Somos reales, somos la mitad de la población y ya no guardaremos silencio, aunque se nos llene la boca de moscas y no seamos más bonitas calladitas.
Nos han vuelto espejismos, seres transparentes y camaleónicos que se acoplan a sus deseos y expectativas, ¿No son las palabras más molestas para llevar a cabo en acciones? No hay peor manera de reducir a una persona que ponerla en la silueta de aquello que existe sólo en la cabeza masculina del mundo. Oh, pero no existe sólo en la mente de los hombres, la tradición y todos los arquetipos e ideales nos han contaminado semánticamente, hemos formado parte de este sistema desde el principio. Porque en un mundo construido por hombres y para ellos, no hay manera de que las mujeres encajemos siendo nosotras mismas. ¿Son acaso las mujeres débiles e incapaces o es que nadie pensó en ellas al instaurar el funcionamiento del mundo?
No hay placer sin vergüenza, nos enseñan a avergonzarnos de nuestra sexualidad, erotismo y a confundir violencia con amor, negación con "tal vez", "sí" o "si no tuviera novio"; intercambiamos nuestro cuerpo por el placer que pudimos adquirir primero en la seguridad de nuestra propia compañía.
Ni hablar de cuando seguimos paso a paso lo que la sociedad exige de nosotras y estudiamos sin "embarazarnos" (palabra que deslinda de responsabilidad al hombre), conseguimos trabajo, nos enamoramos, y, por alguna razón, con el amor llegan los hijos, y el trabajo queda desplazado, por lo que la sociedad dice "qué desperdicio de carrera". Mientras no hay pareja, la sociedad pregunta, para cuándo el novio; si existe un novio, la sociedad pregunta, para cuándo la boda; si dan el siguiente paso, y se juntan, todos hablan mal de la mujer, como si de ella dependiera todo, como si el hecho de no tener un papel la hiciera irresponsable e indigna de respeto. Cuando hay boda, preguntan, para cuándo los hijos. Si la mujer tiene hijos y deja de trabajar para criarlos, sucede lo esperado, la sociedad escupe en su título universitario, qué pérdida para los padres que le pagaron los estudios; no obstante, si sigue trabajando y deja a los niños en guardería o con su madre, la sociedad se levantará indignada por la falta de interés en el futuro de la humanidad (y ni hablar del aborto porque eso se considera aún pecado). De un modo u otro, "la mujer pierde más", como decían nuestras madres, porque la mayoría de ellas son solteras, trabajan y hacen lo posible por cuidar a sus hijos. Pero si el crimen crece en el país, es culpa de las mujeres por no quedarse en casa a cuidar de sus hijos, por haberlos tenido en primer lugar si no tenían tiempo, o esposo, o madre que las ayudara. Pero si se menciona el aborto porque ser madre es dejar de ser persona en esta sociedad, entonces "los valores se han perdido", serás mal vista y hasta maldecida por el Dios patriarcal que hizo de Eva un ícono de la desobediencia y la traición. Un Dios que nos regaló dolor menstrual (innecesario y no solicitado para las que no buscamos la maternidad), el dolor de parto, la depresión pos parto, y más aún, el dolor de la heterosexualidad y de los hombres.
En ese sentido, no hay manera en que el origen de todos los males femeninos provenga de los hombres. Probablemente no es así. Sin embargo, es evidente que la población femenina es lo otro. La no comprendida a quien nunca le preguntan ni la dejan explicarse porque no hay interés. Así, el sistema está adecuado a medida y provecho de quienes lo hicieron. De ahí que la mayoría de las compañías, empresas e instituciones sean regidas por hombres. Que tengan el mínimo necesario de mujeres en los puestos de jefatura. Que nos sigan felicitando por el día de la mujer, mientras ese día en el trabajo ponen a hombres a dar conferencias sobre cómo ser mujer, cómo educar a los hijos y quedarse en casa para crear buenos ciudadanos, terminar de criar y cuidar a los esposos. O que en los post de Facebook de las instituciones religiosas cristiano-católicas se hable todavía de ideales femeninos bíblicos, de cómo la mujer no debería aspirar a tener independencia económica para sí, sino para ser la ayuda ideal del hombre, que para eso nos sacó Dios de la costilla de Adán, y le debemos a Dios la creación y al hombre un pedazo de su carne. Como si no fuera al revés el proceso reproductivo, donde son los hombres los que salen de vientres femeninos. Hasta en ese caso quisieron llevarse el crédito y hacer un libro que los exaltara en todo.
