"Tell me what part of this is fair? Someday you'll carry all this sorrow, but not tonight and not tomorrow, one day you'll miss what you had, and I will make it hurt so bad, cause I will cut off my own hand before I reach for you again". -Flower face, Eternal Sunshine.
lunes, 20 de noviembre de 2023
Querida amiga.
miércoles, 8 de noviembre de 2023
martes, 17 de octubre de 2023
domingo, 15 de octubre de 2023
Mal momento
sábado, 14 de octubre de 2023
sábado, 7 de octubre de 2023
Quisiera habitar en tu cerebro
miércoles, 2 de agosto de 2023
Truco de Magia Casero
viernes, 28 de julio de 2023
viernes, 7 de julio de 2023
Reivindicación de la escritura desde la experiencia
viernes, 30 de junio de 2023
El sonido de las ambulancias
Me sorprendió la normalidad en su voz.
—Hola, Sarita —respondió Carmen desde el suelo de su cuarto, con la voz pastosa de los moribundos— Se me olvidó subir la carne al congelador —le dijo.
—No pasa nada, ahorita la guardamos —continuó mi hermana.
Yo permanecí en silencio. Ninguna se atrevía a acercarse. Quizá era su desnudez la que nos detenía, quizá el temor de verla morir.
—Hay que llamar a una ambulancia —musité.
En el fondo deseaba que todo aquello fuera una actuación de Carmen. Llevaba semanas comportándose de forma extraña. Lo primero que notamos fue que olvidaba apagar el boiler después de utilizarlo y permanecía así hasta que por la noche alguna de nosotras lo descubría. Una mañana me despertó el sonido del agua a presión en la pila desbordante del lavadero, no había habido agua el día anterior y Carmen había dejado la llave totalmente abierta. Sus otros comportamientos no eran olvidos, sino acusaciones contra mí. Cuando algo se perdía, como un trapo o incluso comida, Carmen le decía a Sara "ha de haber sido tu hermana, ya ves que siempre tira todo. Ya ves que es ella la que limpia". Mientras yo me declaraba inocente con exasperación. No comprendía la necesidad de Carmen de culparme por esas pequeñas desapariciones.
Llamamos a una ambulancia y mi hermana salió a recibirla. Tardó al menos media hora en llegar. Yo permanecí en el linde de la puerta, lista para huir de ser necesario. Le tenía miedo a la muerte, más aún a una persona que peligraba a morir en mi presencia. Por fin llegó la ambulancia. Nos pidieron vestirla y tuvimos que acercarnos. "No me muevan", rogaba ella, "si me mueven, moriré". Nosotras miramos a los paramédicos y ellos insistieron en que era necesario vestirla aunque dijera una y otra vez lo mucho que le dolía. No sabíamos qué le dolía, probablemente todo.
Los paramédicos no pudieron cargarla. Llegaron los bomberos. Parecía una escena cómica y abstracta el tener a seis hombres uniformados en la sala, preparando a Carmen para transportarla. Le preguntaron desde cuándo estaba ahí, "desde el martes", respondió con seguridad. El enfermero me miró y yo negué con la cabeza. Ya le habíamos explicado que no habíamos estado desde el viernes hasta ese día. No sabíamos cuánto llevaba ahí, pero definitivamente no era una semana. Desde ese momento, y hasta que se la llevaron, Carmen no despegó la vista de mí. Me observaba desde la camilla con el ceño fruncido. Yo intentaba evitar sus ojos, pero era tan insistente que aún tiemblo de pensar en ella. Era como si me culpara por encontrarse en esa situación. Ya no se trataba de trapos de cocina o de comida perdida por lo que me acusaba. Era por su vida, por su muerte.
Mi hermana llamó a una amiga de Carmen, quien dijo que iría enseguida al hospital. El paramédico nos preguntó casi con sorna si iríamos con ella en la ambulancia. Me pregunté a qué se debía esa sonrisita de suficiencia, como si supiera la respuesta. "No, ya llamamos a una amiga suya, nos quedaremos a limpiar", le dijo Sara. Y era verdad. El cuarto de Carmen tenía un charco de orines en el suelo, su uniforme del trabajo también se había llenado. Me puse los guantes y me dediqué a lavarlo, aunque Sara dijo que sería mejor tirarlo. "Así estará limpio para cuando regrese", le dije. Ella se dedicó a trapear el departamento y limpiar el refri, la carne se había echado a perder. Pronto el tufillo había desaparecido. Esa noche juntamos las dos camas en nuestro cuarto y dormimos muy juntas. Yo tenía miedo de morirme. Me prometí nunca vivir como Carmen.
Nos había tomado por sorpresa encontrarla así, pero no tanto que hubiera enfermado, pues decir que se cuidaba es una mentira por respeto a los muertos. Se desvelaba viendo televisión hasta las doce o una de la madrugada y se levantaba para ir al trabajo a las cinco. Rara vez comía saludable o hacía ejercicio, aunque se la pasaba parada en su trabajo. Fue evidente, al menos para mí, que el poco sueño y la mala alimentación la llevaron a encontrarse tan enferma. Pero fue su falta de propósito en la vida la que la llevó a la tumba.
La amiga de Carmen nos llamó al día siguiente para decirnos que ya estaba mucho mejor. Que incluso ya la había reconocido y habían hablado un poco. Nos alegramos por ella. Aunque un leve temor nos invadió al saber que había tenido un infarto cerebral, porque era posible que no pudiera cuidarse por sí misma y no era cercana con su familia. Supusimos que tendría que reconciliarse con su papá, que ya nos las arreglaríamos cuando saliera del hospital. No obstante, un día después de aquella llamada esperanzadora, Sara fue a mi universidad con su novio. "Carmen se murió", se limitó a decir. Según le dijo la amiga de Carmen, sus órganos dejaron de funcionar.
Aquella noche fuimos Sara y yo al funeral. Se llevó a cabo en la iglesia a la que asistía Carmen, una casa antigua y de muebles de madera bruñida. "Estas son las personas que mataron sus ganas de vivir", pensé conforme nos adentrábamos en el salón lleno de personas vestidas de blanco. Sabía lo injusto que era culpar a aquellas personas por su muerte, pero era la única manera que tenía de justificar que alguien tan joven hubiera muerto. Saludamos a la amiga de Carmen y a otras personas que no conocíamos. No dimos el pésame, porque a nadie parecía importarle especialmente. La predicación del pastor fue sobre la alegría de ir al cielo al morir. Deseé con todas mis fuerzas que Carmen no hubiera muerto. Pero el ataúd abierto exhibía su cuerpo vestido de negro y bien maquillado. Nunca la había visto tan arreglada, el pelo tan liso y acomodado. Sus labios estaban fruncidos en una mueca de inconformidad. "Lo sé, Carmen, yo tampoco estaría conforme con una muerte así". Hubo alabanzas alegres porque un alma más había sido recibida en el cielo. Yo dudaba mucho que Carmen hubiera ido al cielo, así que lloré por su muerte.
Desde aquel suceso, escuchar una ambulancia por la calle me causa escalofríos. Es un constante recordatorio del rescate fallido de Carmen en una de esas máquinas. Seis hombres fueron incapaces de salvarla, ni siquiera el hospital pudo evitar los daños de toda una vida.
