Nunca me consideré una persona devota ni una gran admiradora de su trabajo.
Sin embargo, en este lugar, dioses y diosas son quienes rigen nuestras vidas.
Si existe alguna discordia entre dioses, como sus hijos, debemos sufrir las consecuencias.
Tal vez por eso siempre me consideré afortunada de ser hija de Siria,
la más indiferente de las cinco diosas de este mundo.
Antes de la Colisión, viví cinco vidas en la calma de mis amistades y familia,
rara vez me metí en problemas y no puedo decir que me rompieran el corazón.
Es bien sabido que los dioses otorgan a sus hijos dos personas en la vida a las que estaremos irremediablemente ligados sin poder jamás estar del todo juntos.
Es bien sabido que los dioses otorgan a sus hijos dos personas en la vida a las que estaremos irremediablemente ligados sin poder jamás estar del todo juntos.
Esa es la condena compartida con los dioses, la eterna soledad que trae el ser inmortal.
Es por eso que, cuando desperté en este cuerpo, nunca imaginé que esta sería mi última vida,
pero luego escuché sobre la Colisión: numerosos dioses de otros mundos habían fusionado sus planos terrenales con el nuestro, la sobrepoblación estaba a la orden del día...
Así como la magia, lo cual había dado pie a la Conquista y ahora éramos sirvientes de los seres con magia.
Además, ya no se nos permitiría renacer. y algo más había sucedido:
Uno de esos dioses extranjeros se había ofendido ante la indiferencia de Siria y condenó a todos sus hijos a ser perseguidos por al menos uno de sus hijos.
Nunca imaginé lo que eso significaría para alguien como yo,
acostumbrada a mi individualidad y a mis amigos.
Por muchos años esperé, temerosa, su llegada,
tuve amigos y uno que otro novio, pero cuando lo vi cruzar el pequeño bosque en las afueras del Pueblo lo quise para mí.
Era alto, de gran porte y mirada oscura y decidida.
Aquel primer día no me miró, pero supe en el acto que estaríamos juntos.
¿Habría huido de saber que era ese karma de otras vidas que venía a alcanzarme bajo las órdenes de Alek, el dios extranjero?
Probablemente no. Lo haría todo de nuevo con tal de vivir en otra vida con él.
En mi penúltima vida existían las premoniciones, los malos presagios y las diosas.
No teníamos mucho más y no nos hacía falta nada.
Esta vez, en cambio, la magia se había infiltrado en nuestras sociedades.
Academias de Magia comenzaban a abrirse a lo largo de las grandes ciudades,
puestos importantes y nuevas instituciones los fueron reclutando hasta que fue notoria la desigualdad de clases.
Porque sí, los humanos habíamos quedado relegados,
habíamos sido separados de las eminencias,
¿por qué contratar a un simple humano si podían contratar seres con magia por el mismo sueldo y mejor trabajo?
No me importaba en realidad.
En nuestro pequeño Pueblo yo me sentía libre, un tiempo casi fui feliz.
Teníamos una gran Biblioteca donde fui aceptada a los dieciséis como aprendiz.
Fue camino allá cuando vi a Raven por primera vez.
Su familia se había mudado en vista de la apertura de la nueva academia de Magia en las afueras del pueblo.
No era la gran cosa, por lo que, al principio concluí en que Raven no podía ser un buen mago, sino que había sido admitido a duras penas en la nueva Academia y esa era la razón de su llegada.
Con el tiempo descubrí que era más bien todo lo contrario.
El poder de Raven rayaba en lo peligroso, no iba a la Academia para aprender, sino para ser contenido.
La primera vez que hablé con él fue en la Biblioteca. Resultó ser un lector voraz por lo que lo veía seguido.
La primera vez que hablé con él fue en la Biblioteca. Resultó ser un lector voraz por lo que lo veía seguido.
Casi siempre iba acompañado por otro muchacho al que llamaba Calcetón, supuse que no era su nombre real, pero me agradaba verlos entrar entre empujones y risas por los escalones principales y luego hablar entre susurros en los pasillos llenos de libros antiguos y bien cuidados. A veces sospechaba que les gustaba más pasar el tiempo ahí que en la Academia de Magia. A mí no me molestaba, convertían mis días rutinarios en algo especial.
