marcharse. Era un aviso del verano, al menos su respuesta al calor no había cambiado, mientras que las luciérnagas y chicharras comunes de la temporada habían escaseado año con año. No estaba nada contenta al descubrirse enferma en sus vacaciones indefinidas, pues estaba dispuesta a ser la persona más productiva artísticamente hablando sobre la faz de la tierra. Su único problema, además de la inminente gripe era su situación económica. Se había graduado de la carrera el verano pasado y aún no conseguía un empleo estable. Desde luego que lo había intentado, incluso ya había tenido su primer trabajo, de librera en una librería independiente. Aquel título le resultaba gracioso, pues, de algún modo sonaba importante, los títulos masculinos siempre sonaban así cuando los intentaban emplear en femenino, eso le habían enseñado desde primaria. No obstante ella había aprendido dos cosas cruciales en ese lugar, la primera, pleno siglo XXI y aún existían los ismos de clasismo y racismo, así como la misoginia normalizada en su espacio de trabajo, sin importar que fuera una persona estudiada y culta, que leía más que los dueños de la librería, una psicóloga sin ejercer en su área y su hijo, un joven estudiante de arquitectura, dispuesto a pagar 50 pesos dos veces al día por sus dos tazas de café y no pagar más de 32 pesos a sus empleados la hora, aunque el trabajo consistía en estar de pie toda la jornada, atender clientes, alimentar el sistema, limpiar la librería incluyendo tirar la basura de todos los botes (sí, el baño también - había estudiado cinco años para terminar recogiendo los papeles usados por los albañiles que construían la parte faltante de la librería, los cuales probablemente ganaban más que ella, se preguntaba por qué demonios el puesto especificaba "universitario", si la iban a tratar como una empleada desechable). Su día de trabajo consistía en seis horas, sin descanso, excepto los sábados, ese día era de nueve horas, menos la hora de comida (la cual no se la pagaban y a veces no le daban completa pues la mandaban a hacer cosas necesarias siempre que los jefes se encontraban por ahí). Como era de esperar para alguien como ella, acostumbrada a una vida de comodidad, no se quedó mucho tiempo. "No puedo más", les dijo a sus padres por teléfono antes de renunciar. El trabajo que tenía que hacer y el sueldo frugal no fueron sus únicas razones, de hecho, de no haber sido por el despido de su compañero, ella probablemente se hubiera quedado más tiempo. Sin embargo, el trato hacia él fue decayendo desde que ella llegó hasta que una noche de sábado la jefa le pidió que se fuera temprano, que le inventara una mentira a su compañero para irse sin que él sospechara. "Me van a correr" aseguró él cuando ella le comunicó lo que la jefa le había pedido. Lloró todo el camino a casa de sus papás, aún tenía esperanza de que no fuera así, no podían dejarla sola en aquel trabajo. Siempre los dejaban salir cuarenta minutos tarde sin pagar horas extra. Caminaban a la estación de bicis y no pasaba nada porque eran los dos, a las nueve de la noche. En cambio, ella sola en esa ciudad famosa por sus desapariciones y feminicidios, no quería pensar en las noches por venir, sobre todo porque si moría a causa de eso, no valdría la pena: moriría pobre.
Habían pasado dos semanas desde que la jefa le había gritado con saña a la chica que hacía el aseo que iba tres veces por semana. Nunca volvió y así fue como a ella le tocó encargarse de su trabajo todos los días. Ahora, sin su compañero le tocaría todo lo de oficina y los clientes difíciles también. 
Ella clasificaba como "clientes difíciles" a los hombres, en su mayoría en sus treinta, que iban ahí con un aire intelectualoide y hablaban de conceptos y autores especializados en la uña del pie de Miguel Ángel. Ella entonces, se los pasaba a su compañero que tenía los discursos más elaborados y, dicho sea de paso, más masculinistas, y de desentendía de ellos. Ese tipo de hombres sólo iban ahí para sentirse mejor. "Esos libros son literatura para mujeres" le dijo una vez un sujeto de cabeza brillante y al parecer mal gusto literario, pues los verdaderos autores, según su criterio eran, sí, buenos autores, pero sólo hombres. Básicamente, según sus ideas, todo lo escrito por mujeres concernía sólo a las mujeres, y ella quiso estrellar su perfectamente lisa cabeza contra la mesa de regalos navideños. En otra ocasión, otro sujeto le habló durante media hora sobre sus vidas pasadas. "He vivido mil vidas. Esta es mi reencarnación número mil", le dijo y ella contuvo la respiración con una sonrisa forrada de falsa credulidad. Su compañero nunca acudió en su ayuda, y, al irse el cliente con dos libros enormes y caros pagados en efectivo, se limitó a decir con su acostumbrado todo de autocomplacencia "mientras compren algo, me pueden decir todas las locuras que quieran". El problema era que había sido ella la que lo había tenido que soportar. En casos así, intentaba mostrar amabilidad, muchas veces lo único que lograba era ser condescendiente.
Siempre estaba el problema del aseo, sobre todo desde que la chica decidió no volver, pues había que buscar la escoba, el trapeador y el cubo por toda la construcción, incluyendo aquella llena de albañiles y polvo. Ella comenzó a sospechar que se los llevaban solo para que ella tuviera que subir y saludarlos, pues cada vez era más frecuentes y más tardadas las pesquisas por todo el lugar. No podía ir de colores claros porque, apenas iniciada la jornada, ya estaba llena de polvo y suciedad. Intentaba mantener el ánimo, pero las primeras semanas le impusieron trapear con cloro sin darle guantes, lavar los trapos terriblemente sucios porque los usaban como trapeadores en las superficies cubiertas de polvo fino y blanco. Todas las seis horas debía estar trabajando sin parar, si se sentaba debía ser solamente porque iba a trabajar en la computadora. 
