domingo, 2 de abril de 2023

Polillas cerebrales

 Mi mente se ha llenado de polillas otra vez, no hay nada que yo pueda hacer. ¿Acaso soy yo o el sonido de las máquinas ha dejado de importar cuando estás cerca? Cuando estás cerca y aún estando lejos, te pienso todo el tiempo, recuerdo canciones que hablan de nosotros, de cómo nos hemos conocido un instante y tanto en tan poco. Quisiera recorrer los días, uno a uno, hasta llegar al martes. Pasarlos como los discos y casets que reposan en el jardín de casa de tu padre, con calma, pero rápidamente. Saluda a Rumba de mi parte, disfruta vacaciones, mejor disfruta nuestros días juntos. Quién iba a decir que nos conoceríamos así. Esas bicis tienen muchas fallas. En los tianguis también pasan actos de magia. Y los trámites de la universidad son tan lentos, tan lentos que salí diciendo "todo pasa por algo" y vagabundee sin sentirme conforme con mi día hasta que te vi. Me dedicaste una sonrisa y esa mirada que haré cada día más mía. ¿Sabes que tus ojos son verdes con café en el centro? Son bellos y extraños, me hacen renacer. No tanto así el café, pues en las tardes me causa insomnio y mi mente se llena de polillas, de esas que me cuentan de ti, recrean lo que hemos vivido, pero también crean falsos escenarios a futuros que yo envidio. Todos esos pensamientos revolotean en mi mente y sigue sin ser martes. Sigue sin ser martes y he capturado cada pensamiento en un frasco. Esas florecillas que vimos en nuestro andar por el centro, tú decías que eran petunias y yo que eran no me olvides, al final, resultaron una combinación entre ambas y ahora también ellas aletean en mi memoria. "¿De dónde saliste?", Te pregunté y me dijiste serio que no, "tú me ofreciste ayuda ese día", tu respuesta fue tan vaga, después de todo lo que vivimos, con tus manos en mi cara, esperaba algo más concreto, me estaba divirtiendo. Recuerdo el día en que te conocí, cómo olvidarlo si ha pasado sólo una semana, alguien te dijo "bendiciones" y tú respondiste lo mismo, con una sonrisa, una mano en el pecho, inclinación de cabeza y esa mirada amable. He conocido estudiantes de teatro que me resultan tan malos actores, pomposos y cordiales. Pero tu gesto fue tan solemne como honesto y me derritió. Algo en ti me hizo volver, no sólo el hecho de haberte visto por casualidad un día antes de que se cumpliera una semana. Sé que estoy siendo dispersa. Pero dijiste "por algo no podemos dejarnos ir", te referías a ese momento, en que el reloj había marcado las once y te quedaba una hora para llegar en bici a casa, como una calabaza después del baile. Nos abrazamos al menos cuatro veces con palabras de despedida, no podías quedarte en mi casa sólo-para-señoritas, pero invitarme a la tuya tampoco era opción después de conocernos por sólo tres vistas. ¿Ya has olvidado cómo me besaste? No voy a declararme inocente, temía que no me vieras de esa forma, que sólo quisieras ser mi amigo, "quiero intentar algo, ¿Puedo?" Preguntaste y te dije que sí, creía saber lo que venía, y así fue, te inclinaste y las polillas en mi mente comenzaron a brotar y no han parado desde entonces. Creo que es injusto, hay demasiados recuerdos en mi mente, algunos de ellos ni siquiera son nuestros, sino imaginaciones infantiles. Y aún no es martes. Comimos nieve de fresa y limón. Fuimos al Cineforo y salimos a las diez de la función. Nos robamos esos retoños de cáctus que plantamos hoy, después de tres días de cicatrización. Anduvimos en bici, fuimos a un museo, nos sentamos en esa fuente de peces esculpidos extraños. Dijiste que era uno de esos lugares de la ciudad donde habían sucedido cosas oscuras en el pasado. Por eso era un sitio tan poco accesible, tan inconveniente para pasar, tan poco transitado. Y me pareció el mejor escenario para besarnos. Los pocos transeúntes que pasaban por ahí apenas nos prestaron atención. Al menos eso sentí mientras, con manos y labios, en medio de la calle, nos reconocimos, nos convertimos en materia y pulsión.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario