domingo, 10 de mayo de 2026

El hacha que pende y cae

Es una sensación tan ligera el saber que el hacha pende sobre nuestras cabezas. Antes creía que el miedo era solo mío, el de verte partir a la menor provocación, hoy creo que es un miedo compartido, que me tratas con esa ligereza de saber que de un momento a otro el hacha caerá y romperá la ilusión de este presente donde transitamos la misma vida, para volver a la oscuridad donde habita nuestra ausencia compartida.

sábado, 25 de abril de 2026

De los poetas que dicen

A veces te veo morir y me arrepiento, de tu nombre soy el eco que percibes en el viento.
Algunos poetas decían que matamos lo que amamos, y por eso quemaron sus versos año tras año, otros mejor se suicidaron, se amaban cada tanto.
¿Y yo? Ni quemo mis versos ni me vuelvo recuerdo, pero si lo hiciera, si lo fuera, en mí aún habría vida, mi aliento siempre perseguiría un atisbo de tus días. Y sí, yo sería el espectro que te asusta, el que se te aparece en sueños y no sabe quedarse muerto. 

Desaparecer tan completamente

Dijiste que no sabías lo mucho que me extrañabas hasta que volviste a verme, por eso es que esta vez me aseguré de desaparecer tan completamente 

domingo, 29 de marzo de 2026

De cómo pasa el tiempo

El día en que los relojes dejaron de funcionar, se extinguieron también las estrellas. Nada podía decirnos la hora una vez que el sol rotaba bajo nuestro lado de la tierra. Y yo, que medía cada minuto de mis rutinas, caí en el mayor caos al sentirme indefensa ante la incertidumbre de la nueva dinámica temporal.
Siempre odié el paso del tiempo por el que perdemos todo, el tiempo que pasa y se lleva los años de juventud, las vidas de mis amigos, lo mejor de las frutas. 
Cuando el tiempo se detuvo en la maquinaria de forma tonta imaginé que también lo haría la vida. Que las semanas y los meses y los años se verían obligados a parar ahora que nada demostraba su paso. Pero los rostros fungieron como relojes con precisión y la gente continuó envejeciendo. Y más y más de mis amigos murieron, no los culpo, entre los relojes y las estrellas se perdió mucho más que la medición del tiempo. Eso es lo malo de haber hecho muchos amigos en la juventud, cuando una envejece termina asistiendo a muchos funerales, se espera que hagas discursos y des el pésame y luzcas devastada. Nadie te advierte de eso, que en realidad estarás devastada y querrás que ese sea el último funeral que atiendas antes del propio, pero llegarán más porque tienes buena salud y aún te quedan un par de amigas vivas, una con hipertensión y otra con diabetes desde su juventud. Pero el tiempo no perdona, eso decían los viejos y ahora te das cuenta de que es tu turno para decirlo. 
El cementerio es mi jardín, veo los nombres de aquellos que aún habitan en mis recuerdos. El café en los funerales no siempre es bueno y la peor parte es el tener que dar el pésame cuando tú y solo tú conociste cada prisma de esas personas, las amaste y atesoraste. 
Siempre odié el paso del tiempo, me decía que si me aferraba lo suficiente a él en algún punto tendría que detenerse. "Quédate", le pedía cuando cumplí veintisiete y rogué que ese año durara un poco más, tal vez trescientos sesenta y siete días o trescientos sesenta y ocho, no me iba a poner exigente. 
Cuando mi mejor amiga tuvo a su primer bebé organizamos una reunión entre amigos que se sintió como algo que se espera con ansias solo para suceder en un parpadeo. Es lo que pasa con las cosas que disfrutamos, desaparecen y solo pueden ser contenidos en recuerdos y fotos.
En cambio, en su funeral al cumplir los setenta y dos años lo registré como el día más largo de mi vida como si, de algún modo siniestro e injusto su día y mi día se hubieran sumado solo para atormentarme. De ese modo, durante varios meses el duelo hizo que todo se alargara, se espesara y se sintiera como vivir dentro de un frasco de mermelada, la tristeza lo volvía todo pegajoso y rojo.
Ahora que los millones de años contenidos en el espacio han sucumbido y toda la relojería se ha paralizado, bueno, agradezco que ellas no tengan que verlo, la oscuridad en las noches es asfixiante, aunque las luces en las ciudades jamás se apagan. 
No extraño el tic tac constante, apremiante y taladrante del reloj de la cocina, tampoco las fastidiosas campanadas de la iglesia vecina que sonaban cada hora como si a Dios le importaran las reuniones o fuera a aparecerse si se lo recordaban lo suficiente.
Si acaso extraño el orden, el saber qué hora es solo por el gusto de saberlo. Extraño poder distinguir en el cielo la osa mayor o el cinturón de Orión, ahora las únicas luces que habitan en el cielo son las de los aviones nocturnos, algún dron o un satélite perdido. Me pregunto con qué valentía aún lanzan cosas al cielo, si ni las estrellas mismas que llevaban ahí colgadas millones de años pudieron continuar existiendo para anunciar a los humanos el simple e inexorable paso del tiempo.