La amiga de Carmen se quedó con todas sus posesiones, en contra de la voluntad del padre con el que llevaba una mala relación. Fue ella quien lavó los montones y montones de ropa sucia que Carmen acumulaba en su cuarto. Me tranquilizaba verla en el departamento. Para mí, entrar ahí sola era arriesgarme a ser atacada por el fantasma de una Carmen ceñuda e inconforme. Quizá me perseguiría señalándome con el dedo índice por haber perdido su vida. Nunca abrí la puerta de la que fue su habitación, ni siquiera para limpiarla. Al final, me di cuenta de que no moriría, y que Carmen no volvería para cazarme. Tal vez a los fantasmas les asustan más los vivos y el sonido de las ambulancias que la muerte en sí misma.
jueves, 22 de junio de 2023
Oscuridad heredada
Carta a un amor perdido
domingo, 18 de junio de 2023
Llamada de poder
Renovación
sábado, 17 de junio de 2023
El Primer Intento
lunes, 12 de junio de 2023
:)
jueves, 1 de junio de 2023
Nadie nos dijo
sábado, 27 de mayo de 2023
Como son las cosas
sábado, 6 de mayo de 2023
Respirar como mujer
sábado, 29 de abril de 2023
Poema a mi vulva
jueves, 27 de abril de 2023
Ensayo sobre la realidad femenina
martes, 18 de abril de 2023
Míranos ahora
¿Recuerdas ese sueño? Yo era como un monstruo.
Batía mis alas al bailar entre las llamas de tus ojos.
Te temía, tú a mí también.
Aprendimos a querernos, a dejar de perdernos.
En los pliegues de esa cama,
donde el tiempo parecía no ocurrir,
cambiaron tantas cosas,
nos hicimos sonreír.
De los viajes que recuerdo,
no volví a ser sólo yo,
me convertí en artista,
de tu persona una arista
y me volví más yo misma.
¿Recuerdas esos días? Yo era como un monstruo,
no debías hacerme llorar,
era mi decisión derramar mis olas interiores,
eso me decías cuando me deshacía en tus brazos una vez más.
En mis instantes junto a ti,
me volvía mar, playa, sol.
La calidez que guardabas era un espejo,
que me retaba a verme.
De la soledad que emanaba de esos sueños
poco recuerdo además de tu mirada,
quería para mí todo lo que eras,
pero míranos ahora.
sábado, 15 de abril de 2023
Semiótica de la corporalidad: Pasionalidad en rituales
Los avances del campo de la semiótica no omiten sus primeros pasos. Los acercamientos de la cuarta generación son una integración de las tres anteriores en función y contacto con lo corporal. Es innegable que la complejidad es mucho mayor a eso, mas, se puede decir que no es un campo cerrado de estudio. Diversos autores han hablado sobre las revoluciones semióticas, si bien, Dorrá (1997) no profundiza en la cuarta generación, da un informe conciso acerca de las particularidades de las otras tres. Presenta la primera generación como el resultado de los estudios de Saussure y Hjelmslev, centrada en lo cognitivo, los significados estables de las palabras; la segunda, como la semiótica actancial, cuando el sujeto actúa conforme a sus deseos y competencias (pragmático), con el trabajo de Propp y Lévi-Strauss, entre muchos otros; la tercera, protagonizada por Du sens II de Greimas, con el proceso de la significación, llamado narratividad, en la semiótica patémica, las pasiones de lo sensible. La semiótica del cuerpo, por otro lado, ha sido estudiada por diversos autores, tales como Greimas (relación sensorial entre objeto-sujeto), Merleau (quiasmo e intercorporalidad), Fabbri (corporalidad y pasionalidad), Fontanille (figuras semióticas del cuerpo), Ramírez (dualidad y quiasmo), et sequens. Por esto, la semiótica es un estudio nuevo, abierto a muchas posibilidades de investigación. Entonces, las revoluciones semióticas son engranajes en función de la significación. Pues cada una, complementa los niveles semióticos para el análisis.