David, el hombre conforme al corazón de Dios, mató al esposo de Betsabé, se acostó con ella y tuvieron un hijo que murió "por su pecado"; como David se arrepintió, quedó en la historia como el bueno redimido, pero no se molestaron en seguir con la historia de la mujer a la que le arruinó la vida. O Lot, que, para salvar a unos ángeles de ser atacados por hombres (¿Qué no podían irse de vuelta al cielo con sus super poderes o exterminar a sus atacantes, simples humanos?), ofreció a sus hijas como intercambio para que hicieran con ellas lo que quisieran y fue nombrado un hombre sabio por la Biblia.
Desde luego, si la sociedad de hoy no pretendiera que siguiéramos aún ese libro como pauta de la forma correcta de vivir, no lo mencionaría. Pero es un claro ejemplo de cómo la mujer siempre ha sido espectadora impotente en su propia vida. Si nos acercamos al presente, a lo sucedido a escritoras del siglo XX durante el Boom latinoamericano, poco sabemos respecto a ellas, en antologías con cuarenta autores masculinos, encontramos quizá a las siguientes mujeres: Gabriela Mistral, Inés Arredondo, Amparo Dávila, Elena Garro, Elena Poniatowska y Rosario Castellanos. No compartirán una misma antología todas juntas porque no todas escribieron el mismo género.
De existir más autoras (que las hay), quizá la culpa (si la tiene alguien) sigue siendo del sistema, en este caso, de las universidades con carreras de literatura, problema que inicia desde nuestra educación primaria, donde normalizaron los libros de texto sin la presencia de mujeres en ellos. Por tanto, en la universidad, nos venden ideas de libertad, pero nos cortan las alas de la escritura porque leemos a autores como Carlos Fuentes, Élmer Mendoza, José Revueltas y Gabriel García Márquez (a Ibargüengoitia y a Cortázar los excluyo un poco de esta lista). Leemos a tales autores y no nos sentimos capaces de escribir como ellos, no nos reconocemos en sus textos racionales y oscuros, ni en sus personajes femeninos que admiran, idolatran y aman a sus personajes masculinos pretenciosos. Muchas perdemos la intención de escribir por el simple hecho de no sentirnos suficiente para el sistema, de que en los concursos ganan hombres porque el jurado está mayormente compuesto por ellos y se festejan unos a otros aunque sólo tengan publicado un poema y ese poema hable de futbol. A las mujeres más brillantes les fueron negados espacios que se consideraban de hombres hasta finales del siglo XX, no era falta de interés, era falta de permiso. Y aún nos preguntamos por qué tantas escritoras están siendo descubiertas un siglo después de su muerte, por qué Wattpad está compuesto en su mayoría por creadoras mujeres, la respuesta es que los espacios siguen perteneciendo a los hombres.
Sabemos que a las mujeres siempre se les han negado ciertos espacios que se dicen "masculinos", incluso si es un deporte que puede ser llevado a cabo por mujeres, como el basket o el futbol, han de añadir al nombre del deporte "femenil", como si el deporte requiriera de género o como si quisieran recordarnos que nuestro lugar está en la cocina, al cuidado de nuestros hijos e hijas. Las mujeres esperan en casa y los hombres salen con sus amigos, pero si la mujer sale, necesita dar explicaciones, si, por otro lado, pide explicaciones al esposo, es una histérica.