Era una tarde cualquiera de primavera cuando lo vi entrar solo cargado de enormes tomos de magia. Fuera el sol tostaba las calles y amarilleaba la hierba. No había cielo más azul que el de abril, cuando no había ni una mota de viento que apaciguara el calor. Sin embargo, dentro de la gran bóveda que era la Biblioteca, se sentía más bien fresco.
Era una tarde cualquiera de primavera cuando lo vi entrar solo cargado de enormes tomos de magia. Fuera el sol tostaba las calles y amarilleaba la hierba. No había cielo más azul que el de abril, cuando no había ni una mota de viento que apaciguara el calor. Sin embargo, dentro de la gran bóveda que era la Biblioteca, se sentía más bien fresco.
—¿Necesitas ayuda con esos? —pregunté, al tiempo que me levantaba de mi lugar en el mostrador central.
—Necesito hacer una investigación sobre las antiguas sociedades de magos —se limitó a decir y avanzó hasta dejar todos los libros en el mostrador sin esfuerzo.
—Hace unas semanas llegaron los manuscritos traídos desde el propio mundo de Alek, según escuché. Están por aquí.
Lo guie entre los anaqueles hasta llegar a una vitrina llena de papeles a medio desbaratar, manchados de tinta y básicamente en un estado deplorable.
—Parece que Alek no les daba el cuidado que ameritan manuscritos como estos —comentó Raven.
—Quizás no le gusta leer.
—O quizás a sus hijos no les gustan los libros, no veo que hayan llegado más tomos de magia que los que fueron traídos durante la Conquista.
—A ti te gusta leer —señalé sin desviar la mirada de los guantes que me estaba colocando con cuidado para tomar los manuscritos.
—Sí... —respondió, dudoso.
Supe que me miraba y contuve la respiración.
—Necesito hacer una investigación sobre las antiguas sociedades de magos —se limitó a decir y avanzó hasta dejar todos los libros en el mostrador sin esfuerzo.
—Hace unas semanas llegaron los manuscritos traídos desde el propio mundo de Alek, según escuché. Están por aquí.
Lo guie entre los anaqueles hasta llegar a una vitrina llena de papeles a medio desbaratar, manchados de tinta y básicamente en un estado deplorable.
—Parece que Alek no les daba el cuidado que ameritan manuscritos como estos —comentó Raven.
—Quizás no le gusta leer.
—O quizás a sus hijos no les gustan los libros, no veo que hayan llegado más tomos de magia que los que fueron traídos durante la Conquista.
—A ti te gusta leer —señalé sin desviar la mirada de los guantes que me estaba colocando con cuidado para tomar los manuscritos.
—Sí... —respondió, dudoso.
Supe que me miraba y contuve la respiración.
No tenía razones para ser amable conmigo, ningún ser mágico lo era.
Para ellos no éramos lo suficientemente importantes como para recibir su atención o siquiera para entablar una conversación.
Quizás él estaba pensando en eso, quizás utilizaría su magia para exterminarme y no quedaría rastro de mí.
No había hecho nada importante en mi vida.
¡Oh diosas! Irene tendría que buscar otro aprendiz, uno mágico esta vez.
Le había quitado la oportunidad a los de mi especie de tener un trabajo medio digno por un desliz absurdo.
—Aunque las cosas que leo no satisfacen todas mis dudas. ¿Qué pasó hace cien años? ¿Por qué sucedió la Colisión? ¿Fue resultado del plan de conquista o viceversa? Y lo más extraño, ¿por qué pudimos renacer una última vez para luego morir para siempre?
—Creo que... —dudé un momento antes de continuar, ¡estaba teniendo una conversación con un mago que me trataba como su igual!— es parte de la condena de inmortalidad que los dioses sufren, tienen que desquitar el aburrimiento que sienten ellos y convertirlo en algo que nosotros no podemos tener, ahora más que nunca. Pero seguimos haciendo algo que los dioses no pueden hacer y por eso nos envidian tanto.
—¿Algo que los dioses no pueden hacer y nosotros sí? Puedo pensar en varias cosas. Comer, dormir, soñar... Morir.
