sábado, 17 de junio de 2023

El Primer Intento

No extrañaba esa sensación de picor en su garganta, como si una colmena de abejas se hubiera instalado en ella y no tuviera para cuando marcharse. Era un aviso del verano, al menos su respuesta al calor no había cambiado, mientras que las luciérnagas y chicharras comunes de la temporada habían escaseado año con año. No estaba nada contenta al descubrirse enferma en sus vacaciones indefinidas, pues estaba dispuesta a ser la persona más productiva artísticamente hablando sobre la faz de la tierra. Su único problema, además de la inminente gripe era su situación económica. Se había graduado de la carrera el verano pasado y aún no conseguía un empleo estable. Desde luego que lo había intentado, incluso ya había tenido su primer trabajo, de librera en una librería independiente. Aquel título le resultaba gracioso, pues, de algún modo sonaba importante, los títulos masculinos siempre sonaban así cuando los intentaban emplear en femenino, eso le habían enseñado desde primaria. No obstante ella había aprendido dos cosas cruciales en ese lugar, la primera, pleno siglo XXI y aún existían los ismos de clasismo y racismo, así como la misoginia normalizada en su espacio de trabajo, sin importar que fuera una persona estudiada y culta, que leía más que los dueños de la librería, una psicóloga sin ejercer en su área y su hijo, un joven estudiante de arquitectura, dispuesto a pagar 50 pesos dos veces al día por sus dos tazas de café y no pagar más de 32 pesos a sus empleados la hora, aunque el trabajo consistía en estar de pie toda la jornada, atender clientes, alimentar el sistema, limpiar la librería incluyendo tirar la basura de todos los botes (sí, el baño también - había estudiado cinco años para terminar recogiendo los papeles usados por los albañiles que construían la parte faltante de la librería, los cuales probablemente ganaban más que ella, se preguntaba por qué demonios el puesto especificaba "universitario", si la iban a tratar como una empleada desechable). Su día de trabajo consistía en seis horas, sin descanso, excepto los sábados, ese día era de nueve horas, menos la hora de comida (la cual no se la pagaban y a veces no le daban completa pues la mandaban a hacer cosas necesarias siempre que los jefes se encontraban por ahí). Como era de esperar para alguien como ella, acostumbrada a una vida de comodidad, no se quedó mucho tiempo. "No puedo más", les dijo a sus padres por teléfono antes de renunciar. El trabajo que tenía que hacer y el sueldo frugal no fueron sus únicas razones, de hecho, de no haber sido por el despido de su compañero, ella probablemente se hubiera quedado más tiempo. Sin embargo, el trato hacia él fue decayendo desde que ella llegó hasta que una noche de sábado la jefa le pidió que se fuera temprano, que le inventara una mentira a su compañero para irse sin que él sospechara. "Me van a correr" aseguró él cuando ella le comunicó lo que la jefa le había pedido. Lloró todo el camino a casa de sus papás, aún tenía esperanza de que no fuera así, no podían dejarla sola en aquel trabajo. Siempre los dejaban salir cuarenta minutos tarde sin pagar horas extra. Caminaban a la estación de bicis y no pasaba nada porque eran los dos, a las nueve de la noche. En cambio, ella sola en esa ciudad famosa por sus desapariciones y feminicidios, no quería pensar en las noches por venir, sobre todo porque si moría a causa de eso, no valdría la pena: moriría pobre.
Habían pasado dos semanas desde que la jefa le había gritado con saña a la chica que hacía el aseo que iba tres veces por semana. Nunca volvió y así fue como a ella le tocó encargarse de su trabajo todos los días. Ahora, sin su compañero le tocaría todo lo de oficina y los clientes difíciles también. 
Ella clasificaba como "clientes difíciles" a los hombres, en su mayoría en sus treinta, que iban ahí con un aire intelectualoide y hablaban de conceptos y autores especializados en la uña del pie de Miguel Ángel. Ella entonces, se los pasaba a su compañero que tenía los discursos más elaborados y, dicho sea de paso, más masculinistas, y de desentendía de ellos. Ese tipo de hombres sólo iban ahí para sentirse mejor. "Esos libros son literatura para mujeres" le dijo una vez un sujeto de cabeza brillante y al parecer mal gusto literario, pues los verdaderos autores, según su criterio eran, sí, buenos autores, pero sólo hombres. Básicamente, según sus ideas, todo lo escrito por mujeres concernía sólo a las mujeres, y ella quiso estrellar su perfectamente lisa cabeza contra la mesa de regalos navideños. En otra ocasión, otro sujeto le habló durante media hora sobre sus vidas pasadas. "He vivido mil vidas. Esta es mi reencarnación número mil", le dijo y ella contuvo la respiración con una sonrisa forrada de falsa credulidad. Su compañero nunca acudió en su ayuda, y, al irse el cliente con dos libros enormes y caros pagados en efectivo, se limitó a decir con su acostumbrado todo de autocomplacencia "mientras compren algo, me pueden decir todas las locuras que quieran". El problema era que había sido ella la que lo había tenido que soportar. En casos así, intentaba mostrar amabilidad, muchas veces lo único que lograba era ser condescendiente.
Siempre estaba el problema del aseo, sobre todo desde que la chica decidió no volver, pues había que buscar la escoba, el trapeador y el cubo por toda la construcción, incluyendo aquella llena de albañiles y polvo. Ella comenzó a sospechar que se los llevaban solo para que ella tuviera que subir y saludarlos, pues cada vez era más frecuentes y más tardadas las pesquisas por todo el lugar. No podía ir de colores claros porque, apenas iniciada la jornada, ya estaba llena de polvo y suciedad. Intentaba mantener el ánimo, pero las primeras semanas le impusieron trapear con cloro sin darle guantes, lavar los trapos terriblemente sucios porque los usaban como trapeadores en las superficies cubiertas de polvo fino y blanco. Todas las seis horas debía estar trabajando sin parar, si se sentaba debía ser solamente porque iba a trabajar en la computadora. 
