domingo, 15 de febrero de 2026

De lo amargo y lo perdido

​Mi primer día sin ti fue un sinsentido, ahogarse en un vaso de agua, la decisión más masoquista.

El segundo día fue un día lluvioso, un borrón en una página que decía tantas cosas importantes. Hoy parece que los días siguen pasando, pero un solo día puede durar semanas enteras y tu esencia me persigue hasta en las cosas que no compartí contigo. Y es que lo que sí compartí y perdí cuando te fuiste, fue una parte de mí. 

Mi tercer día sin ti fue un laberinto sin salida, un juego cerrado donde no hay ganadores, porque, ¿quién podría sentirse victorioso con este desenlace? ¿Y de verdad nos hemos desenlazado, o solo nuestras vidas que se vieron obligadas a separarse?

Aprendí a amar de nuevo, más o menos, en distintas dosis y no hace mucho. Aprendí a huir antes de sentir demasiado, como hiciste tú cada vez. Aprendí a estar sola y a vivir ahora, cuando la vida todavía está sucediendo e importa. Y yo no sé si te importo todavía o si soy solo un recuerdo deslucido de una mejor vida. Al menos era una mejor vida para mí, porque me veo incapaz de conciliar el trago amargo y lo que se supone que era vino. ¿Tú encuentras el regusto amable? 

Soy el resultado de lo que vivimos y no, a diferencia de ti no soy capaz de conciliar la vida que tuvimos con la que vivo sola ahora. Me pregunto si me construí con la melancolía proveniente de mis poetas y suicidas favoritos. Porque estoy segura de que sé cómo ser feliz, ni siquiera es tan difícil, viene en la fórmula social: una taza de café o dos por la mañana y otras dos antes de las cuatro de la tarde o te será imposible dormir o despertar. Vino tinto todos los fines de semana y rosa en los días feriados. Toda solución es la que corre por las venas y las mías se han vuelto tan espesas que no sabría cómo diluirlas. 

Te he pedido ayuda a gritos para aprender a respirar ahora que no estás, a creer en el futuro y sobre todo, a ser la persona que fui contigo. Pero tú estás lejos viviendo muchas otras vidas y usaste tu derecho, esa carta blanca de ignorar mi llamado y mantener la distancia. La distancia, esa condena responsable de mucho bien, pero también de la muerte de los poetas de antaño. De ser así, me aqueja esa enfermedad medieval, ¿alguien podría morir de distancia? Creo que estamos todos vacunados. 

Tu ausencia es tu versión más amarga, mi completa perdición. Y sí, preferiría ahogarme que vivir bajo esta bebida infernal que me quema las entrañas y absorbe la poca cordura que me queda. Y sí, prefiero no hablar de eso mientras intento construir un puente con los escombros de quien fui y lo que soy ahora. Y por eso huyo, con la ciudad incendiada a mis espaldas, con la promesa de volverme sal como lo han hecho mis lágrimas, si es que alguna vez fui capaz de llanto, habilidad extraña, proveniente de otra época también, síntoma inconfundible de la amargura de los poetas antiguos que podían morir de amor.

A partir de ahora beberé los días más amargos, guardaré los poemas desoladores porque te traen al presente y, por un momento, puedo fingir que estás aquí e imaginar un futuro de presencia constante. De ahora en adelante, lo más cerca que estaré del presente serán los primeros tres días sin ti. 


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