Hablemos de esos adjetivos, existe vocabulario específico al momento de adjudicar características según el género, lo que en los hombres son cualidades, en las mujeres son defectos: si él es estratégico, ella es calculadora, si él es atento, ella es intensa, si ella es responsable de sus hijos, hace lo que como madre se espera, a nadie le sorprende, pero si él es responsable con sus hijos, lo alaban y hacen películas sobre él (como Disney). Tenemos tan internalizada la visión masculina que apenas notamos que si los hombres son los protagonistas, las mujeres son las novias, madres o el movilizador de la historia, como Helena que fue secuestrada en La Ilíada, u Ofelia, que era objeto de deseo en Hamlet, pero existen sólo con respecto al héroe. Incluso en la historia, recordamos a muchas mujeres como la esposa de alguien, como era el caso de Elena Garro por haber sido esposa de Octavio Paz, su nombre fue olvidado por mucho tiempo aunque sus cuentos son excelentes por sí mismos.
El sexismo no es un problema localizado, de hecho, en muchos lugares no se considera un problema porque los hombres aún se consideran nuestros protectores, proveedores, dueños, al tiempo que se consideran libres y con derecho de hacer lo que quieran a costa de que sean sus esposas quienes se queden después del trabajo a hacer la comida, lavar la ropa, hacer el aseo general de la casa y, si los hay, cuidar de los niños. El sistema sobre el fue fue creado el mundo es patriarcal y sexista.
En la actualidad, los feminicidios y desapariciones están fuera de control y lo único que se escucha decir a la parte machista de la sociedad (hombres y mujeres) son preguntas sobre la situación, como si la culpa fuera de la víctima y no del violador, secuestrador o asesino. "¿Qué hora era? ¿Qué hacía a esa hora fuera de su casa? ¿Cómo iba vestida?" Y otra serie de preguntas sin relevancia en la situación. Lo mismo sucede con las madres solteras, aunque la comparación parezca descomunal, si un hombre abandona a una mujer y a su hijo, todos la señalan y dicen "no eligió bien" o "no lo ha de haber cuidado bien, los hombres también se cansan". En cambio, si un hombre, aunque sea ficticio en cine o en la literatura, cuida de sus hijos, es admirado y alabado, sobre todo si lo hace sin ayuda de la mamá. Si lo hace con la mamá, sólo tiene que cargar al retoño y darle biberón un par de veces para que la sociedad le aplauda.
El sistema está tan bien construido que, incluso si un hombre no da pensión alimenticia a su hijo o hija, tiene derecho de verlos, y, si la mujer no demanda al esposo abandonador, corre peligro de que él le quite la custodia de sus hijos al no haber registro legal alguno contra él; en ese caso, la madre está obligada a dar la pensión alimenticia. Y la sociedad culpa a la mujer por esta nueva ley, por haber peleado por igualdad, sin ver que el problema de desigualdad no se resuelve de un momento a otro, ni de un siglo a otro. Es tan sólido que se escuchan comentarios contra las luchas feministas, pues "ya tenemos todos los derechos", que básicamente consisten en estudiar, votar y trabajar, aunado a lo que ya se esperaba de nosotras desde hace dos mil años, que es casarnos, ser buenas esposas, madres, servir a la familia.
Esto me lleva a las marchas feministas, me hace preguntarme por qué no existe un término para los feminista-fóbicos, quienes dicen "esa no es la manera", al ver una vulva pintada en Benito Juárez o el cristal de Bancomer hecho añicos. "Hay otras formas, así nadie las va a escuchar". Pues a nosotras nos encantaría escuchar cuáles son esas otras maneras. Nos separan unas a las otras como "feministas" y "radicales", quisieran ponernos en contra unas de otras y, probablemente muchas veces lo consiguen, pero son esos grupos radicales quienes harán escándalo si alguna de nosotras desaparece, las que destruirán cosas y se moverán con furia sin conocernos.