—¡Exacto! Por mucho que vivan, por mucho que se las den de grandes por su poder, nunca podrán experimentar lo que es la muerte. Nosotros ya lo hemos hecho varias veces, ahí reside su envidia.
—Tienes razón en algo más: La muerte es una condena ahora que no podremos volver. Todo lo que no hagamos en esta ocasión... es nuestra última oportunidad. No habrá tiempo que nos alcance.
—Creo que nunca me había sentido más paralizada que en esta vida, saber que es la última me provoca náuseas.
—Debes vivir en un constante malestar entonces —bromeó él.
Me reí. Una risa fluida, como si hubiera estado a la espera de salir a borbotones y esparcirse en torno a nosotros. Él también rio.
Noté cómo me miraba a los ojos mientras hablaba, sin desviar su atención de mi rostro.
—Aunque las cosas que leo no satisfacen todas mis dudas. ¿Qué pasó hace cien años? ¿Por qué sucedió la Colisión? ¿Fue resultado del plan de conquista o viceversa? Y lo más extraño, ¿por qué pudimos renacer una última vez para luego morir para siempre?
—Creo que... —dudé un momento antes de continuar, ¡estaba teniendo una conversación con un mago que me trataba como su igual!— es parte de la condena de inmortalidad que los dioses sufren, tienen que desquitar el aburrimiento que sienten ellos y convertirlo en algo que nosotros no podemos tener, ahora más que nunca. Pero seguimos haciendo algo que los dioses no pueden hacer y por eso nos envidian tanto.
—¿Algo que los dioses no pueden hacer y nosotros sí? Puedo pensar en varias cosas. Comer, dormir, soñar... Morir.
—¡Exacto! Por mucho que vivan, por mucho que se las den de grandes por su poder, nunca podrán experimentar lo que es la muerte. Nosotros ya lo hemos hecho varias veces, ahí reside su envidia.
—Tienes razón en algo más: La muerte es una condena ahora que no podremos volver. Todo lo que no hagamos en esta ocasión... es nuestra última oportunidad. No habrá tiempo que nos alcance.
—Creo que nunca me había sentido más paralizada que en esta vida, saber que es la última me provoca náuseas.
—Debes vivir en un constante malestar entonces —bromeó él.
Me reí. Una risa fluida, como si hubiera estado a la espera de salir a borbotones y esparcirse en torno a nosotros. Él también rio.
Noté cómo me miraba a los ojos mientras hablaba, sin desviar su atención de mi rostro.
Yo sostuve su mirada todo el tiempo. Mi pulso estaba acelerado, pero mi rostro denotaba un inocente interés por sus palabras.
Era genuino, pero nada inocente de mi parte querer alargar lo más posible la conversación.
Desee poder quedarme ahí toda la tarde. Sin embargo, le entregué un par de guantes de material aterciopelado y le indiqué cuáles manuscritos podían ser de ayuda.
Marché a casa con una tonta sonrisa en los labios. Soplaba una agradable brisa siempre presente por las noches, cuando hacía horas que el sol se había marchado. Intenté valorar el momento por lo que era y no por lo que había vivido ese día. Pero no podía apartar de mi mente esos ojos oscuros ni esa sensación de risa irremediable que me había inundado.
En ninguna de mis vidas pasadas conecté con alguien de esa manera. Debí saber que él sería mi persona, mi condena, elegida personalmente por Alek. La realidad es que fui yo quien lo eligió, una y otra vez, a pesar del paso del tiempo y de la adversidad que residía en nuestras cabezas, impidiéndonos crear algo juntos. Esa noche mi mente se llenó de preguntas de las que, nueve años después, sigo sin conocer las respuestas. ¿Tengo que admitir la derrota? A veces la vida es así.
Marché a casa con una tonta sonrisa en los labios. Soplaba una agradable brisa siempre presente por las noches, cuando hacía horas que el sol se había marchado. Intenté valorar el momento por lo que era y no por lo que había vivido ese día. Pero no podía apartar de mi mente esos ojos oscuros ni esa sensación de risa irremediable que me había inundado.
