domingo, 18 de junio de 2023

Llamada de poder

Le colgó después de anunciarle que debían terminar, "está bien", dijo él. Sus celos habían sido la principal causa, valoraba demasiado su libertad y a sus amigos como para soportar una relación de esa categoría. "Esa categoría", palabras que, de algún modo le restaban importancia a la realidad y normalizaban cada uno de los momentos vividos en ella. Agar se había despertado temprano esa mañana, se alegró de haber puesto en silencio su celular la noche anterior para evitar llamadas indeseables de Brandon, aquel treintañero que la había conquistado en tan poco tiempo para después intentar controlar toda su vida. No se había quedado tan solo en un intento, pues ella había cambiado sus rutinas, sus días de visitar a sus padres, de ir a patinar, de salir con sus amistades, sólo para ver si así él dejaba de estar molesto la mitad del tiempo con ella. No comprendía esa necesidad de estar siempre de mal humor, como si la vida no tuviera nada bueno que ofrecer, mientras decía, una y otra vez, lo mucho que apreciaba su relación, lo feliz que lo hacía haberla conocido. "Sé que me merezco esto", le sonrió una vez, después de comer un bocado de arroz con ajo y mantequilla. Ella sonrió complacida porque era evidente que él la quería en su vida. 
Hacía años que no sentía algo recíproco por alguien y se sintió afortunada de verse envuelta con alguien tan "intenso" como ella. La intensidad era una palabra que había llegado con el siglo: Las mujeres eran consideradas intensas, el sol estaba cada vez más intenso, te amo era una palabra intensa, pedir una explicación sobre qué eran dos personas después de besarse o acostarse era, definitivamente, intensidad. Por lo que Agar había intentado, por todos los medios no demostrar su intensidad, y lo consiguió. No obstante, a pesar de que había sentido alivio al escucharlo decir que él era intenso, porque entonces ella podría ser ella misma sin asustarlo, fueron los comportamientos de Brandon los que la hicieron retroceder. 
Agar se consideraba una mujer de mente abierta, había estudiado literatura y conocido distintas perspectivas de tiempos lejanos y actuales, se sentía preparada para afrontar lo que una relación con alguien doce años mayor podía ofrecer. Cuando Brandon hablaba, era como si estuviera cautivado por el pasado, nunca hablaba mal de las personas, al contrario, se extendía en sus cualidades y en lo mucho que los apreciaba, sobre todo a su hijo, su padre, su hermano, su mejor amigo y su mamá. Agar se dio cuenta de lo abrumante que le parecía que hubiera tantos hombres en esa lista. Pero no era la única plagada de ellos, también sus gustos musicales consistían en voces masculinas, música que Agar prefería no comentar, pues le era indiferente, sino desagradable. "Es que no me has dejado mostrarte a las mujeres que escucho, escucho más mujeres que nada", le dijo él con diversión, cuando ella acababa de poner a una de sus artistas y canciones favoritas. Ella no había escuchado con él a ninguna mujer, por lo que, cuando dejó de sonar la hermosa voz de Cults en Spotify, le permitió seguir poniendo la música. Brandon se sorprendió porque ella no conocía a esa cantante, a ella le pareció que no estaba mal, la siguiente canción de mujer no le gustó, la voz era agradable, pero la música no. Le hubiera gustado poder ser sincera y apoderarse una vez más de la fila de reproducción, no obstante, escuchó con paciencia. Después de esa segunda canción, le siguieron puros hombres, ella no quiso señalar ese hecho y él pareció no darse cuenta. Si algo sabía sobre cómo funcionaban los algoritmos para que las personas utilizaran ciertas plataformas, era que, según los gustos, según las costumbres auditivas del usuario, se formaban las listas aleatorias. Lo cual evidenciaba una absoluta ausencia de mujeres en sus gustos musicales. No sólo eran sus amistades y sus gustos musicales, en su librero, compuesto por al menos cincuenta libros, predominaban los hombres. Ella sólo reconoció a los más famosos por la carrera que había estudiado. "Tengo estos cinco libros escritos por mujeres", se defendió él cuando ella lo señaló.