El primer día sin su compañero tuvo ganas de llorar todo el día, estaba furiosa. Los jefes hablaron con ella y le explicaron las razones por las cuales lo habían despedido, nunca le hablaron de contratar a alguien más, al contrario, le dijeron que pronto le darían más tareas, le prometieron algo que ella no necesitaba. Así pues, les dijo que sabía que a su compañero le pagaban ocho pesos más que a ella la hora, ellos respondieron que así era y que se sentían muy muy apenados por haberlo hecho. Luego le siguió un silencio, no sabía por qué esperaba una explicación. Así que les dijo que le estaban pagando tres pesos menos de lo que le habían dicho que le pagarían durante la entrevista. Ellos dijeron que no le podían pagar más, pero le podían ofrecer horas extra. Y, justo después de que les dijo que no, le mostraron su nuevo horario para las semanas de navidad y nuevo año. Le darían una semana completa de vacaciones, volvería con horario de oficina. Ya no trabajaría de 2:00 PM a 8:00 PM (+40 mins), sino de 10:00 AM a 7:00 PM, y, de algún modo, le pagarían casi lo mismo, porque realmente qué son $32 por hora si no le iban a pagar ni la hora de la comida (ni aunque se la hubieran pagado hubiera alcanzado a comprar algo de comer en esa zona). En ese momento dijo que sí. Al día siguiente renunció. No necesitaba estar en esa situación, no quería trabajar para ese tipo de gente que la veía como alguien o algo inferior a ellos sólo por no haber estudiado una carrera normativa en una escuela carísima. 
Se obligó a ir a trabajar un último día. Consideró más profesional renunciar en persona y explicarse, si es que había algo que explicar. "¿Estas bien? Creo que estás siendo muy injusta conmigo, te pusiste de parte de él, que se está victimizando y necesito que te pongas de mi lado", dijo la jefa con los ojos relucientes de enojo. Ella entonces sintió un enorme rechazo por esa mujer. "No tengo nada contra usted, sólo estoy nerviosa porque voy a renunciar" replicó ella con calma. Cuando la jefa le pidió que repitiera lo que había dicho ella utilizó las mismas palabras y el mismo tono que en un primer momento. Entonces la jefa desbordó su descontento sobre ella. La llamó traidora, malagradecida, le recordó que le habían dado todo, "to-do" recalcó haciendo una marcada separación entre sílabas. No le habían dado contrato, no tenía seguro, no le pagaban lo que le habían prometido, no le pagaban el tiempo extra, no respetaban su horario de comida, la hacían quedarse casi una hora extra todos los días sin tomarlo en cuenta en su salario mísero semanal, no les interesaba si llegaba bien a casa, estando la situación como estaba y dejándola salir mucho después de su horario de salida en la noche. Le pedían ser universitaria, ¿para qué? ¿Para limpiar los inodoros con el título? ¿O para trapear el piso con su conocimiento en literatura?
Así pues, conforme la jefa le gritaba con lágrimas en los ojos, ella no pudo más que poner su mejor cara de pesadumbre, con notas soterradas de escepticismo, pues le parecía demasiado drama. La jefa le dijo que los dejaba en un tiempo difícil. "¿Cuándo pensabas dejarnos?" Le preguntó. "Pensaba venir toda esta semana, hasta el viernes", mintió, pues iba a ir ese último día y nunca volvería. "No, no queremos a alguien con ese tipo de disposición", zanjó la jefa, "no tiene sentido que sigamos la junta, hazle su carta de renuncia y luego continuamos", le dijo a su hijo. También la hicieron firmar una hoja donde decía que le habían dado todos los derechos básicos, que no le debían nada y estaba conforme con haber trabajado ahí. Ella sólo quería irse y firmó. No merecían la paz que da un papel. Le pagaron una suma mínima de dinero y se marchó. Odió cada momento de tensión.  Una vez en la calle respiró con alivio y sonrió para sí misma. La vida aún tenía mucho que ofrecerle.
Desde entonces, habían pasado ya seis meses y no había encontrado nada, a pesar de sus noventa y ocho búsquedas y sus siete alertas de trabajo en una plataforma de empleos y sus no contados intentos en la red general. Siempre había creído que lo complicado sería mantenerse en un trabajo, no obstante, cada vez tenía menos idea de en qué trabajaría, dónde y si le gustaría. Sospechaba que no, a casi ninguno de sus amigos le gustaba su trabajo, y de sus compañeros de letras, ninguno ejercía en el área deseada. Ella había estado cerca de conseguirlo en aquella librería, convivía con editoriales y eventos culturales, escritores y otros amantes de libros, resultó ser un ambiente pretencioso y viciado. No se arrepintió de dejarlo ni cuando vio cómo el tiempo avanzaba y nadie le regresaba correos a sus currículos, no había entrevistas, sólo el silencio sordo típico del internet. 
Ojalá no se enfermara, quizá pronto le responderían de un trabajo, se tomó limón con miel y se fue a dormir. Tenía que conseguir su sueño de vivir en la ciudad, sólo necesitaba un empleo y nunca pero nunca poner como referencia ese primer trabajo, pues seguramente sólo dirían pestes sobre su desempeño y su falta de compromiso. A veces es mejor fingir que se es bueno en algo por coincidencia y no por experiencia o esfuerzo, pues, de no ser bueno, no pasa nada, nadie esperaba que lo fueras en primer lugar y siempre se puede aprender. Como ella aprendió a renunciar al primer intento. 