En ninguna de mis vidas pasadas conecté con alguien de esa manera. Debí saber que él sería mi persona, mi condena, elegida personalmente por Alek. La realidad es que fui yo quien lo eligió, una y otra vez, a pesar del paso del tiempo y de la adversidad que residía en nuestras cabezas, impidiéndonos crear algo juntos. Esa noche mi mente se llenó de preguntas de las que, nueve años después, sigo sin conocer las respuestas. ¿Tengo que admitir la derrota? A veces la vida es así.
Raven comenzó a visitar a diario la biblioteca, a veces iba acompañado de amigos, pero casi siempre asistía solo y se sentaba en alguna mesa cercana al mostrador, desde donde me hacía preguntas sobre mi vida ahora y mis vidas pasadas, mis gustos y amistades, y poco a poco ambos fuimos recabando información del otro. La manera más orgánica de conocer a alguien: sentarse a conversar y escuchar con genuino interés. Todavía me pregunto si fue esa manera de interesarnos el uno por el otro la que nos ligó irremediablemente todos estos años. No se compara con todo lo que hemos vivido, somos almas viejas condenadas a perderse para siempre en la vorágine del tiempo de los dioses. Sin embargo, no se puede comparar con nada, en realidad, aún si sólo hubiera vivido esta vida, desearía pasar por todo, aunque fuera sólo una vez más para volver a estar con él.
Las semanas dieron paso a los meses y no sólo nos convertimos en mejores amigos, sino que nos descubrimos en otros sentidos, hasta que no hubo duda de que nos habíamos enamorado. Parecía que íbamos a estar juntos toda la vida y, de algún modo, es lo que hemos hecho hasta ahora de manera intermitente. Supongo que los dos soñamos con otras realidades donde por fin podamos quedarnos, volver a cuando teníamos dieciséis y pasábamos tantas horas como nos eran posibles entre juegos y conversaciones. Llegamos a perseguir trenes, a tomarnos de la mano tirados en la hierba bajo un chaparrón, a reír y a llorar. Esos instantes en que la vida dejaba de parecerse a la realidad. Con todo, nuestros altibajos eran frenéticos e incontrolables, estábamos viviendo todo muy rápido y en su sentido más puro. Nos gustaba sorprendernos, leernos poesía y capítulos de nuestras novelas preferidas, él ya leía mucha filosofía de la magia y la conquista y le gustaba escribir, a mí me gustaban más las novelas, pero coincidíamos en algo: la inspiración creativa al estar juntos. Era como una fuente inagotable de escritura.
Antes de que Raven pudiera graduarse de la Academia de Magia fue expulsado. Es un suceso que no me gusta recordar. Esperaba olvidarlo con los años, al suceso, quiero decir, y de paso a Raven, quien fue el gran amor de mi vida.
"Maldito seas, Raven, ¿por qué eres tan hermoso?", le reproché hace unos días, cuando salimos y me dijo que se iría. No sería la primera vez que nos separamos. No debía doler más que hace ocho años y, de todos modos, ahí estaba ese pinchazo de terror.
—¿Por qué te vas?
—Quiero terminar mi tesis allá.
—Entiendo.
—No sé si debí decirte. Eres una de las personas más importantes en mi vida, pensé que quizás no debía, llevamos meses sin hablar y la amistad que comenzamos a formar se quedó en sus inicios.
—Si dejé de hablarte fue porque sentí que sólo yo era quien te pedía vernos, que salías conmigo porque te sentías mal de que estuviera enamorada de ti y no querías estar conmigo.
—Lo sé. Me lo dijiste alguna vez y yo te dije que eso nunca pasaría. Lo he hecho, salir con personas por ser amable, pero no contigo, nunca contigo. Recuerdo que te dije que me ayudaba que me pidieras vernos, me obligaba a organizar mi tiempo, porque es verdad que no tengo mucho tiempo, pero si no hago algo, a veces de todos modos no sé a dónde se va.
—Agradezco que me lo contaras, de todos modos, que te vas.
—¿Sí? A lo largo de nuestra relación he sentido que soy corrosivo para ti.
—¿Ahora lo sientes?
—Sí, es una sensación que llega de repente. La conversación inició de un modo y ahora todo se siente así.
—Lo sé. Recuerdo bien la sensación. Pero no eres corrosivo para mí. Nunca lo he pensado.
—Me preocupa que llegues a pensarlo, que alguien te diga que soy malo para ti.
