jueves, 31 de julio de 2025

Para quien cumpla años un 31 de julio

No puedo olvidar cómo el crecer está sobrevalorado y, a la vez, solo puedes celebrar ciertos años antes de querer dejar de contarlos; 

cómo todo el mundo espera que agradezcas el paso del tiempo y hagas una gran fiesta, que disfrutes de regalos que quizás no llegarás a utilizar y recibas abrazos bienvenidos y otros no tanto. 

Los cumpleaños comienzan a sonar a disculpa cuando soplas las velas y nadie conoce tu pastel favorito, quizás ni tú mismo lo sabes porque prefieres… 

¿qué es lo que prefieres? Me pregunto y sólo puedo imaginar la infinita gama de deseos que podrías pedir, ¿una nueva bicicleta cromada? ¿Un par de patines freeskate de otro color? ¿Un boleto a un concierto? ¿Vacaciones? ¿Más horas de sueño? ¿Más tiempo? Siempre más tiempo estaría bien. 

Quiero que no olvides que los años no solo se suman, sino que también suman, y que las velas que apagues hoy serán deseos cumplidos mañana.

domingo, 27 de julio de 2025

Sueños de un insecto en un frasco de mermelada

Quiero que esta vez nos trates con cuidado, 

nos conserves y nos lleves contigo a todos lados. 

De pesadillas

Veo al monstruo acercarse
a cuatro patas sobre mí
Y le temo, me tenso. 
Para cuando abro los ojos de mi sueño, 
lo veo desvanecerse en silencio. 
No recuerdo su rostro, 
pero ya he olvidado muchos otros, 
cuerpos que no se arrastraban
ni gemían ni se acercaban de esa manera. 
Esa manera en que las películas de terror están hechas. 
Si cuento que en ese rincón del techo
ya antes me había asediado una sombra. 
Si les cuento del ruido constante, 
insistente en la pared, 
sería la única que se reiría al poner eso sobre la mesa. 

Es increíble lo parecida que soy a aquello que me daña


Si cultivo plantas

Podría cantar de arrayanes,
de crisantemos y tulipanes.
Podría cultivar mi propio jardín, 
como ha hecho mi madre. 
Con trastos y desorden, 
pero lleno de verde y de luz. 

Podría comprar semillas o poner frutos a secar, 
como se ha secado mi alma, 
antes tan parecida al mar. 
Y ya no espero nada. 
Ya sólo cuento granos de arena y de sal. 

Y las mesas llenas del verdín,
las macetas enterregadas y conscientes, 
pesadas de vida, 
cansadas de nunca vivir. 

Y me niego a deshierbar en verano, 
porque el verde es característico del jardín. 
Mi alma enmohecida 
nunca habrá estado tan sana. 
Mi mente oscura y cansina, 
podrá estar un poco más agradecida 
si cultivo estas plantas llenas de vida. 

Sobre el clima

Hay una mesa llena de señores y señoras,
nosotros nos sentamos con los niños,
Ccomo cuando vacacionábamos en la playa,
largas jornadas de sol. 
Ahora los inviernos son ventudos, 
ahora nadie pisa la arena en diciembre. 
Siempre hace frío. 

Te cuento estas historias y asientes. 
Mientras la lluvia amortigua las conversaciones. 
Dentro hay mesas verdes y calidez. 
Han acomodado plantas en cada esquina 
y ramilletes de crisantemos rosas en jarrones. 

Nos terminamos el café, 
pero fuera no ha dejado de llover. 
Los automóvuiles avanzan con el ruido 
del papel al rasgarse y 
la música antigua se reproduce en la bocina. 

El piso rojo se ha inundado y los meseros se mueven
entre mesa y mesa con saltitos y tintineos. 
El cielo blanco por fin ha dejado de 
derramarse sobre el mundo 
como si de una poeta mística se tratara. 

Con todo, el tamborileo sobre las carpas no se detiene 
y la noche comienza a descender sobre 
las luces rojas del tráfico y las personas y las calles. 

Debemos pedir otro café si no queremos que nos echen bajo la lluvia. 
Este es un lugar de lujo donde las personas vacían sus bolsillos a cambio de estatus. 
Y los míos, que ya están medio vacíos por la vida misma y la cotidianeidad, 
preferirían quedarse ocultos bajo la mesa. 

Los adultos en la mesa se levantan y sólo quedamos nosotros, 
que ya pasamos de los treinta, pero no nos consideramos adultos
y fingimos pertenecer con los niños. 

Fuera el cielo se tropieza de nuevo y se vuelve a caer, 
y todos los paraguas lo señalan con el dedo y se ríen, 
como si sus alambres nunca se hubieran torcido de forma extraña con el viento. 

La brisa nos llega a la mesa verde, 
los niños se retiran y nosotros permanecemos. 
Siento que tengo más de treinta años 
viendo la lluvia caer. 
Y aun así, no creo que llueva lo suficiente. 
Y fuera los arrayanes y aralias y araucarias se agitan y danzan, 
toman turnos para sacudir sus ramas, 
más verdes que las mesas verdes del lugar. 

Y del techo penden lámparas en forma de estrella, de luces cálidas, 
nada espesas y aun así, por alguna razón, me recuerdan 
a la leche dorada cuando se combina 
y se bate con pereza en las ollas de peltre. 

Y las personas hacen círculos y conversan. 
Mientras la lluvia desciende de nuevo 
y los coches se deslizan como patinadores de hockey 
y pitan como los admiradores de un partido que casi nadie va a ver. 