lunes, 12 de junio de 2023

:)

Me pregunto por qué los zancudos nos persiguen y quieren drenar nuestra sangre, ¿no se dan cuenta de que cada que lo hacen, se vuelven más como nosotros? ¿Por qué querrían parecerse a nosotros si son ellos los que nacen nadando y mueren al vuelo?

jueves, 1 de junio de 2023

Nadie nos dijo

Nadie me dijo que antes de sentirme viva, me sentiría perdida.
¿Nadie te dijo que antes de sentirte viva te sentirías perdida?
Nadie le dijo que antes de sentirse viva se sentiría perdida. 
Nadie nos dijo...
Seguimos cayendo, parte del torbellino rutinario. No seremos fantasmas, pero somos invisibles, no hemos muerto, pero el olvido nos pisa los talones.
Romantizamos nuestras vidas, se gastan en oficinas con café matutino y buenos adjetivos, con plantas y libros.
Nos vemos vivir día tras día, a veces dejándonos llevar y nada pasa o pasan cosas que pensamos malas. 
Tal vez no estoy viva, tal vez por eso me encuentro tan perdida.
Te merecías toda esa vida, la que soñabas, que todos tus deseos hubieran realzado tu sonrisa, sé que en este presente, ni eso hubiera sido suficiente para llamarte exitosa y no perdida.
Nunca más volveré a temer a la soledad. 
Ni a esta libertad recubierta con todas las posibilidades. 
No pasa nada si para vivir hay que perderse, si vivir perdida es el éxito del que no se habla en los periódicos ni en redes, si estar sola es, a fin de cuentas, parte de la felicidad, parte del cierre. 

sábado, 27 de mayo de 2023

Como son las cosas

Si no has visto sufrir a una mujer que amas, eres afortunada.
Si no has recibido cumplidos no deseados, debes ser fea.
Si nadie cuestiona tus opiniones, es porque las reservas para ti.
Hemos visto una civilización que se construye sin nosotras.
Somos velas sin mecha, miradas sin objeto de atención, somos luces que no guían a los muertos. 
De nuestras lágrimas crecieron las mareas, la frialdad del mar habita en nuestros abismos.
Los ecos de lo que fuimos habitan en los "demasiado tarde" y en las "experiencias necesarias" reservadas para nosotras sólo por entrar en el género marginado de la sociedad.


sábado, 6 de mayo de 2023

Respirar como mujer

Al otro lado del mundo, alguien tiene la misma métrica para respirar que yo.
Guarda la extrañeza de que  ser mujer y respirar al mismo tiempo es un mérito hoy en día.
Respirar profundo, 
como si mis ancestros respiraran a través de mí.
Rogar por significado y sentido al acceder a mi interioridad de mujer.
Respirar para no sentir culpa al acariciarme en intimidad. 
Darme el placer que merezco sólo por existir.
El placer de ser escuchada, de ser amada y tratada con ternura y respeto.
Recibir al mundo como si me ofrecieran una flor cultivada en el jardín de mi madre.
Aún guardo esa costumbre de arrancar rosas secas 
y aventar sus pétalos sobre mi cabeza. 
Sentir la lluvia, 
sentir el sol, 
la piel tirante,
los sentidos alerta ante el cambio de estaciones que se desata en mí.
Suspirar hondo, 
como si guardara en mi pecho los sueños de media humanidad.
No hay mayor placer que sentirse acompañada, 
mejor aún, no hay mayor placer que sentirse comprendida.
Imagino que en mi cuerpo habitamos todas, 
siento un placer tangible al reconocerme y comprenderme a través de otra mujer, al estar en compañía, sentirme a salvo entre mis semejantas.
Incluso estando solas respiramos todas juntas.

sábado, 29 de abril de 2023

Poema a mi vulva

Mi vulva es parte de mi totalidad, 
acaso tan importante como mi corazón y mi cerebro -el primero, característica principal adjudicada a las mujeres, el segundo, miembro negado por la sociedad a nuestro género-, pero invisibilizada como si su existencia diera miedo, como si fuera un gran secreto. 
Mi vulva es fuente de texturas y fluidez, 
es templo y paraíso, es diosa y es naturaleza, guarda los secretos de la tierra y el futuro de la humanidad.
Mi vulva se acopla a las de otras mujeres cuando estamos cerca. Cuando sangramos, lo hacemos al mismo tiempo; cuando la felicidad de otra nos contagia, la sentimos húmeda entre nuestras piernas. Así, mis emociones tienen irremediable ligazón con esa parte de mí, que es buena escucha, rara vez egoísta y nunca causa de lucha, porque para eso primero tendría que existir. 

jueves, 27 de abril de 2023

Ensayo sobre la realidad femenina

Somos reales, somos la mitad de la población y ya no guardaremos silencio, aunque se nos llene la boca de moscas y no seamos más bonitas calladitas. 
Nos han vuelto espejismos, seres transparentes y camaleónicos que se acoplan a sus deseos y expectativas, ¿No son las palabras más molestas para llevar a cabo en acciones? No hay peor manera de reducir a una persona que ponerla en la silueta de aquello que existe sólo en la cabeza masculina del mundo. Oh, pero no existe sólo en la mente de los hombres, la tradición y todos los arquetipos e ideales nos han contaminado semánticamente, hemos formado parte de este sistema desde el principio. Porque en un mundo construido por hombres y para ellos, no hay manera de que las mujeres encajemos siendo nosotras mismas. ¿Son acaso las mujeres débiles e incapaces o es que nadie pensó en ellas al instaurar el funcionamiento del mundo?
No hay placer sin vergüenza, nos enseñan a avergonzarnos de nuestra sexualidad, erotismo y a confundir violencia con amor, negación con "tal vez", "sí" o "si no tuviera novio"; intercambiamos nuestro cuerpo por el placer que pudimos adquirir primero en la seguridad de nuestra propia compañía. 
Ni hablar de cuando seguimos paso a paso lo que la sociedad exige de nosotras y estudiamos sin "embarazarnos" (palabra que deslinda de responsabilidad al hombre), conseguimos trabajo, nos enamoramos, y, por alguna razón, con el amor llegan los hijos, y el trabajo queda desplazado, por lo que la sociedad dice "qué desperdicio de carrera". Mientras no hay pareja, la sociedad pregunta, para cuándo el novio; si existe un novio, la sociedad pregunta, para cuándo la boda; si dan el siguiente paso, y se juntan, todos hablan mal de la mujer, como si de ella dependiera todo, como si el hecho de no tener un papel la hiciera irresponsable e indigna de respeto. Cuando hay boda, preguntan, para cuándo los hijos. Si la mujer tiene hijos y deja de trabajar para criarlos, sucede lo esperado, la sociedad escupe en su título universitario, qué pérdida para los padres que le pagaron los estudios; no obstante, si sigue trabajando y deja a los niños en guardería o con su madre, la sociedad se levantará indignada por la falta de interés en el futuro de la humanidad (y ni hablar del aborto porque eso se considera aún pecado). De un modo u otro, "la mujer pierde más", como decían nuestras madres, porque la mayoría de ellas son solteras, trabajan y hacen lo posible por cuidar a sus hijos. Pero si el crimen crece en el país, es culpa de las mujeres por no quedarse en casa a cuidar de sus hijos, por haberlos tenido en primer lugar si no tenían tiempo, o esposo, o madre que las ayudara. Pero si se menciona el aborto porque ser madre es dejar de ser persona en esta sociedad, entonces "los valores se han perdido", serás mal vista y hasta maldecida por el Dios patriarcal que hizo de Eva un ícono de la desobediencia y la traición. Un Dios que nos regaló dolor menstrual (innecesario y no solicitado para las que no buscamos la maternidad), el dolor de parto, la depresión pos parto, y más aún, el dolor de la heterosexualidad y de los hombres. 
En ese sentido, no hay manera en que el origen de todos los males femeninos provenga de los hombres. Probablemente no es así. Sin embargo, es evidente que la población femenina es lo otro. La no comprendida a quien nunca le preguntan ni la dejan explicarse porque no hay interés. Así, el sistema está adecuado a medida y provecho de quienes lo hicieron. De ahí que la mayoría de las compañías, empresas e instituciones sean regidas por hombres. Que tengan el mínimo necesario de mujeres en los puestos de jefatura. Que nos sigan felicitando por el día de la mujer, mientras ese día en el trabajo ponen a hombres a dar conferencias sobre cómo ser mujer, cómo educar a los hijos y quedarse en casa para crear buenos ciudadanos, terminar de criar y cuidar a los esposos. O que en los post de Facebook de las instituciones religiosas cristiano-católicas se hable todavía de ideales femeninos bíblicos, de cómo la mujer no debería aspirar a tener independencia económica para sí, sino para ser la ayuda ideal del hombre, que para eso nos sacó Dios de la costilla de Adán, y le debemos a Dios la creación y al hombre un pedazo de su carne. Como si no fuera al revés el proceso reproductivo, donde son los hombres los que salen de vientres femeninos. Hasta en ese caso quisieron llevarse el crédito y hacer un libro que los exaltara en todo. 
David, el hombre conforme al corazón de Dios, mató al esposo de Betsabé, se acostó con ella y tuvieron un hijo que murió "por su pecado"; como David se arrepintió, quedó en la historia como el bueno redimido, pero no se molestaron en seguir con la historia de la mujer a la que le arruinó la vida. O Lot, que, para salvar a unos ángeles de ser atacados por hombres (¿Qué no podían irse de vuelta al cielo con sus super poderes o exterminar a sus atacantes, simples humanos?), ofreció a sus hijas como intercambio para que hicieran con ellas lo que quisieran y fue nombrado un hombre sabio por la Biblia. 