El primer día sin su compañero tuvo ganas de llorar todo el día, estaba furiosa. Los jefes hablaron con ella y le explicaron las razones por las cuales lo habían despedido, nunca le hablaron de contratar a alguien más, al contrario, le dijeron que pronto le darían más tareas, le prometieron algo que ella no necesitaba. Así pues, les dijo que sabía que a su compañero le pagaban ocho pesos más que a ella la hora, ellos respondieron que así era y que se sentían muy muy apenados por haberlo hecho. Luego le siguió un silencio, no sabía por qué esperaba una explicación. Así que les dijo que le estaban pagando tres pesos menos de lo que le habían dicho que le pagarían durante la entrevista. Ellos dijeron que no le podían pagar más, pero le podían ofrecer horas extra. Y, justo después de que les dijo que no, le mostraron su nuevo horario para las semanas de navidad y nuevo año. Le darían una semana completa de vacaciones, volvería con horario de oficina. Ya no trabajaría de 2:00 PM a 8:00 PM (+40 mins), sino de 10:00 AM a 7:00 PM, y, de algún modo, le pagarían casi lo mismo, porque realmente qué son $32 por hora si no le iban a pagar ni la hora de la comida (ni aunque se la hubieran pagado hubiera alcanzado a comprar algo de comer en esa zona). En ese momento dijo que sí. Al día siguiente renunció. No necesitaba estar en esa situación, no quería trabajar para ese tipo de gente que la veía como alguien o algo inferior a ellos sólo por no haber estudiado una carrera normativa en una escuela carísima. 
Se obligó a ir a trabajar un último día. Consideró más profesional renunciar en persona y explicarse, si es que había algo que explicar. "¿Estas bien? Creo que estás siendo muy injusta conmigo, te pusiste de parte de él, que se está victimizando y necesito que te pongas de mi lado", dijo la jefa con los ojos relucientes de enojo. Ella entonces sintió un enorme rechazo por esa mujer. "No tengo nada contra usted, sólo estoy nerviosa porque voy a renunciar" replicó ella con calma. Cuando la jefa le pidió que repitiera lo que había dicho ella utilizó las mismas palabras y el mismo tono que en un primer momento. Entonces la jefa desbordó su descontento sobre ella. La llamó traidora, malagradecida, le recordó que le habían dado todo, "to-do" recalcó haciendo una marcada separación entre sílabas. No le habían dado contrato, no tenía seguro, no le pagaban lo que le habían prometido, no le pagaban el tiempo extra, no respetaban su horario de comida, la hacían quedarse casi una hora extra todos los días sin tomarlo en cuenta en su salario mísero semanal, no les interesaba si llegaba bien a casa, estando la situación como estaba y dejándola salir mucho después de su horario de salida en la noche. Le pedían ser universitaria, ¿para qué? ¿Para limpiar los inodoros con el título? ¿O para trapear el piso con su conocimiento en literatura?
Así pues, conforme la jefa le gritaba con lágrimas en los ojos, ella no pudo más que poner su mejor cara de pesadumbre, con notas soterradas de escepticismo, pues le parecía demasiado drama. La jefa le dijo que los dejaba en un tiempo difícil. "¿Cuándo pensabas dejarnos?" Le preguntó. "Pensaba venir toda esta semana, hasta el viernes", mintió, pues iba a ir ese último día y nunca volvería. "No, no queremos a alguien con ese tipo de disposición", zanjó la jefa, "no tiene sentido que sigamos la junta, hazle su carta de renuncia y luego continuamos", le dijo a su hijo. También la hicieron firmar una hoja donde decía que le habían dado todos los derechos básicos, que no le debían nada y estaba conforme con haber trabajado ahí. Ella sólo quería irse y firmó. No merecían la paz que da un papel. Le pagaron una suma mínima de dinero y se marchó. Odió cada momento de tensión.  Una vez en la calle respiró con alivio y sonrió para sí misma. La vida aún tenía mucho que ofrecerle.
Desde entonces, habían pasado ya seis meses y no había encontrado nada, a pesar de sus noventa y ocho búsquedas y sus siete alertas de trabajo en una plataforma de empleos y sus no contados intentos en la red general. Siempre había creído que lo complicado sería mantenerse en un trabajo, no obstante, cada vez tenía menos idea de en qué trabajaría, dónde y si le gustaría. Sospechaba que no, a casi ninguno de sus amigos le gustaba su trabajo, y de sus compañeros de letras, ninguno ejercía en el área deseada. Ella había estado cerca de conseguirlo en aquella librería, convivía con editoriales y eventos culturales, escritores y otros amantes de libros, resultó ser un ambiente pretencioso y viciado. No se arrepintió de dejarlo ni cuando vio cómo el tiempo avanzaba y nadie le regresaba correos a sus currículos, no había entrevistas, sólo el silencio sordo típico del internet. 
Ojalá no se enfermara, quizá pronto le responderían de un trabajo, se tomó limón con miel y se fue a dormir. Tenía que conseguir su sueño de vivir en la ciudad, sólo necesitaba un empleo y nunca pero nunca poner como referencia ese primer trabajo, pues seguramente sólo dirían pestes sobre su desempeño y su falta de compromiso. A veces es mejor fingir que se es bueno en algo por coincidencia y no por experiencia o esfuerzo, pues, de no ser bueno, no pasa nada, nadie esperaba que lo fueras en primer lugar y siempre se puede aprender. Como ella aprendió a renunciar al primer intento. 


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