—No los dejaré. Nunca los he dejado. Cada que hablo de ti, y me preguntan por qué terminamos, si nos peleábamos, si nos hablábamos feo, si nos tratábamos mal, todas mis respuestas son negativas. Nada pasó realmente. Nos quisimos bien, sólo no supimos estar juntos.
—Suenas diferente. Incluso diferente de la última vez.
—¿Hace dos años? ¿Cómo diferente?
—Sí. Hablas del pasado de otra manera. Menos trágico. Hay algo que no puedo comprender, pero que sé que no puedo cambiar: y es cómo me siento por ti. No sé cómo pasó, pero me enamoré profundamente de ti y ya, si algo ha permanecido igual son mis sentimientos por ti. Tengo una relación larga, no sé de cuánto tiempo, y siento que está mal la manera en que me haces sentir. Pero siempre que vuelvo a verte todo sigue ahí, quiero echarlo todo a la borda, es algo avasallador. Y he llegado a la conclusión de que es un trauma de aquella primera vez que terminamos. Porque cada vez que me he alejado, me arrepiento a los tres días y es lo peor vivir con arrepentimiento.
Menos trágico. Pero no me sirve que te arrepientas a los tres días y no me lo digas. Me habrías ahorrado mucho sufrimiento. Al menos uno de los dos puede tener una relación estable. Yo ya me rendí. Si no puedo tener a la persona que quiero, ¿qué sentido tiene? He intentado conocer a otras personas de la manera en que tú yo nos conocimos, pero es como si no me interesara o no se dieran las circunstancias. Nunca he conocido a nadie tan bien como siento que te conozco a ti.
—¡Lo sé! Sabemos todo el uno del otro, hemos cambiado, quizás cuando teníamos dieciséis no teníamos nuestras personalidades muy marcadas, pero ya éramos nosotros en esencia. Por lo que los cambios que hemos tenido, que tenemos ahora, no son cambios fuertes que puedan afectar eso que ya sabemos del otro. Quizás tenemos nuevos gustos, quizás tengamos nuevos amigos, pero nuestros principios, nuestras personalidades están ahí.
—Lo he pensado mucho. Siento que nos seguimos pareciendo. Aún tenemos el mismo sentido del humor, nos comprendemos sin hablar, podemos vernos a los ojos y sentirnos cómodos, aunque cada que sé que voy a verte me pongo muy nerviosa.
—Eso pasa porque fuimos el hogar del otro, eso es algo que no varía, puede cambiar la fachada, algún cuadro o los sillones, pero la sensación de estar con el otro no cambia.
—Me he cuestionado mucho sobre por qué nos seguimos entendiendo tan bien después de tantos años, si ambos hemos cambiado mucho, nuestras vidas no podrían ser más diferentes en este momento y aun así, aquí estamos, tan enraizados como siempre. Y creo que somos como dos planetas que están orbitando en la misma dirección, somos tan parecidos que incluso los cambios que tenemos van en el mismo sentido, por eso, aunque hemos cambiado, seguimos siendo iguales.
—Es que yo no sé qué tienes, cuando estoy contigo es como si el mundo desapareciera, hay una línea entre nosotros y el mundo. Eres lo más cercano a la magia que conozco y nunca he comprendido qué pasa con nosotros, por qué no podemos estar juntos. A veces pensaba que quizás era mi forma de vengarme por la primera vez, pero nunca te he culpado por eso y no intentaba vengarme. Es como un mecanismo de defensa, a veces de repente necesito irme, huir de todo lo que estoy sintiendo.
—Me he dado cuenta con el paso de los años de que no cambiaría nada. Excepto nuestras separaciones, claro. Pero con gusto repetiría todo. Por eso esta vez intenté que nuestra relación fuera diferente. Ya habíamos intentado separarnos para siempre, nos separamos por tres años, pero luego la impresión de volvernos a ver fue la misma de siempre. Entonces, cuando vimos que no podíamos estar juntos, decidí que seríamos amigos, si no dejábamos de vernos durante tanto tiempo, quizás la impresión no sería la misma. Romperíamos el ciclo en el que hemos estado atrapados desde la primera vez que terminamos. No sabes cuánto me costó ser tu amiga, tuve que dividirte en dos: este Raven que me parece tan atractivo y del que sigo enamorada, y este otro Raven, que es mi amigo, con el que puedo hablar y jugar y reír y hacer deporte y hablar de libros y música. Contigo lo tuve todo. Tenía a mi mejor amigo y a mi pareja al mismo tiempo.