Desde luego, si la sociedad de hoy no pretendiera que siguiéramos aún ese libro como pauta de la forma correcta de vivir, no lo mencionaría. Pero es un claro ejemplo de cómo la mujer siempre ha sido espectadora impotente en su propia vida. Si nos acercamos al presente, a lo sucedido a escritoras del siglo XX durante el Boom latinoamericano, poco sabemos respecto a ellas, en antologías con cuarenta autores masculinos, encontramos quizá a las siguientes mujeres: Gabriela Mistral, Inés Arredondo, Amparo Dávila, Elena Garro, Elena Poniatowska y Rosario Castellanos. No compartirán una misma antología todas juntas porque no todas escribieron el mismo género.
De existir más autoras (que las hay), quizá la culpa (si la tiene alguien) sigue siendo del sistema, en este caso, de las universidades con carreras de literatura, problema que inicia desde nuestra educación primaria, donde normalizaron los libros de texto sin la presencia de mujeres en ellos. Por tanto, en la universidad, nos venden ideas de libertad, pero nos cortan las alas de la escritura porque leemos a autores como Carlos Fuentes, Élmer Mendoza, José Revueltas y Gabriel García Márquez (a Ibargüengoitia y a Cortázar los excluyo un poco de esta lista). Leemos a tales autores y no nos sentimos capaces de escribir como ellos, no nos reconocemos en sus textos racionales y oscuros, ni en sus personajes femeninos que admiran, idolatran y aman a sus personajes masculinos pretenciosos. Muchas perdemos la intención de escribir por el simple hecho de no sentirnos suficiente para el sistema, de que en los concursos ganan hombres porque el jurado está mayormente compuesto por ellos y se festejan unos a otros aunque sólo tengan publicado un poema y ese poema hable de futbol. A las mujeres más brillantes les fueron negados espacios que se consideraban de hombres hasta finales del siglo XX, no era falta de interés, era falta de permiso. Y aún nos preguntamos por qué tantas escritoras están siendo descubiertas un siglo después de su muerte, por qué Wattpad está compuesto en su mayoría por creadoras mujeres, la respuesta es que los espacios siguen perteneciendo a los hombres.
Sabemos que a las mujeres siempre se les han negado ciertos espacios que se dicen "masculinos", incluso si es un deporte que puede ser llevado a cabo por mujeres, como el basket o el futbol, han de añadir al nombre del deporte "femenil", como si el deporte requiriera de género o como si quisieran recordarnos que nuestro lugar está en la cocina, al cuidado de nuestros hijos e hijas. Las mujeres esperan en casa y los hombres salen con sus amigos, pero si la mujer sale, necesita dar explicaciones, si, por otro lado, pide explicaciones al esposo, es una histérica. 
Hablemos de esos adjetivos, existe vocabulario específico al momento de adjudicar características según el género, lo que en los hombres son cualidades, en las mujeres son defectos: si él es estratégico, ella es calculadora, si él es atento, ella es intensa, si ella es responsable de sus hijos, hace lo que como madre se espera, a nadie le sorprende, pero si él es responsable con sus hijos, lo alaban y hacen películas sobre él (como Disney). Tenemos tan internalizada la visión masculina que apenas notamos que si los hombres son los protagonistas, las mujeres son las novias, madres o el movilizador de la historia, como Helena que fue secuestrada en La Ilíada, u Ofelia, que era objeto de deseo en Hamlet, pero existen sólo con respecto al héroe. Incluso en la historia, recordamos a muchas mujeres como la esposa de alguien, como era el caso de Elena Garro por haber sido esposa de Octavio Paz, su nombre fue olvidado por mucho tiempo aunque sus cuentos son excelentes por sí mismos. 
El sexismo no es un problema localizado, de hecho, en muchos lugares no se considera un problema porque los hombres aún se consideran nuestros protectores, proveedores, dueños, al tiempo que se consideran libres y con derecho de hacer lo que quieran a costa de que sean sus esposas quienes se queden después del trabajo a hacer la comida, lavar la ropa, hacer el aseo general de la casa y, si los hay, cuidar de los niños. El sistema sobre el fue fue creado el mundo es patriarcal y sexista.
En la actualidad, los feminicidios y desapariciones están fuera de control y lo único que se escucha decir a la parte machista de la sociedad (hombres y mujeres) son preguntas sobre la situación, como si la culpa fuera de la víctima y no del violador, secuestrador o asesino. "¿Qué hora era? ¿Qué hacía a esa hora fuera de su casa? ¿Cómo iba vestida?" Y otra serie de preguntas sin relevancia en la situación. Lo mismo sucede con las madres solteras, aunque la comparación parezca descomunal, si un hombre abandona a una mujer  y a su hijo, todos la señalan y dicen "no eligió bien" o "no lo ha de haber cuidado bien, los hombres también se cansan". En cambio, si un hombre, aunque sea ficticio en cine o en la literatura, cuida de sus hijos, es admirado y alabado, sobre todo si lo hace sin ayuda de la mamá. Si lo hace con la mamá, sólo tiene que cargar al retoño y darle biberón un par de veces para que la sociedad le aplauda.
El sistema está tan bien construido que, incluso si un hombre no da pensión alimenticia a su hijo o hija, tiene derecho de verlos, y, si la mujer no demanda al esposo abandonador, corre peligro de que él le quite la custodia de sus hijos al no haber registro legal alguno contra él; en ese caso, la madre está obligada a dar la pensión alimenticia. Y la sociedad culpa a la mujer por esta nueva ley, por haber peleado por igualdad, sin ver que el problema de desigualdad no se resuelve de un momento a otro, ni de un siglo a otro. Es tan sólido que se escuchan comentarios contra las luchas feministas, pues "ya tenemos todos los derechos", que básicamente consisten en estudiar, votar y trabajar, aunado a lo que ya se esperaba de nosotras desde hace dos mil años, que es casarnos, ser buenas esposas, madres, servir a la familia. 
Esto me lleva a las marchas feministas, me hace preguntarme por qué no existe un término para los feminista-fóbicos, quienes dicen "esa no es la manera", al ver una vulva pintada en Benito Juárez o el cristal de Bancomer hecho añicos. "Hay otras formas, así nadie las va a escuchar". Pues a nosotras nos encantaría escuchar cuáles son esas otras maneras. Nos separan unas a las otras como "feministas" y "radicales", quisieran ponernos en contra unas de otras y, probablemente muchas veces lo consiguen, pero son esos grupos radicales quienes harán escándalo si alguna de nosotras desaparece, las que destruirán cosas y se moverán con furia sin conocernos. 
Esto iba a ser un poema, en cambio, se convirtió en una suerte de desahogo por toda esta injusticia, opresión y normalización, por la cosificación que sufrimos día a día. Somos máquinas creadoras de vida, de dinero, de cariño, de comprensión. Se espera de nosotras lo que nunca vamos a recibir porque "no tenemos por qué ser como los hombres", "ellos son así", no esperamos mucho de ellos y ellos así están bien. Nosotras somos las débiles, las que tenemos que adaptarse, las que tenemos que sobrevivir, porque si salimos lastimadas, si nos acosan, secuestran, violan o asesinan, seguro fue por nuestra forma de vestir, por la hora en que salimos, con quién salimos o por los pecados que hemos acumulado sólo por ser mujeres. Si sufrimos en una relación abusiva, fue nuestra culpa por quedarnos, por no saber valorarlos, por no tener autoestima y no porque nos topamos con un hombre violento. Si nos son infieles es porque no supimos satisfacerlos, si nos dejan, es porque seguro nosotras también anduvimos de canijas, si tenemos un hijo es porque no nos cuidamos o porque queríamos atrapar al hombre. 
El foco de atención está sobre las mujeres siempre. En su forma de actuar, pero también en su figura, en su apariencia, si está muy flaca, si está gorda, si tiene acné, si tiene arrugas, canas, celulitis, lonjitas, vellos, ojos chicos o pestañas pequeñas, en fin, si no entra en el canon europeo de belleza o en el ideal femenino bíblico, entonces, hay algo mal con nosotras. Para darnos a respetar sin que importe nuestro físico, tenemos la obligación de tener una personalidad brillante o de ser súper inteligentes, de ser exitosas o talentosas en algo. Si no somos bonitas, aunque sea hay que ser bondadosas. Tantos condicionales, tantas omisiones y represiones. Pero aún si fuéramos bonitas, talentosas, bondadosas, inteligentes y todo lo que se espera de nosotras en el ideal, seríamos defraudadas, criticadas y señaladas por la sociedad. Pongo como ejemplo a las artistas de hoy, Taylor Swift (con doctorado, Grammies y decenas de canciones), Miley Cyrus (actriz, cantante, creadora) o Lana del Rey (con un viaje del héroe en la totalidad de sus canciones) que son la comidilla de los medios, cada paso que dan las pone en boca de todos. Ya sea porque escriben de sus relaciones, porque su forma de contar las cosas no es del agrado de la gente o porque al ser tan talentosas causan envidias y críticas machistas. 
Sea lo que sea, es evidente cómo los espacios siguen perteneciendo a hombres que se premian entre sí, que se respaldan unos a otros mientras dicen que el peor enemigo de una mujer, es otra mujer, que nos destrozamos unas a otras, que la moda impera porque nosotras queremos, que ellos viven y dejan vivir. Si tan sólo eso fuera cierto. Pero las noticias aunque omiten la mayoría de los casos, o nos disminuyen a números, no mienten. En la radio se escucha cómo una mujer fue asesinada por celos del esposo, porque iba a dejar a su novio, porque fue violada o porque desapareció. En México mueren de forma violenta diez mujeres al día. Y no, no nos mató que otra mujer nos dijera que nuestro maquillaje está feo, o que cocinamos mal o que no cuidamos bien a nuestro marido. Somos sensibles al mundo, pero no nos matan las palabras de otras mujeres, podemos resistir en relaciones violentas hasta que reunimos el valor de irnos, valor que sale de nuestras entrañas porque la sociedad nunca nos ayudará sin el morbo de vernos diminutas. Esas decisiones valientes han causado las muertes de muchas mujeres. Pero incluso esa frase quita responsabilidad a los asesinos, no fue la valentía, sino la violencia imperante y normalizada de poder la que acabó con todas esas vidas.

