viernes, 30 de junio de 2023

El sonido de las ambulancias

Dejé de creer en el sonido salvador de las ambulancias cuando tenía dieciocho años. Sara y yo habíamos pasado el fin de semana en la casa de campo de nuestros padres y no teníamos ninguna prisa por volver a la ciudad. Era lunes por la tarde cuando volvimos al departamento donde mi hermana y yo rentábamos. Nuestra única roomie en aquel momento era una señora de mediana edad, complexión robusta y personalidad definida por su amor a Dios. Pero ninguna de estas características provocaron ni podían haber prevenido lo que le sucedió. 

El departamento estaba en total silencio y un olor punzante y dulzón lo inundaba todo. Crucé miradas con Sara, una mezcla de preocupación y fastidio. Creíamos que aquel tufo provenía del refri, habíamos olvidado subir la carne al congelador y mi hermana le había pedido a la señora Carmen que la cambiara de lugar para evitar su descomposición. Su respuesta afirmativa no se había hecho esperar. Eso había sido hacía dos noches.

Avanzamos con cautela, yo iba delante y fui la primera en verla. Se encontraba tirada en el suelo de su habitación, la puerta entornada dejaba ver la mitad de su cuerpo desnudo. Contuve la respiración. Aquel hedor no provenía del refri. Mi hermana se quedó observándola junto a mí.
 
—¿Carmen? —la llamó Sara.
Me sorprendió la normalidad en su voz.
—Hola, Sarita —respondió Carmen desde el suelo de su cuarto, con la voz pastosa de los moribundos— Se me olvidó subir la carne al congelador —le dijo.
—No pasa nada, ahorita la guardamos —continuó mi hermana.
Yo permanecí en silencio. Ninguna se atrevía a acercarse. Quizá era su desnudez la que nos detenía, quizá el temor de verla morir.
—Hay que llamar a una ambulancia —musité.
 
En el fondo deseaba que todo aquello fuera una actuación de Carmen. Llevaba semanas comportándose de forma extraña. Lo primero que notamos fue que olvidaba apagar el boiler después de utilizarlo y permanecía así hasta que por la noche alguna de nosotras lo descubría. Una mañana me despertó el sonido del agua a presión en la pila desbordante del lavadero, no había habido agua el día anterior y Carmen había dejado la llave totalmente abierta. Sus otros comportamientos no eran olvidos, sino acusaciones contra mí. Cuando algo se perdía, como un trapo o incluso comida, Carmen le decía a Sara "ha de haber sido tu hermana, ya ves que siempre tira todo. Ya ves que es ella la que limpia". Mientras yo me declaraba inocente con exasperación. No comprendía la necesidad de Carmen de culparme por esas pequeñas desapariciones.
 
Llamamos a una ambulancia y mi hermana salió a recibirla. Tardó al menos media hora en llegar. Yo permanecí en el linde de la puerta, lista para huir de ser necesario. Le tenía miedo a la muerte, más aún a una persona que peligraba a morir en mi presencia. Por fin llegó la ambulancia. Nos pidieron vestirla y tuvimos que acercarnos. "No me muevan", rogaba ella, "si me mueven, moriré". Nosotras miramos a los paramédicos y ellos insistieron en que era necesario vestirla aunque dijera una y otra vez lo mucho que le dolía. No sabíamos qué le dolía, probablemente todo.

Los paramédicos no pudieron cargarla. Llegaron los bomberos. Parecía una escena cómica y abstracta el tener a seis hombres uniformados en la sala, preparando a Carmen para transportarla. Le preguntaron desde cuándo estaba ahí, "desde el martes", respondió con seguridad. El enfermero me miró y yo negué con la cabeza. Ya le habíamos explicado que no habíamos estado desde el viernes hasta ese día. No sabíamos cuánto llevaba ahí, pero definitivamente no era una semana. Desde ese momento, y hasta que se la llevaron, Carmen no despegó la vista de mí. Me observaba desde la camilla con el ceño fruncido. Yo intentaba evitar sus ojos, pero era tan insistente que aún tiemblo de pensar en ella. Era como si me culpara por encontrarse en esa situación. Ya no se trataba de trapos de cocina o de comida perdida por lo que me acusaba. Era por su vida, por su muerte.