Entonces pedimos otro café porque la lluvia ha empeorado 
y me descubro sola. 
Estás atrapado en el tráfico y he tenido esta compañía todo el tiempo, la de papel. 
Pero ahora es menos probable que llegues porque esta vez, 
cuando los paraguas se burlaron de la segunda caída del cielo, 
este desató una pataleta y las calles comenzaron a inundarse con su llanto 
y su berrinche ocasionó aún más tráfico 
y cayeron árboles, chocaron autos y se taparon alcantarillas. 

¿Por qué no llovió ayer?

domingo, 13 de julio de 2025

Este sentir de ausencia

Ahora la vida nunca se detiene,
¡Por cuántos años desee eso!
No importa si es verano o navidad. 
Y aun así vivimos por temporadas 
de vernos y no vernos.    
Si tan sólo mi vida no estuviera centrada 
en amantes y amigos, 
Quizás sería más feliz. 

A veces temo la idea de crecer 
Y que la vida ya no sea lo que es.
No quiero perder lo que tengo
Ni cambiarlo por algo mejor. 
No soy malagradecida, 
Sólo tenía tantas esperanzas en la vida, 
Es difícil cambiar, dejar de esperar
Y acostumbrarse a esta interminable soledad. 

Danza continua

Quiero reflexionar en torno a esta vida que me cargo,
¿De qué está hecha? ¿Por qué pesa tanto? ¿No era acaso hilo de algodón caramelizado?
Apenas descubrí que no es tan dulce como lucía. 
Las luces, esas sí que daban esperanza en las ferias y carreteras. 
Pero son de distintas naturalezas. 

Imagino mi muerte en repetidas ocasiones a lo largo del día y más aún de la noche. 
Y me pregunto cuánto tiempo tardarán en comerme los gatos. 
Luego pienso que necesito un gato porque el que teníamos [Narán] está en un tal Valle de los Naranjos vacacionando con su nueva dueña y me doy cuenta de que he de esperar a que vuelva. 
No puedo dejar que Bel se encargue de deshacerse de mi cadáver, Narán podría disfrutarlo más. 

Pienso en el pasado, en hasta dónde he llegado y descubro una vez más que no soy poeta, 
no soy un genio [[quizás sólo un cuentista que habla de poetas y de genios], 
No sé de filosofía ni de matemáticas, me he convertido en este cúmulo trémulo de acciones sin centro. 
Ya no tengo dieciséis y sigo siendo la misma, sólo que un poco más triste y más vieja. 

Nunca he pretendido ser un número más en la historia ni vivir sólo una muerte, 
Pero la ciencia ha avanzado tan poco como yo y está tan cerca de descubrir la cura a la vejez como yo de convertirme en una jugadora profesional de ajedrez (probablemente yo tenga más oportunidad que ella). Así que, si mañana muero, no será culpa de la ciencia, sino porque ha llegado mi momento. 
Me he vuelto un cuenco vacío, una cáscara amarillenta de lo que alguna vez estuvo vivo y era dulce. 

Quizás muera a manos mías y me vea derretida y a solas en una habitación. 
Juro que no moriré del arte ni de la belleza que aún queda en el mundo miserable
—seguro algo me sabe—, desabrido, tan cansino que ya solo sabe girar. 
Antes el mundo daba volteretas y danzaba al son de los dioses y cantaba con los soles que, 
Sin infinito parecían sólo flotar. 
Flotar a la deriva me cautiva y me hace querer formar parte de esta órbita sin continuidad. 
Y de nuevo el bucle y esta cotidianeidad. 

Con todo, juro que si muero no será por eso. 
Sino porque, como el mundo, olvidé cómo danzar. 

A que la vida cambie

He coleccionado monedas de a veinte que luego gasto por cosas de menor valor,
Billetes de cincuenta con bellos ajolotes que luego nunca vuelves a ver por lo bienamados que son.
He leído poesía comprada en puestos de fruta y presenciado obras teatrales de la autoría de un soñador.
¿De qué viven los que sueñan? ¿Acaso cuentan con ayuda del más allá?

He cruzado puentes que alguien más quemó y regalado libros a personas que se jactan de no saber leer.
Nunca castigaré la ignorancia,
Sólo desearía que ellos no señalaran el conocimiento como algo de lo que hay que avergonzarse.

He visto la pérdida de un amigo en los ojos de otro,
la muerte, la incertidumbre, el dolor,
He deseado ser uno más de ellos, saberme comprendida, igual que todos.
Pero no comparto referentes,
Fue como haber nacido en otro siglo y haber sido posicionada en el lugar equivocado de la vida.

En cambio, veo partículas de colores en el aire, escucho el sonsonete de la presión baja,
Y noto el abismo de la diferencia que ni siquiera yo comprendo, orgulloso, precediendo mi caída.
Esa risa burlesca me taladra la piel y me recuerda que también puedo ser un monstruo que hiere si usa el sarcasmo. Aun así, finjo contención. Fíngelo hasta que lo creas y sólo así, evito una confrontación que me permitiría quemar ciudades, porque me gustan tal y como están y yo aún puedo esperar.   

Lecciones mal aprendidas

He decidido guardar estos años.
Volverme poeta y escribir sin reparos.
Sé que allá a donde vaya te llamo
Y desearía poder verte siempre con todo y los daños.


No vuelvas a irte,
Te he pedido tantas veces,
No estoy lista para oírte.
Es probable que muera con los peces.


Preferible no cantar esta canción
Y volverme y haber perdido tu presencia.
Esta costumbre podría matar a una nación entera.
Pero en nuestra vida, la muerte ya impera.


He aprendido a manejar la tristeza.
He aprendido a que no puedes poseer a una persona,
He aprendido que los años no nos enseñaron nada.
Y que conforme el tiempo pasa, tendemos a empeorar.