Los organismos materiales y conscientes manifiestan sus afectividades y afecciones por medio del cuerpo. Cuando alguien llora convulsamente, tose discretamente para demostrar su incomodidad o da un respingo al ser llamado en su ensimismamiento. Todas ellas son situaciones externas, internalizadas para aflorar en la corporalidad. La «pasionalidad» es el resultado de la recepción de las acciones ajenas en la materia corpórea. Como indica Fabbri: “La pasión es el punto de vista de quien es impresionado y transformado con respecto a una acción” (2000, p. 61). Consecuentemente, la impresión causada por acciones activa una respuesta corporal, por ejemplo, si se trata de un ritual de posesión, se espera que el poseído se convulsione y pierda control sobre sus extremidades[1]; o, en todo caso, durante la posesión de fertilidad, donde un ser germina dentro de otro, el vientre debe crecer como reacción al ritual previo al embarazo, como la consumación del matrimonio o la prostitución. Considero que la pasionalidad reúne los estados, funciones y transformaciones del cuerpo, debido a una acción previa, la cual desencadena todo lo demás. Por tanto, la alegría, miedo o vergüenza de engendrar un hijo; la desesperación por recibir el favor del dios y caer en fuertes estremecimientos, la rendición al tacto de los hombres como profesión, son la transformación pasional por la acción. En algunos casos, se produce la estesis de volver a vivir lo vivido[2]: un segundo hijo, otra posesión del dios o el encuentro corporal de una pareja. Tales pasiones se llevan a cabo en tiempos, ritmos y modos específicos.
Los seres humanos están protegidos por una cáscara con capacidades sensoriales. La cual les sirve para experimentar el mundo y los objetos en él. Asimismo, les permite relacionarse con otros entes de igual conformación en sentidos afectivos, táctiles o sensoriales. Todo por medio del «cuerpo», materialidad motriz revestida de piel que percibe los objetos del mundo. Para Le Breton (1999) la biología no determina lo corporal de los humanos, sino la forma en la cual lo invisten y perciben como estructura simbólica, capaz de sentir dolor, enfermedad y definirse como una totalidad del sujeto. De este modo, en algunos rituales el cuerpo se unge con aceites, en otros se pinta de blanco y de él cuelgan abalorios, se despoja de ropa o se viste con taparrabos. Personalmente, la significación del material corpóreo varía en cada sociedad, en el uso y valor otorgado, mas es imperfecto y no se puede programar. En cuanto a tales «rituales», se trata de prácticas religiosas, maritales, biológicas, afectivas o de protección, que requieren de acciones para dar resultados. Para Frazer (2019), hay rituales de magia contaminante, en la cual, existe una simpatía entre una persona y las partes separadas[3] de su fisionomía, así como existen rituales de posesión[4] y protección[5]. De ahí, las prácticas rituales giran en torno a la dualidad[6] materia-espíritu. En lo personal, se toma al cuerpo vivo y sensible como un instrumento para el ritual. La corporalidad es imprescindible para los rituales antiguos y actuales (para los dioses o de fertilidad, pero también en la religión contemporánea hay ritos corporales[7]). Se trata de sistemas complejos de percepción y sensibilidad. Pues experimentamos el mundo gracias a nuestros sentidos.
La semiótica de cuarta generación reivindica la importancia del cuerpo en la significación. A fuerza de que los contextos, acciones y pasiones recaen o alteran sus estados. Por tanto, la diversidad en las formas de vida fue tomada en cuenta más allá de la medicina o la antropología. En resumen, la materia corporal funciona como contenedor del dios durante la posesión, del hijo durante el embarazo; de protección física o pantomímica; sus estados varían según cada ritual o práctica corporal donde se experimenta la pasionalidad de las acciones del otro sobre el cuerpo sensible, vivo, imperfecto y variable, según cada cultura. No se trataron otros tipos de rituales como los sacrificios aztecas, donde el corazón y la sangre, los efluvios y desmadejamientos eran de vital importancia; esto no quiere decir que los ejemplos elegidos sean los únicos dentro de la clasificación elaborada. En definitiva, la pasionalidad durante los rituales se efectúa por otro en el cuerpo propio, así como resulta inevitable reaccionar con la corporalidad ante sucesos afectivos, su manifestación se da con convulsiones, crecimiento del vientre, afecciones de enfermedad, contracciones de dolor, u otros efectos sensoriales como el placer y deseo de la estesis. Desde mi punto de vista, la semiótica de la corporalidad reinstaura las posibilidades de vida al permitir la unión integral con las generaciones anteriores. Por tanto, el ritual sobre el cuerpo sensible es una forma de significación. Y el revestimiento de piel lo es también de tradición. Así, la corporalidad abarca todas las culturas y todas las formas de vidas, no hay escapatoria[8].
Referencias:
Dorrá, Raúl. (1997). “Perspectiva de la semiótica” (pp. 7- 19). En De la imperfección. México: Fondo de Cultura Económica.
Fabbri, Paolo. (2000). “Capítulo II. Lo conocible y los modelos” (pp. 55 - 92). El giro semiótico. España, Barcelona: Gedisa.
Frazer, James George. (2019). “Capítulo 3. Magia y religión” (pp. 23-48), “Capítulo 4. Dioses humanos” (pp. 49-61) y “Capítulo 6. El culto a los árboles” (pp. 66- 77). En La rama dorada. Libro I. El rey del bosque. México: Fondo de Cultura Económica.
_________________. (2019). “Capítulo 7. Prostitución sagrada” (pp. 246- 254). En La rama dorada. Libro II. Occisión del dios. México: Fondo de Cultura Económica.
Le Breton, David. (1999). “Aspectos antropológicos del dolor” (pp. 50 - 98). Antropología del dolor. España: Seix Barral.
[1] “El dios entraba en el sacerdote, éste se agitaba accionando violentamente hasta llegar al frenesí; los miembros retorcidos, el cuerpo convulso, la fisonomía terrible, las facciones contraídas, los ojos extraviados. En este estado solía rodar por tierra con la boca llena de espumarajos como si forcejeara bajo la influencia de la divinidad que le poseía” (Frazer, 2019, p. 51).
[2] O el /querer/ volver a sentir lo sentido, vivir lo vivido.
[3] Tales como el cabello, recortes de uña, cordón umbilical, dientes, placenta, ropa o huella: “La gente tenía cuidado de no arrojar el cordón umbilical al agua ni al fuego, pues si lo hicieran, el niño moriría ahogado o quemado” (Frazer, 2019, p. 34). En cuanto a la huella, se creía que, si un enemigo clavaba un cuchillo en ella, causaría dolores articulares a su dueño, era la forma de explicar la artritis, dolores reumáticos y otras enfermedades musculares (2019, pp. 36-37).
[4] De un dios -convulsiones-, marido -consumación del matrimonio, enfermedad o dolor; de fertilidad -crecimiento de otro cuerpo dentro del cuerpo-; prostitución -como renuncia del cuerpo propio y entrega-.
[5] Rituales de mujeres cuando sus maridos van a la guerra o desean tener un hijo-. En el primer caso, Frazer (2019, p. 31) pone dos ejemplos, el de África Occidental donde las mujeres danzaban con los cuerpos pintados de medias lunas y círculos blancos y el de Costa de Oro en Ghana, donde las esposas de quienes habían marchado a la guerra, se pintaban de blanco y corrían de un lado a otro, armadas con palos, y rajaban papayas verdes para que los hombres hicieran con facilidad a sus enemigos lo que ellas hacían a las papayas. En el segundo caso, las mujeres estériles rodaban por el suelo bajo un manzano solitario para tener hijos o en la tribu maorí, tendrían hijos con sólo abrazar un árbol (Frazer, 2019, p. 70).
[6] Concepto tomado de Mario Teodoro Ramírez en su obra La filosofía del quiasmo (2013).
[7] Como los bautizos, las procesiones y oraciones -donde todos inclinan el rostro y oran con los ojos cerrados-).
[8] Pues incluso en la muerte, el cuerpo es envuelto en una mortaja, incinerado, guardado en una caja, etc., aunque pierde lo sensorial, pierde todo; de ahí quizá el desplazamiento que sufrió el cuerpo en detrimento del alma, la cual, supuestamente sigue existiendo aún después de la muerte.