Mi hermana llamó a una amiga de Carmen, quien dijo que iría enseguida al hospital. El paramédico nos preguntó casi con sorna si iríamos con ella en la ambulancia. Me pregunté a qué se debía esa sonrisita de suficiencia, como si supiera la respuesta. "No, ya llamamos a una amiga suya, nos quedaremos a limpiar", le dijo Sara. Y era verdad. El cuarto de Carmen tenía un charco de orines en el suelo, su uniforme del trabajo también se había llenado. Me puse los guantes y me dediqué a lavarlo, aunque Sara dijo que sería mejor tirarlo. "Así estará limpio para cuando regrese", le dije. Ella se dedicó a trapear el departamento y limpiar el refri, la carne se había echado a perder. Pronto el tufillo había desaparecido. Esa noche juntamos las dos camas en nuestro cuarto y dormimos muy juntas. Yo tenía miedo de morirme. Me prometí nunca vivir como Carmen.

Nos había tomado por sorpresa encontrarla así, pero no tanto que hubiera enfermado, pues decir que se cuidaba es una mentira por respeto a los muertos. Se desvelaba viendo televisión hasta las doce o una de la madrugada y se levantaba para ir al trabajo a las cinco. Rara vez comía saludable o hacía ejercicio, aunque se la pasaba parada en su trabajo. Fue evidente, al menos para mí, que el poco sueño y la mala alimentación la llevaron a encontrarse tan enferma. Pero fue su falta de propósito en la vida la que la llevó a la tumba. 

La amiga de Carmen nos llamó al día siguiente para decirnos que ya estaba mucho mejor. Que incluso ya la había reconocido y habían hablado un poco. Nos alegramos por ella. Aunque un leve temor nos invadió al saber que había tenido un infarto cerebral, porque era posible que no pudiera cuidarse por sí misma y no era cercana con su familia. Supusimos que tendría que reconciliarse con su papá, que ya nos las arreglaríamos cuando saliera del hospital. No obstante, un día después de aquella llamada esperanzadora, Sara fue a mi universidad con su novio. "Carmen se murió", se limitó a decir. Según le dijo la amiga de Carmen, sus órganos dejaron de funcionar. 

Aquella noche fuimos Sara y yo al funeral. Se llevó a cabo en la iglesia a la que asistía Carmen, una casa antigua y de muebles de madera bruñida. "Estas son las personas que mataron sus ganas de vivir", pensé conforme nos adentrábamos en el salón lleno de personas vestidas de blanco. Sabía lo injusto que era culpar a aquellas personas por su muerte, pero era la única manera que tenía de justificar que alguien tan joven hubiera muerto. Saludamos a la amiga de Carmen y a otras personas que no conocíamos. No dimos el pésame, porque a nadie parecía importarle especialmente. La predicación del pastor fue sobre la alegría de ir al cielo al morir. Deseé con todas mis fuerzas que Carmen no hubiera muerto. Pero el ataúd abierto exhibía su cuerpo vestido de negro y bien maquillado. Nunca la había visto tan arreglada, el pelo tan liso y acomodado. Sus labios estaban fruncidos en una mueca de inconformidad. "Lo sé, Carmen, yo tampoco estaría conforme con una muerte así". Hubo alabanzas alegres porque un alma más había sido recibida en el cielo. Yo dudaba mucho que Carmen hubiera ido al cielo, así que lloré por su muerte.

Desde aquel suceso, escuchar una ambulancia por la calle me causa escalofríos. Es un constante recordatorio del rescate fallido de Carmen en una de esas máquinas. Seis hombres fueron incapaces de salvarla, ni siquiera el hospital pudo evitar los daños de toda una vida.

La amiga de Carmen se quedó con todas sus posesiones, en contra de la voluntad del padre con el que llevaba una mala relación. Fue ella quien lavó los montones y montones de ropa sucia que Carmen acumulaba en su cuarto. Me tranquilizaba verla en el departamento. Para mí, entrar ahí sola era arriesgarme a ser atacada por el fantasma de una Carmen ceñuda e inconforme. Quizá me perseguiría señalándome con el dedo índice por haber perdido su vida. Nunca abrí la puerta de la que fue su habitación, ni siquiera para limpiarla. Al final, me di cuenta de que no moriría, y que Carmen no volvería para cazarme. Tal vez a los fantasmas les asustan más los vivos y el sonido de las ambulancias que la muerte en sí misma.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario