nosotros nos sentamos con los niños,
Ccomo cuando vacacionábamos en la playa,
largas jornadas de sol.
Ahora los inviernos son ventudos,
ahora nadie pisa la arena en diciembre.
Siempre hace frío.
Te cuento estas historias y asientes.
Mientras la lluvia amortigua las conversaciones.
Dentro hay mesas verdes y calidez.
Han acomodado plantas en cada esquina
y ramilletes de crisantemos rosas en jarrones.
Nos terminamos el café,
pero fuera no ha dejado de llover.
Los automóvuiles avanzan con el ruido
del papel al rasgarse y
la música antigua se reproduce en la bocina.
El piso rojo se ha inundado y los meseros se mueven
entre mesa y mesa con saltitos y tintineos.
El cielo blanco por fin ha dejado de
derramarse sobre el mundo
como si de una poeta mística se tratara.
Con todo, el tamborileo sobre las carpas no se detiene
y la noche comienza a descender sobre
las luces rojas del tráfico y las personas y las calles.
Debemos pedir otro café si no queremos que nos echen bajo la lluvia.
Este es un lugar de lujo donde las personas vacían sus bolsillos a cambio de estatus.
Y los míos, que ya están medio vacíos por la vida misma y la cotidianeidad,
preferirían quedarse ocultos bajo la mesa.
Los adultos en la mesa se levantan y sólo quedamos nosotros,
que ya pasamos de los treinta, pero no nos consideramos adultos
y fingimos pertenecer con los niños.
Fuera el cielo se tropieza de nuevo y se vuelve a caer,
y todos los paraguas lo señalan con el dedo y se ríen,
como si sus alambres nunca se hubieran torcido de forma extraña con el viento.
La brisa nos llega a la mesa verde,
los niños se retiran y nosotros permanecemos.
Siento que tengo más de treinta años
viendo la lluvia caer.
Y aun así, no creo que llueva lo suficiente.
Y fuera los arrayanes y aralias y araucarias se agitan y danzan,
toman turnos para sacudir sus ramas,
más verdes que las mesas verdes del lugar.
Y del techo penden lámparas en forma de estrella, de luces cálidas,
nada espesas y aun así, por alguna razón, me recuerdan
a la leche dorada cuando se combina
y se bate con pereza en las ollas de peltre.
Y las personas hacen círculos y conversan.
Mientras la lluvia desciende de nuevo
y los coches se deslizan como patinadores de hockey
y pitan como los admiradores de un partido que casi nadie va a ver.
Entonces pedimos otro café porque la lluvia ha empeorado
y me descubro sola.
Estás atrapado en el tráfico y he tenido esta compañía todo el tiempo, la de papel.
Pero ahora es menos probable que llegues porque esta vez,
cuando los paraguas se burlaron de la segunda caída del cielo,
este desató una pataleta y las calles comenzaron a inundarse con su llanto
y su berrinche ocasionó aún más tráfico
y cayeron árboles, chocaron autos y se taparon alcantarillas.
¿Por qué no llovió ayer?
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