-Y de esos cinco, ¿Cuántos has leído? -quiso saber ella. 
-Uno -admitió él. 
Él le dijo que le gustaba que ella le mostrara esa clase de carencias por su parte, que le enseñara a consumir más productos artísticos hechos por mujeres. Pero Agar sabía que era una carencia tan interna, tan normalizada, que él no comprendía cuál era el problema de no leer o escuchar mujeres, mientras dijera que lo hacía o intentaría hacerlo. Porque era una característica inherente a la sociedad masculina heteronormativa el consumir sólo productos literarios y musicales hechos por hombres. Los hombres con los que ella había coincidido en la carrera no iban por ahí diciendo que una de sus autoras preferidas era Jane Austen o Emily Brontë, decían que su figura a seguir era Juan Rulfo, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes. No decían que escribían poesía, porque eso era más de mujeres sentimentales, ellos escribían cuentos y novelas. El único maestro que admitía abiertamente su amor por el trabajo de una mujer, era el maestro de Metodología literaria, quién habló y habló de cómo la literatura de Clarice Lispector la hacía su amante, comentario que Agar no decidía si reivindicaba la situación. Pues otro rasgo muy normalizado en los hombres era que, en vez de comentar los rasgos buenos de, por ejemplo, alguna cantante, señalaban su figura, su belleza o su forma de moverse. Siempre y cuando fuera agradable a sus ojos, entonces cantaba bien. 
Las cosas aún iban bien en ese momento, parecía que compartían el tiempo, aunque a veces ella sentía que él sólo quería una observadora, alguien que sonriera a sus comentarios, que escuchara lo que sea que él tuviera que decir, que comiera con él y estuviera disponible a todas horas, toda la semana. Hablaba de sí mismo con complacencia, se deleitaba en sus propias historias, las cuales repitió en más de una ocasión. "Te voy a aburrir", se quejaba él y ella sabía que debía decir que no sería así. Sí la aburría, hablaba demasiado y se interesaba poco por lo que ella tuviera que decir. Le hablaba mucho de su hijo, probablemente lo único de lo que no debía arrepentirse en la vida, pues según él, el niño era bueno por naturaleza, inteligente, divertido y no tendría sus defectos, pues él era un padre ausente. Desde luego él no lo plasmó de esa manera, difícilmente un padre ausente se definirá de esa manera. 
—No tengo obligación moral de mantenerlo, lo hago porque me nace —le dijo en una ocasión.
Agar se quedó sin palabras. Su única obligación posible era la moral. 
—Ella ni siquiera quiso ponerle mi apellido, no tengo por qué darle pensión si no lleva mi apellido. 
—Pero es tu hijo, con o sin apellido, lleva tu sangre. Dices que se parecen un montón, hasta prueba de paternidad hubo, ¿Qué más quieres?
—Las enfermeras estaban muertas de risa cuando nos vieron ir a hacer esa prueba, porque estamos igualitos —sonrió él como si recordara una ida al parque. 
Agar no pudo imaginar a las enfermeras muertas de risa, pero igual sonrió para no romper el deleite se Brandon en sus propias palabras. 
—¿Para qué se hicieron la prueba entonces si era tan obvio?
—Porque ella no sabía de quién era el bebé -explicó él y Agar le creyó.
Conforme pasaron las semanas se dio cuenta de que probablemente ella sí sabía de quién era y él no se quería hacer cargo. También su historia sobre cómo la familia de ella nunca lo había dejado entrar en  su casa y le habían dicho que no querían su dinero, la hizo pensar que quizá los padres habían tenido la esperanza de deshacerse de él, proteger a su hija de su horrible temperamento. 
Él le habló de que mantendría a su hijo sólo hasta que cumpliera los dieciocho, después se desentendería. El niño tenía siete años y él ya estaba pensando en dejar de dar dinero, ponía como pretexto que no llevaba sus apellidos y, dicho con sutileza, todo era culpa de la madre del niño o de su familia. 