De las voces que nos dejan y las que nos habitan

Ya no escucho tantas voces desde que por fin saliste de mi cabeza,
Y es que cada noche esperaba que las cosas que vivimos me devolvieran la entereza.
Pero sigo siendo más personas que Pessoa, sigo en esta cabina donde habitan las prisas por convertirme en lo que dije que sería.
Guardo por ti un par de palabras, las mismas que siempre decías y no, ya no me alcanza.
Las voces que se quedaron son las que me abrazan cuando pienso en ti y las voces que se fueron, creo que tenían sus razones para aferrarse al verte partir. 
Por eso hoy ya no están.
Porque ellas cuidaban que en tu ausencia fuera consciente del silencio, cuidaban que aquello que sembrara nuevo luciera tan fuera de lugar que terminaba arrancándolo sin darle una oportunidad de germinar.
Ya no escucho tantas voces cuando las luces del día nos abandonan, solo algunos susurros que no sé distinguir si provienen de los grillos o del futuro, sonido ancestral, donde por primera vez no me molesta estar sin ti y lo que ya nunca será.

miércoles, 25 de febrero de 2026

De los espejos y el clima infernal

Quiero decirte que tu nombre es un abrazo en una noche de verano. Ningún ángel tuvo tal nombre, pero sí la misma terminación que adorna al tuyo. 
¿Saliste acaso de las profundidades del Infierno y es por eso que me reconozco tanto en ti? 
No consigo en nadie reflejarme, eres ese espejo que me vuelve adicta a mi propia imagen y sí, con gusto revelaría los secretos del Averno con tal de parecerme más a ti. 
No fui creada en el Abismo, pero conozco bien su oscuridad, adicta a la luz, permanezco bien oculta de los cultos y los curas, para no volver a abandonar esta naturaleza pensante, inmensa, que empieza de mí a brotar. 
No volveré a encerrarme en un templo, aunque para muchos es casa de espiritualidad, para mí es una tumba, una cárcel de mi creciente humanidad.
Alguna vez me hice llamar un demonio en espera, pues bien, ¡Estoy cansada de esperar!
El caos es mi amigo y el desastre un pariente cercano. Habrás notado que todo lo que busca orden se distancia y lo que busca abismo, se avienta en mí y no vuelve a salir. 
Me gusta ser el cielo rosa, la llama eterna, el hecho que nunca fue, la posibilidad infinita. ¿Ya te he dicho cuánto amo las noches de primavera, los atardeceres rosas, los árboles de temporada? Ahora que todo está en llamas, esto no se siente como mi hogar.
Todo es más suave cuando vuelve el calor, la vid infernal. Nadie comprende mi amor por mayo, ese calor que se adhiere a la piel y te hace sudar, nadie comprende mi amor por ti, que evoluciona y crece y también busca adherirse, pero el material de los espejos donde te encuentro es insalvable, nunca intentaré romperlo por el temor a perderte para siempre. A diferencia de las ventanas, tras los espejos no hay nada. Yo sé que si rompo este reflejo no te volveré a encontrar. 
No estoy lista, veo tu nombre hasta en la Biblia, donde no está. Veo tu reflejo en todos lados, incluso creo verte en las ventanas de una iglesia a donde igual no puedo entrar. 
¡Maldita sea esta vida! Que me dio la fortuna de encontrarte y no nos permitió volver a empezar.