Esto iba a ser un poema, en cambio, se convirtió en una suerte de desahogo por toda esta injusticia, opresión y normalización, por la cosificación que sufrimos día a día. Somos máquinas creadoras de vida, de dinero, de cariño, de comprensión. Se espera de nosotras lo que nunca vamos a recibir porque "no tenemos por qué ser como los hombres", "ellos son así", no esperamos mucho de ellos y ellos así están bien. Nosotras somos las débiles, las que tenemos que adaptarse, las que tenemos que sobrevivir, porque si salimos lastimadas, si nos acosan, secuestran, violan o asesinan, seguro fue por nuestra forma de vestir, por la hora en que salimos, con quién salimos o por los pecados que hemos acumulado sólo por ser mujeres. Si sufrimos en una relación abusiva, fue nuestra culpa por quedarnos, por no saber valorarlos, por no tener autoestima y no porque nos topamos con un hombre violento. Si nos son infieles es porque no supimos satisfacerlos, si nos dejan, es porque seguro nosotras también anduvimos de canijas, si tenemos un hijo es porque no nos cuidamos o porque queríamos atrapar al hombre.
El foco de atención está sobre las mujeres siempre. En su forma de actuar, pero también en su figura, en su apariencia, si está muy flaca, si está gorda, si tiene acné, si tiene arrugas, canas, celulitis, lonjitas, vellos, ojos chicos o pestañas pequeñas, en fin, si no entra en el canon europeo de belleza o en el ideal femenino bíblico, entonces, hay algo mal con nosotras. Para darnos a respetar sin que importe nuestro físico, tenemos la obligación de tener una personalidad brillante o de ser súper inteligentes, de ser exitosas o talentosas en algo. Si no somos bonitas, aunque sea hay que ser bondadosas. Tantos condicionales, tantas omisiones y represiones. Pero aún si fuéramos bonitas, talentosas, bondadosas, inteligentes y todo lo que se espera de nosotras en el ideal, seríamos defraudadas, criticadas y señaladas por la sociedad. Pongo como ejemplo a las artistas de hoy, Taylor Swift (con doctorado, Grammies y decenas de canciones), Miley Cyrus (actriz, cantante, creadora) o Lana del Rey (con un viaje del héroe en la totalidad de sus canciones) que son la comidilla de los medios, cada paso que dan las pone en boca de todos. Ya sea porque escriben de sus relaciones, porque su forma de contar las cosas no es del agrado de la gente o porque al ser tan talentosas causan envidias y críticas machistas.
Sea lo que sea, es evidente cómo los espacios siguen perteneciendo a hombres que se premian entre sí, que se respaldan unos a otros mientras dicen que el peor enemigo de una mujer, es otra mujer, que nos destrozamos unas a otras, que la moda impera porque nosotras queremos, que ellos viven y dejan vivir. Si tan sólo eso fuera cierto. Pero las noticias aunque omiten la mayoría de los casos, o nos disminuyen a números, no mienten. En la radio se escucha cómo una mujer fue asesinada por celos del esposo, porque iba a dejar a su novio, porque fue violada o porque desapareció. En México mueren de forma violenta diez mujeres al día. Y no, no nos mató que otra mujer nos dijera que nuestro maquillaje está feo, o que cocinamos mal o que no cuidamos bien a nuestro marido. Somos sensibles al mundo, pero no nos matan las palabras de otras mujeres, podemos resistir en relaciones violentas hasta que reunimos el valor de irnos, valor que sale de nuestras entrañas porque la sociedad nunca nos ayudará sin el morbo de vernos diminutas. Esas decisiones valientes han causado las muertes de muchas mujeres. Pero incluso esa frase quita responsabilidad a los asesinos, no fue la valentía, sino la violencia imperante y normalizada de poder la que acabó con todas esas vidas.
Tienes toda la razón, nos ha faltado como mujeres, comprender y apoyar mas a las generaciones actuales.
ResponderBorrarMe quedó claro, cristalino. Con leer este artículo maduré aunque sea un poco. Me hace conciente que tambiėn tengo esposa madre e hijas
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