—¿No lo vas a ayudar con la universidad? Es cuando más necesitamos ayuda —argumentó ella. 
Sentía una incomodidad que hubiera preferido ignorar para no decepcionarse de un hombre irresponsable paternalmente. 
—No.
—¿Qué tus padres no te ayudaron? ¿Tuviste que trabajar?
—Sí, yo empecé a trabajar a los dieciséis —dijo con un orgullo molesto. 
Ella apenas llevaba un trabajo de dos meses, al que había renunciado sin mirar atrás y tenía veinticuatro años.
—Y no terminaste la universidad, ¿Quieres eso para tu hijo? 
—No es porque no quise terminarla, nunca dejé de estudiar —se defendió sin responder a su pregunta. 
Agar aprendió a perder las discusiones porque él ignoraba sus mejores argumentos, cambiaba el tema o hacía chistes para desviar la atención. 
Al menos de momento, según le había dicho, le pagaba el colegio a su hijo y lo llevaba a la escuela todos los días (un viaje de veinticinco minutos) para luego regresar a su vida sin compromisos.
La desconfianza que Brandon había mostrado hacia la madre de su hijo, por lo que habían tenido que hacer la prueba, se hizo patente en su relación poco después, cuando ella tuvo que ir al centro a hacer un encargo. Le envió un audio donde le contaba lo que se proponía hacer en su recorrido. De regreso, se detuvo en una librería de segunda mano y compró un libro que le llamó la atención. Al día siguiente, tuvieron una discusión, una tontería, conllevaba dinero, y ella se dio cuenta de que no le gustaba para nada la reacción de Brandon al respecto. 
Fue al centro a recoger su encargo y, al volver a casa, recibió una llamada suya. Respondió.
—¿Hola?
—Dime —dijo él con mal talante, siempre le respondía así las llamadas, aunque no se hubieran peleado 
—Tú eres quien llamó —le recordó ella.
—Ah, ¿Te puedo hacer una pregunta y me vas a responder con honestidad?
—Sí...
Honestidad. Su palabra favorita, la usaba a menudo, pero no la creía a ella capaz de ser veraz. "¿Por qué no me crees?" Le preguntaba ella y él negaba con la cabeza, para él las mujeres eran engañosas, mentían y traicionaban. No confiaba en ella para nada. Y cuando ella lo afrontó por eso, él le dijo que había distintos tipos de confianza, él confiaba en el talento de ella, pero no en su fidelidad. 
—¿Con quién fuiste al centro ayer?
A ella le tomó un minuto recordar qué había hecho el día anterior.
—¿En la mañana o en la tarde? —preguntó para hacer tiempo.
Una risa amarga del otro lado del auricular.
—Si tienes que preguntar es que sí fuiste con alguien.
-Fui sola —dijo ella —¿Por qué?
—En el audio que me enviaste se escuchaba que estabas con alguien más. 
—Pues no, fui sola. 
Otra risa, esta vez llena de cinismo y triunfo. Agar se enfadó y le dijo:
—Si hubiera ido con alguien y no hubiera querido que te enteraras, no te hubiera mandado audio —su argumento era lógico, pero él lo ignoró.
—¿Me vas a decir que no estabas viendo libros con alguien más?
—Después de mandarte el audio, fui a recoger mis fotos y de regreso vi el libro y lo compré —explicó con sencillez.
—El orden de los mensajes no coincide con lo que dices.
Sí coincidía, pero a él le gustaba crear escenarios.
Agar vivía con miedo de que él malinterpretara sus palabras. En una ocasión le había dicho que había ido a casa después de verse con sus amigos para quitarse el labial porque no le gustaba besar con labial puesto. "¿Qué?", Preguntó él. Ella repitió la frase tal cual la había dicho un segundo atrás. "Eso no fue lo que dijiste", dijo con seriedad. El resto de la tarde se tiñó de amargura y desconfianza. La hizo sentir insegura, le dijo que no sabía si quería estar con ella porque no se tomaba la relación con compromiso y responsabilidad. La tachó de ser parte de una generación joven, donde las cosas no duraban y por eso sus relaciones no habían durado más de dos meses. "Estás siendo cruel" le reclamó ella, con lágrimas en los ojos y se odió por eso. "Es que tú no dices nada y me dejas hablar y hablar y digo puras estupideces, pero es porque tú no me dices lo que piensas", se defendió. Con el tiempo, ella notó que él la interrumpía cada que comenzaba a hablar en las discusiones. Agar decía dos frases coherentes y él tenía que rebatirlas enseguida o, aparentemente, podía morir en la espera, o peor aún, podía resultar que Agar tenía razón. 
Él siempre tenía razón, siempre tenía la última palabra, le gustaba sentirse superior y ser el maestro, el instructor, quien diera un consejo o los secretos de cómo vivir la vida.
—Deberías hacer una lista de lo que vas a hacer en tu día a día, organizarte para ser productiva, yo ya te he enseñado todo lo que necesitas saber para iniciar tu propio negocio —le dijo una tarde en que caminaban por una acera tranquila cerca de donde ella vivía. 
Ella asentía con paciencia.
—Por ejemplo, proponerte trabajar en tus dibujos al menos una hora al día, organizarte —repitió.
A Agar le molestaba que le dijera cómo debería emplear su tiempo, sólo porque no tenía empleo y se había graduado hacía un año, no era de su incumbencia lo que hacía con su tiempo, ya que él le quitaba la mayor parte. 
—Ya hago eso —le dijo— hago una lista diaria y luego voy palomeando lo que ya hice. Llevo desde la prepa haciendo eso.
—Entonces, ¿por qué me dejas sermonearte? —preguntó y ella se encogió de hombros. "Porque te gusta hacerlo", pensó. 
Otro día había ido a patinar con una de sus nuevas amigas de patinaje y le escribió que seguía en el sitio de patinaje, el problema fue que se equivocó de nombre del lugar y él la corrigió. Sintió el miedo subirle por la garganta, ahora con más razón desconfiaría de ella. Afortunadamente, lo único que sucedió fue que él le dijo "no te vi ahí donde dijiste" y ella respondió, "yo tampoco te vi pasar", y él dijo "no pasa nada", como para decirle que le creía, como si fuera un favor creerle y ella pudiera estar tranquila por esa ocasión.
A Brandon le molestaba que Agar tuviera tantos amigos, que saliera a divertirse mientras el resto del mundo debía desvivirse para intentar vivir. 
"No me gusta que hagas planes con tus amigos cuando no nos vemos, porque entonces sólo sales conmigo por compromiso", le dijo una vez y ella intentó explicarle que si no era cuando no se veían, entonces, ¿Cuándo vería a sus amigos? Pero él lo dejó como un problema de ella, mientras tanto, se mantuvo distante y molesto. 
Cuando ella le decía que sentía que a él le molestaba que viera a sus amigos, él se ofendía y tomaba una postura taciturna, casi melancólica, como si ella lo hubiera herido profundamente con su comentario, eso sí, después de decirle que estaba mal, que si creía que era de esa manera, lo dejara inmediatamente. Pero cuando ella salía con sus amigos, él se portaba cortante y la ignoraba al día siguiente, hasta que se consumía sustancias por la noche y la llamaba entre risas, como si todo estuviera perfectamente y ella tuviera que aceptar sus cambios de humor y agradecer que la hubiera perdonado. 
Brandon se molestaba si ella se tardaba en contestarle, si no le llegaban sus mensajes rápido, si le decía que iba a salir con alguien (fueran amigas o grupos mixtos), si hablaba o reía efusivamente, si no cumplía con sus expectativas, si se iba a visitar a sus papás, si no lo besaba como él quería, "ni me besas bien", le decía continuamente, a ella eso le preocupaba, pues siempre se había regodeado en ser buena besando, si ella no decía lo que sentía, pero también si decía lo que sentía, si era complaciente, o si era rebelde, si intentaba no hacerlo enojar, "te andas con mucho cuidado de no hacerme enojar", se quejó en una ocasión, "eres demasiado complaciente", dijo casi con aburrimiento, pero ella intentó ser ella misma y él de todos modos estaba molesto todo el tiempo, y, cuando le dijo que siempre estaba enojado con ella, él replicó que no lo había visto aún enojado. Él diferenciaba el estar enojado y estar molesto, sólo la ignoraba, nunca se habían gritado ni dicho malas palabras, para él, la relación iba sobre ruedas. Mientras que a ella nunca la habían tratado tan mal. 
Así pues, numerosas cosas de su personalidad lo molestaban, pero nada lo molestó más que el hecho de que ella pensara. Él quería que ella llevara la cuenta de Instagram de su empleo, no obstante, ella se negó sin palabras, alargaba el momento de decir que sí, pues veía que había evidencia de otro noviazgo en ese Instagram, su exnovia había accedido a ayudarlo, había creado videos bien hechos para él y seguramente la había tratado igual de mal que a Agar. Se sentía mal por ella, pero también agradecida de que, de algún modo hubiera quedado evidencia de cómo él había usado a otra mujer para sus propios fines. Por su actitud, no quería una novia, "somos pareja", le dijo una vez, según él, una novia era inferior que una pareja porque las parejas hacen planes juntas. A Agar le resultó una diferencia tonta, pero aceptó porque pensó que estaría bien probar algo nuevo. Brandon quería una empleada. Al principio no lo notó, salían a andar en bici, tenían largas charlas que más bien eran monólogos de cómo Brandon había vivido muchísimo en su vida, cómo ella podía aprender de él, fueron a museos y a casa de él. Vivía en el techo de casa de su tía. Agar intentó no juzgarlo, era normal que los artistas tuvieran vidas bohemias y sin forma. Ella no quería vivir como él, no quería trabajar de conserje ni en un tianguis. 
El padre se Agar trabajaba en un tianguis y ella sabía que, si sabías qué vender, podía ser un considerable ingreso económico. Brandon no sabía vender. Hacía artesanías de buena calidad, ella admiraba su trabajo, pero no vendía. Y tampoco es que ella hubiera considerado seguir los pasos de su papá, aunque lo admiraba y adoraba, nunca había sido su sueño trabajar en un tianguis con el ritmo, la carga de trabajo, el ambiente musical y climático, y los horarios extensos. Le resultaba demasiado estresante y su papá le había brindado estudios. Aún en ese momento, con su capricho por vivir en la ciudad, graduada y sin trabajo, él la apoyaba económicamente, alentándola a disfrutar mientras podía de no hacer nada más que aquello que amaba: escribir, leer y pintar. 
Brandon decía envidiar eso de ella, pero también quería emplearla, que ella trabajara para él, que no buscara trabajo, ¿Para qué si él podía mantenerlos a ambos? Agar había querido trabajar desde que había acabado la universidad, sólo no había encontrado un trabajo que la convenciera y trabajar para Brandon definitivamente no la convencía, ella quería ser económicamente independiente de su pareja. 
Su última pelea, la que la hizo romper con él un día después, fue un conjunto de todo lo que ya le había demostrado que sería un problema en su relación. Carecía de la importancia que le dieron mientras discutían entre susurros en el tianguis donde él vendía. 
Él quería vender cuadros que ella hiciera con una comisión de diez pesos si cada cuadro costaba cincuenta. Agar se negó, había demasiados ejemplos en la Historia que demostraban que los hombres y el talento femenino no iban juntos, porque ellos se llevaban el crédito o el dinero, o ambos. Por lo cual ella dijo que si él vendía sus cuadros, sería por el diez por ciento como máximo a consignación, pero que ella no quería que él los vendiera. Si ella los vendía, él se quedaría con ocho pesos de todos modos, porque le había regalado papel de material desconocido y ahora le reclamaba un pago. Ella calculó que tendría que pagarle unos quinientos pesos al final de trabajar en todas esas hojas, porque él quería venderle cada hoja a cuarenta pesos, y de cada hoja, saldrían cuatro cuadros. Por lo cual ella le dijo que le cobrara diez pesos por hoja, pues era un precio más justo, cuando vio que no conseguiría un buen negocio, le dijo que le regalaba el material.