domingo, 15 de febrero de 2026

De lo amargo y lo perdido

​Mi primer día sin ti fue un sinsentido, ahogarse en un vaso de agua, la decisión más masoquista.

El segundo día fue un día lluvioso, un borrón en una página que decía tantas cosas importantes. Hoy parece que los días siguen pasando, pero un solo día puede durar semanas enteras y tu esencia me persigue hasta en las cosas que no compartí contigo. Y es que lo que sí compartí y perdí cuando te fuiste, fue una parte de mí. 

Mi tercer día sin ti fue un laberinto sin salida, un juego cerrado donde no hay ganadores, porque, ¿quién podría sentirse victorioso con este desenlace? ¿Y de verdad nos hemos desenlazado, o solo nuestras vidas que se vieron obligadas a separarse?

Aprendí a amar de nuevo, más o menos, en distintas dosis y no hace mucho. Aprendí a huir antes de sentir demasiado, como hiciste tú cada vez. Aprendí a estar sola y a vivir ahora, cuando la vida todavía está sucediendo e importa. Y yo no sé si te importo todavía o si soy solo un recuerdo deslucido de una mejor vida. Al menos era una mejor vida para mí, porque me veo incapaz de conciliar el trago amargo y lo que se supone que era vino. ¿Tú encuentras el regusto amable? 

Soy el resultado de lo que vivimos y no, a diferencia de ti no soy capaz de conciliar la vida que tuvimos con la que vivo sola ahora. Me pregunto si me construí con la melancolía proveniente de mis poetas y suicidas favoritos. Porque estoy segura de que sé cómo ser feliz, ni siquiera es tan difícil, viene en la fórmula social: una taza de café o dos por la mañana y otras dos antes de las cuatro de la tarde o te será imposible dormir o despertar. Vino tinto todos los fines de semana y rosa en los días feriados. Toda solución es la que corre por las venas y las mías se han vuelto tan espesas que no sabría cómo diluirlas. 

Te he pedido ayuda a gritos para aprender a respirar ahora que no estás, a creer en el futuro y sobre todo, a ser la persona que fui contigo. Pero tú estás lejos viviendo muchas otras vidas y usaste tu derecho, esa carta blanca de ignorar mi llamado y mantener la distancia. La distancia, esa condena responsable de mucho bien, pero también de la muerte de los poetas de antaño. De ser así, me aqueja esa enfermedad medieval, ¿alguien podría morir de distancia? Creo que estamos todos vacunados. 

Tu ausencia es tu versión más amarga, mi completa perdición. Y sí, preferiría ahogarme que vivir bajo esta bebida infernal que me quema las entrañas y absorbe la poca cordura que me queda. Y sí, prefiero no hablar de eso mientras intento construir un puente con los escombros de quien fui y lo que soy ahora. Y por eso huyo, con la ciudad incendiada a mis espaldas, con la promesa de volverme sal como lo han hecho mis lágrimas, si es que alguna vez fui capaz de llanto, habilidad extraña, proveniente de otra época también, síntoma inconfundible de la amargura de los poetas antiguos que podían morir de amor.

A partir de ahora beberé los días más amargos, guardaré los poemas desoladores porque te traen al presente y, por un momento, puedo fingir que estás aquí e imaginar un futuro de presencia constante. De ahora en adelante, lo más cerca que estaré del presente serán los primeros tres días sin ti.