martes, 18 de abril de 2023

Míranos ahora

¿Recuerdas ese sueño? Yo era como un monstruo.

Batía mis alas al bailar entre las llamas de tus ojos.

Te temía, tú a mí también.

Aprendimos a querernos, a dejar de perdernos.


En los pliegues de esa cama, 

donde el tiempo parecía no ocurrir, 

cambiaron tantas cosas, 

nos hicimos sonreír.


De los viajes que recuerdo, 

no volví a ser sólo yo, 

me convertí en artista, 

de tu persona una arista 

y me volví más yo misma.


¿Recuerdas esos días? Yo era como un monstruo, 

no debías hacerme llorar, 

era mi decisión derramar mis olas interiores, 

eso me decías cuando me deshacía en tus brazos una vez más.


En mis instantes junto a ti, 

me volvía mar, playa, sol. 

La calidez que guardabas era un espejo, 

que me retaba a verme.


De la soledad que emanaba de esos sueños

poco recuerdo además de tu mirada,

quería para mí todo lo que eras, 

pero míranos ahora.



sábado, 15 de abril de 2023

Semiótica de la corporalidad: Pasionalidad en rituales

La antigüedad estaba conformada por creencias e ideologías que determinaban la forma de vida. Antes de la ciencia estuvo la religión, cuyo antecedente fue la magia. Actos secuenciales y ritos de distintas naturalezas plagan los estudios antropológicos. De ahí, el tema de este trabajo incide en la semiótica de la corporalidad en relación con la antropología del rito en culturas antiguas. A continuación, caro lector, se plantea la siguiente hipótesis, describir cómo se manifiesta la pasionalidad en el cuerpo durante los rituales. Reflexión producida a partir de la cuarta generación semiótica, la cual toma al cuerpo como objeto sensible y vivo de significación, manifestación y percepción de las acciones producidas sobre el mismo. Para ello, se seguirán tres direcciones epistémicas: (1) el ritual como protección y cambio; (2) magia contaminante, la pertenencia de piezas corporales aún después de su separación; y (3) el ritual de posesión corporal, ya sea por un dios (con convulsiones y actos), por un esposo (consumación del matrimonio), enfermedad (daños), fertilidad (un ser dentro de otro) y prostitución (renuncia), fundamentadas en los estudios antropológicos de Frazer (2019) y antroposemióticos de Le Breton (1999), así como semióticos de Fabbri (2000). De esta manera, se presenta al cuerpo como receptor del mundo que lo rodea, ya no se limita a las palabras, acciones y pasiones, ahora toma lo integral multisensorial. La materia corpórea experimenta los rituales aplicados por el otro, quien muchas veces ayuda a desentenderse de lo físico y ascender a lo divino. Así, se evidencia una semiótica del rito corpóreo.

Los avances del campo de la semiótica no omiten sus primeros pasos. Los acercamientos de la cuarta generación son una integración de las tres anteriores en función y contacto con lo corporal. Es innegable que la complejidad es mucho mayor a eso, mas, se puede decir que no es un campo cerrado de estudio. Diversos autores han hablado sobre las revoluciones semióticas, si bien, Dorrá (1997) no profundiza en la cuarta generación, da un informe conciso acerca de las particularidades de las otras tres. Presenta la primera generación como el resultado de los estudios de Saussure y Hjelmslev, centrada en lo cognitivo, los significados estables de las palabras; la segunda, como la semiótica actancial, cuando el sujeto actúa conforme a sus deseos y competencias (pragmático), con el trabajo de Propp y Lévi-Strauss, entre muchos otros; la tercera, protagonizada por Du sens II de Greimas, con el proceso de la significación, llamado narratividad, en la semiótica patémica, las pasiones de lo sensible. La semiótica del cuerpo, por otro lado, ha sido estudiada por diversos autores, tales como Greimas (relación sensorial entre objeto-sujeto), Merleau (quiasmo e intercorporalidad), Fabbri (corporalidad y pasionalidad), Fontanille (figuras semióticas del cuerpo), Ramírez (dualidad y quiasmo), et sequens. Por esto, la semiótica es un estudio nuevo, abierto a muchas posibilidades de investigación. Entonces, las revoluciones semióticas son engranajes en función de la significación. Pues cada una, complementa los niveles semióticos para el análisis.

Los organismos materiales y conscientes manifiestan sus afectividades y afecciones por medio del cuerpo. Cuando alguien llora convulsamente, tose discretamente para demostrar su incomodidad o da un respingo al ser llamado en su ensimismamiento. Todas ellas son situaciones externas, internalizadas para aflorar en la corporalidad. La «pasionalidad» es el resultado de la recepción de las acciones ajenas en la materia corpórea. Como indica Fabbri: “La pasión es el punto de vista de quien es impresionado y transformado con respecto a una acción” (2000, p. 61). Consecuentemente, la impresión causada por acciones activa una respuesta corporal, por ejemplo, si se trata de un ritual de posesión, se espera que el poseído se convulsione y pierda control sobre sus extremidades[1]; o, en todo caso, durante la posesión de fertilidad, donde un ser germina dentro de otro, el vientre debe crecer como reacción al ritual previo al embarazo, como la consumación del matrimonio o la prostitución. Considero que la pasionalidad reúne los estados, funciones y transformaciones del cuerpo, debido a una acción previa, la cual desencadena todo lo demás. Por tanto, la alegría, miedo o vergüenza de engendrar un hijo; la desesperación por recibir el favor del dios y caer en fuertes estremecimientos, la rendición al tacto de los hombres como profesión, son la transformación pasional por la acción. En algunos casos, se produce la estesis de volver a vivir lo vivido[2]: un segundo hijo, otra posesión del dios o el encuentro corporal de una pareja. Tales pasiones se llevan a cabo en tiempos, ritmos y modos específicos.

Los seres humanos están protegidos por una cáscara con capacidades sensoriales. La cual les sirve para experimentar el mundo y los objetos en él. Asimismo, les permite relacionarse con otros entes de igual conformación en sentidos afectivos, táctiles o sensoriales. Todo por medio del «cuerpo», materialidad motriz revestida de piel que percibe los objetos del mundo. Para Le Breton (1999) la biología no determina lo corporal de los humanos, sino la forma en la cual lo invisten y perciben como estructura simbólica, capaz de sentir dolor, enfermedad y definirse como una totalidad del sujeto. De este modo, en algunos rituales el cuerpo se unge con aceites, en otros se pinta de blanco y de él cuelgan abalorios, se despoja de ropa o se viste con taparrabos. Personalmente, la significación del material corpóreo varía en cada sociedad, en el uso y valor otorgado, mas es imperfecto y no se puede programar. En cuanto a tales «rituales», se trata de prácticas religiosas, maritales, biológicas, afectivas o de protección, que requieren de acciones para dar resultados. Para Frazer (2019), hay rituales de magia contaminante, en la cual, existe una simpatía entre una persona y las partes separadas[3] de su fisionomía, así como existen rituales de posesión[4] y protección[5]. De ahí, las prácticas rituales giran en torno a la dualidad[6] materia-espíritu. En lo personal, se toma al cuerpo vivo y sensible como un instrumento para el ritual. La corporalidad es imprescindible para los rituales antiguos y actuales (para los dioses o de fertilidad, pero también en la religión contemporánea hay ritos corporales[7]). Se trata de sistemas complejos de percepción y sensibilidad. Pues experimentamos el mundo gracias a nuestros sentidos.