—No, te las pago —dijo ella, ya molesta.
—Ya te sentiste, te las regalo.
—Te las puedo pagar ahora, traje el dinero.
—¿Por qué no puedes aceptar un regalo mío? A tus amigos sí los dejas que te regalen cosas.
"Tal vez porque me cobraste las hojas después de regalármelas", pensó ella.
—No recuerdo la última vez que alguno de mis amigos me regaló algo.
—Pero con ellos sí haces proyectos y conmigo no quieres llevar mi página de Instagram —se quejó por enésima vez.
—Sólo he hecho un proyecto y es con mi amiga que llevo trece años de conocer.
—Pon los pretextos que quieras —la interrumpió.
Pretextos. Era su palabra predilecta cuando ella le contaba cosas, esa y "no tienes que justificarte", le decía cuando ella le contaba lo que había hablado con sus papás o lo que había hecho con sus amigos. "No me estoy justificando, te estoy contando" o "¿Pretextos de qué?". Lo mismo le había dicho cuando le había dicho que la amaba y ella había permanecido en silencio, llevaban un mes de conocerse, no podía amarla aún. "En mi familia no usamos esa palabra", le había explicado cuando él preguntó por qué no le regresaba la palabra. "Así que ese es tu pretexto" se sonrió él con esa amargura, luego se alejó de ella como solía hacer cuando no cumplía con sus expectativas. "Está bien, no volveré a decírtelo hasta que tú me lo digas". Y no volvió a decírselo. Ella quería complacerlo y decirle lo que quería escuchar, pero algo la detuvo y fue mejor así.
—A tus tres amigos Ricardos los dejas que te regalen cosas, no quieres que seamos amigos, por eso no te gusta cómo te hablo, porque te hablo como tu amigo.
—Nadie me habla así en mi vida —lo corrigió— nadie me trata así de mal.
—Okay —asintió cuando ella aún no terminaba de decir la frase— okay.
—No he terminado de hablar, no me interrumpas —se enfadó ella.
—¿Quién te está interrumpiendo? 
Ella no pudo replicar por la sorpresa. Él no la estaba escuchando, en cambio, solapaba su voz con la de ella mientras preparaba un argumento que sonaría más a un reclamo.
—Sólo tengo dos amigos Ricardo, no tres.
—Pensé que eran tres.
—Pues aunque fueran tres o cuatro, son mis amigos.
Para Brandon no existían los amigos que no esperaban otra cosa de ellas.
—Estás diciendo que no hay amistades entre hombres y mujeres sinceras, entonces tú tampoco eres buen amigo.
Lo dejó sin palabras darse cuenta de lo que había dicho, que su único propósito al ser amable con una mujer era conseguir acostarse con ella o emplearla para su beneficio. 
La discusión se prolongó, él prácticamente la tachó de engañosa e infiel con su amigo Ricardo, al cual sí le aceptaba sus regalos, lo dejaba hablarle como le diera la gana y hasta lo visitaba en su casa. Sólo había ido a casa de Ricardo en dos ocasiones. La segunda vez había sido hacía dos meses, cuando había llegado ahí para luego ir al cumpleaños de su novia, su familia los había llevado y no habrían estado en ningún peligro, aunque hubieran estado completamente solos: eso era amistad. Y antes de eso, hacía al menos cuatro años de su primera visita.
Se enfadó tanto que estuvo a punto de irse, pero se quedó porque creyó que algo se podía rescatar de esa relación. Lo cual les dio tiempo de discutir sobre la conexión entre el trabajo y la relación.
—Yo no quiero que entrelacemos todo, es peligroso, ¿qué tal si lo arruino? —dijo ella. 
No temía arruinar nada, la simple verdad era que ella no quería trabajar para él, no le gustaba cómo la presionaba continuamente para hacer cosas, ya fueran pulseras, cuidar sus redes sociales o tomar fotos a sus piezas "tienes muchas amigas bonitas, también tu hermana podría ser buena modelo para los collares", le dijo alguna vez, incluso había insinuado que, cuando él se lo pidiera, sabía que ella podría cuidar el puesto en el tianguis si él no podía estar. 
Quizá esa fue la primera vez que lo vio realmente enojado, pero él nunca lo hubiera admitido. 
—Si necesitas ayuda para terminarme, dilo y ya está —dijo sin más. 
Ella frunció el ceño, no había pensado en terminarlo, además, nunca había necesitado ayuda para terminar sus relaciones pasadas
—Te he dado todo, y ahora dices que no lo quieres.
—No, no lo quiero, no me des todo.
Por todo él se refería a su taller/trabajo y él como una unidad. Mientras que el todo que ella rechazaba era esa presión que él quería poner sobre ella de trabajar para él, de servirlo y estar disponible siempre. Lo que más la detenía era la sombra del trabajo de su ex, pero nunca se atrevió a admitirlo en voz alta. Sabía que él se enojaría con ella si le contaba sus inseguridades acerca de trabajar con él. Además, el hecho de que se enojara cuando ella le decía que siempre estaba molesto con ella, era una prueba del temperamento violento con que cargaba. "Tu forma de hablar no es asertiva", le decía él cuando ella decía "siempre" y "nunca". Pero señalar sus errores pragmáticos no mejoraba los suyos. No arreglaba nada. 
También llegó a decirle que no le gustaba su forma de comunicarse. Había salido a comer sushi con sus amigos de la prepa, se dio cuenta muy tarde de que no contaba con saldo y pudo escribirle hasta una hora después de que la recogieron, cuando ya estaban en el restaurante y usó de ancla un celular de sus amigos. Le explicó que no tenía saldo, pero ya estaba con sus amigos y todo bien. Él le dijo que disfrutara y luego ella se desentendió del celular. "No tener saldo no es pretexto", le dijo al día siguiente por la noche, después de ignorarla todo el día. 
Cuando dos días después por fin hablaron por videollamada, ella le contó lo que habían hecho en la salida y la razón por la cual no le había contestado ese último mensaje era porque su amigo con ancla a internet se había ido en su propio coche. Ella explicó lo sucedido, con un tono de voz cada vez más inseguro y apresurado. Él ya estaba negando con la cabeza. "No me sirve", dijo él, "no me sirve tu forma de comunicarte". 
—¿Por qué te tiene que servir? 
—No me gusta tu forma de comunicarte —recalcó.
—Pues si no te gusta lo más esencial de alguien como yo, ¿qué sentido tiene?
—¿Qué sentido tiene? Siempre dices eso, está bien. Pero no me vas a gustar como eres.
—¿Cómo?
—No te voy a querer así como eres.
Nunca le habían dicho algo tan planamente no romántico, hasta agresivo. 
Después de su discusión en el tianguis se despidieron con frialdad. Ella estaba a punto de llorar, se sentía derrotada por la situación, había creído que podían arreglarlo y ahora tendría que esperar hasta la tarde o el día siguiente para hablar de nuevo. "Estás demasiado tranquila", se quejó él. Ella se preguntó si él quería que ella llorara y le rogara, o gritara y se arrastrara por él. Quiso que él viera que realmente le afectaba todo aquello. No comprendía por qué tenía que hacer las cosas tan complicadas. 
Luego fue la llamada donde le preguntó si había salido con alguien al Centro, básicamente si lo estaba engañando, inventándose escenarios ficticios donde él debía controlarla a como diera lugar. Como la vez que él le dijo que no iba a permitir que ella tuviera pretendientes. Ella rio. Aún no se conocían, no creyó que hablara en serio, pero él permaneció impertérrito. "Y ¿cómo piensas evitarlo?", Se atrevió a preguntar. El silencio que le siguió a su pregunta le dio la respuesta, la iba a dejar si ella tenía algún pretendiente. Ella intentó explicarle que a ninguna mujer le gustaba tener pretendientes. "Es molesto, no creas que los tenemos por gusto y no es como que podamos hacer algo al respecto". "Les dan entrada", dijo él y sus palabras se quedaron flotando llenas de red flags
Darles entrada a los pretendientes era la forma maquiavélica de las mujeres de poseer sirvientes para su beneficio, siempre era bueno mantenerlos interesados sin darles lo que querían, pero sin cortarle las alas para no alejarlos. Lo que Brandon no comprendía era que, si una mujer se atrevía a "cortar de tajo" el cortejo, ella quedaba como la mala, la histérica o la imaginativa, pues nadie le había ofrecido nada, nadie la había invitado algo que no fuera de amigos ni le habían dicho nada abiertamente. La situación se convertiría en algo terriblemente incómodo y al final el pretendiente se alejaría ofendido y con frases tales como "¿Y esta quién se cree que es?", "Ni que estuviera tan buena", "ni quien la pele" y muchas más por el estilo. Al final, la culpa y toda la incomodidad sería de ella. No valía la pena pasar por eso sólo para que Brandon estuviera tranquilo con su insaciable ego.
Normalmente eran los hombres quienes daban el primer paso y Agar había comprobado que los pretendientes que ella solía tener no solían darlo porque no veían muestras de interés de su parte. Así que no estaba en real peligro. Hubiera sido más fácil rechazarlos y alejarlos si ellos se hubieran atrevido a invitarla a salir, por suerte, no era algo común. Él se preocupaba por nada. En aquella ocasión intentó no sentirse celada, amenazada su libertad, pero no pudo evitarlo y lo habló con sus amigos. Era peligroso, habría que tener cuidado y ver también los detalles. 
Cuando al día siguiente la despertó su menstruación a las seis y media, decidió escribir todas las razones por las cuales lo terminaba, sería clara con él y, si insistía, lo bloquearía de todos lados, haría lo posible por no encontrarse otra vez con él.
Diez minutos después, como invocado por sus ganas de terminar con aquella horrible y corta relación, recibió una llamada suya. Contestó. 
—¿Cómo estás? 
Su voz sonaba amable. La primera vez que sonaba realmente amable por teléfono.
—Bien, de hecho, qué bueno que llamas, porque tenemos que terminar —soltó de golpe sus intenciones. No quería alargar la llamada más de lo necesario y sí, había decidido que no valía la pena verse de frente para terminar. Una llamada era una generosidad. 
—No llamaba por eso, llamaba porque quería verte más tarde, pero bueno —dijo él con un tono de humildad que nunca le había oído.
—Sí. Creo que estuvo muy bien haberte conocido, pero eres muy celoso, valoro demasiado a mis amigos y mi libertad como para renunciar a eso. Y cada que salía con mis ellos te enojabas, lo que me hizo darme cuenta de que no eres lo que quiero para mí.
—Creo que estás tergiversando las cosas, pero está bien —repondió. 
—Como sea —"ya vamos a terminar"— no me arrepiento de nada —"Sólo de haberme topado con alguien como tú", cerró su discurso con un aspecto positivo. Lo había terminado con el efecto de sándwich que estaba compuesto por algo bueno, algo malo, algo bueno, y había funcionado, no estaba furioso. —Eso es todo por mi parte —dijo ella, pues él no decía nada.
—Yo tampoco me arrepiento de nada, y también me alegro de haberte conocido —dijo. 
Ella sintió una profunda nostalgia por lo que pudo haber sido, por todas las posibilidades perdidas en una relación tan poco convencional en la actualidad. Pero la diferencia de edad, la desigualdad de poder y las expectativas no hubieran hecho de esa una relación sana y feliz. 
—Adiós —dijo ella, "hasta nunca", pensó satisfecha por haberlo terminado sin complicaciones, y colgó. 


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