La semiótica de cuarta generación reivindica la importancia del cuerpo en la significación. A fuerza de que los contextos, acciones y pasiones recaen o alteran sus estados. Por tanto, la diversidad en las formas de vida fue tomada en cuenta más allá de la medicina o la antropología. En resumen, la materia corporal funciona como contenedor del dios durante la posesión, del hijo durante el embarazo; de protección física o pantomímica; sus estados varían según cada ritual o práctica corporal donde se experimenta la pasionalidad de las acciones del otro sobre el cuerpo sensible, vivo, imperfecto y variable, según cada cultura. No se trataron otros tipos de rituales como los sacrificios aztecas, donde el corazón y la sangre, los efluvios y desmadejamientos eran de vital importancia; esto no quiere decir que los ejemplos elegidos sean los únicos dentro de la clasificación elaborada. En definitiva, la pasionalidad durante los rituales se efectúa por otro en el cuerpo propio, así como resulta inevitable reaccionar con la corporalidad ante sucesos afectivos, su manifestación se da con convulsiones, crecimiento del vientre, afecciones de enfermedad, contracciones de dolor, u otros efectos sensoriales como el placer y deseo de la estesis. Desde mi punto de vista, la semiótica de la corporalidad reinstaura las posibilidades de vida al permitir la unión integral con las generaciones anteriores. Por tanto, el ritual sobre el cuerpo sensible es una forma de significación. Y el revestimiento de piel lo es también de tradición. Así, la corporalidad abarca todas las culturas y todas las formas de vidas, no hay escapatoria[8].



Referencias:

Dorrá, Raúl. (1997). “Perspectiva de la semiótica” (pp. 7- 19). En De la imperfección. México: Fondo de Cultura Económica.

Fabbri, Paolo. (2000). “Capítulo II. Lo conocible y los modelos” (pp. 55 - 92). El giro semiótico. España, Barcelona: Gedisa.

Frazer, James George. (2019). “Capítulo 3. Magia y religión” (pp. 23-48), “Capítulo 4. Dioses humanos” (pp. 49-61) y “Capítulo 6. El culto a los árboles” (pp. 66- 77). En La rama dorada. Libro I. El rey del bosque. México: Fondo de Cultura Económica.

_________________. (2019). “Capítulo 7. Prostitución sagrada” (pp. 246- 254). En La rama dorada. Libro II. Occisión del dios. México: Fondo de Cultura Económica.

Le Breton, David. (1999). “Aspectos antropológicos del dolor” (pp. 50 - 98). Antropología del dolor. España: Seix Barral.




[1] “El dios entraba en el sacerdote, éste se agitaba accionando violentamente hasta llegar al frenesí; los miembros retorcidos, el cuerpo convulso, la fisonomía terrible, las facciones contraídas, los ojos extraviados. En este estado solía rodar por tierra con la boca llena de espumarajos como si forcejeara bajo la influencia de la divinidad que le poseía” (Frazer, 2019, p. 51).


[2] O el /querer/ volver a sentir lo sentido, vivir lo vivido.


[3] Tales como el cabello, recortes de uña, cordón umbilical, dientes, placenta, ropa o huella: “La gente tenía cuidado de no arrojar el cordón umbilical al agua ni al fuego, pues si lo hicieran, el niño moriría ahogado o quemado” (Frazer, 2019, p. 34). En cuanto a la huella, se creía que, si un enemigo clavaba un cuchillo en ella, causaría dolores articulares a su dueño, era la forma de explicar la artritis, dolores reumáticos y otras enfermedades musculares (2019, pp. 36-37).


[4] De un dios -convulsiones-, marido -consumación del matrimonio, enfermedad o dolor; de fertilidad -crecimiento de otro cuerpo dentro del cuerpo-; prostitución -como renuncia del cuerpo propio y entrega-.


[5] Rituales de mujeres cuando sus maridos van a la guerra o desean tener un hijo-. En el primer caso, Frazer (2019, p. 31) pone dos ejemplos, el de África Occidental donde las mujeres danzaban con los cuerpos pintados de medias lunas y círculos blancos y el de Costa de Oro en Ghana, donde las esposas de quienes habían marchado a la guerra, se pintaban de blanco y corrían de un lado a otro, armadas con palos, y rajaban papayas verdes para que los hombres hicieran con facilidad a sus enemigos lo que ellas hacían a las papayas. En el segundo caso, las mujeres estériles rodaban por el suelo bajo un manzano solitario para tener hijos o en la tribu maorí, tendrían hijos con sólo abrazar un árbol (Frazer, 2019, p. 70).


[6] Concepto tomado de Mario Teodoro Ramírez en su obra La filosofía del quiasmo (2013).


[7] Como los bautizos, las procesiones y oraciones -donde todos inclinan el rostro y oran con los ojos cerrados-).


[8] Pues incluso en la muerte, el cuerpo es envuelto en una mortaja, incinerado, guardado en una caja, etc., aunque pierde lo sensorial, pierde todo; de ahí quizá el desplazamiento que sufrió el cuerpo en detrimento del alma, la cual, supuestamente sigue existiendo aún después de la muerte.