(Evité mencionar que mis últimas relaciones odiaban la idea de que yo quisiera que fueran mis mejores amigos y mis parejas a la vez).
—Cuando terminamos recuerdo que me dijiste que estábamos terminando porque te trataba como un amigo más. Y yo no pude comprender, por qué no podíamos estar juntos y hacer todo lo que estuvimos haciendo, nos la pasábamos de maravilla.
—¡Lo sé! No sabes cuánto pienso en eso y me arrepiento. Mi único problema era que ya no me besabas y, al dejarte por eso, me quedé sin tus besos y también sin ti. Desearía no haberme ido hace ocho años.
—¡Lo sé! Sabemos todo el uno del otro, hemos cambiado, quizás cuando teníamos dieciséis no teníamos nuestras personalidades muy marcadas, pero ya éramos nosotros en esencia. Por lo que los cambios que hemos tenido, que tenemos ahora, no son cambios fuertes que puedan afectar eso que ya sabemos del otro. Quizás tenemos nuevos gustos, quizás tengamos nuevos amigos, pero nuestros principios, nuestras personalidades están ahí.
—Lo he pensado mucho. Siento que nos seguimos pareciendo. Aún tenemos el mismo sentido del humor, nos comprendemos sin hablar, podemos vernos a los ojos y sentirnos cómodos, aunque cada que sé que voy a verte me pongo muy nerviosa.
—Eso pasa porque fuimos el hogar del otro, eso es algo que no varía, puede cambiar la fachada, algún cuadro o los sillones, pero la sensación de estar con el otro no cambia.
—Me he cuestionado mucho sobre por qué nos seguimos entendiendo tan bien después de tantos años, si ambos hemos cambiado mucho, nuestras vidas no podrían ser más diferentes en este momento y aun así, aquí estamos, tan enraizados como siempre. Y creo que somos como dos planetas que están orbitando en la misma dirección, somos tan parecidos que incluso los cambios que tenemos van en el mismo sentido, por eso, aunque hemos cambiado, seguimos siendo iguales.
—Es que yo no sé qué tienes, cuando estoy contigo es como si el mundo desapareciera, hay una línea entre nosotros y el mundo. Eres lo más cercano a la magia que conozco y nunca he comprendido qué pasa con nosotros, por qué no podemos estar juntos. A veces pensaba que quizás era mi forma de vengarme por la primera vez, pero nunca te he culpado por eso y no intentaba vengarme. Es como un mecanismo de defensa, a veces de repente necesito irme, huir de todo lo que estoy sintiendo.
—Me he dado cuenta con el paso de los años de que no cambiaría nada. Excepto nuestras separaciones, claro. Pero con gusto repetiría todo. Por eso esta vez intenté que nuestra relación fuera diferente. Ya habíamos intentado separarnos para siempre, nos separamos por tres años, pero luego la impresión de volvernos a ver fue la misma de siempre. Entonces, cuando vimos que no podíamos estar juntos, decidí que seríamos amigos, si no dejábamos de vernos durante tanto tiempo, quizás la impresión no sería la misma. Romperíamos el ciclo en el que hemos estado atrapados desde la primera vez que terminamos. No sabes cuánto me costó ser tu amiga, tuve que dividirte en dos: este Raven que me parece tan atractivo y del que sigo enamorada, y este otro Raven, que es mi amigo, con el que puedo hablar y jugar y reír y hacer deporte y hablar de libros y música. Contigo lo tuve todo. Tenía a mi mejor amigo y a mi pareja al mismo tiempo.
(Evité mencionar que mis últimas relaciones odiaban la idea de que yo quisiera que fueran mis mejores amigos y mis parejas a la vez).
—Cuando terminamos recuerdo que me dijiste que estábamos terminando porque te trataba como un amigo más. Y yo no pude comprender, por qué no podíamos estar juntos y hacer todo lo que estuvimos haciendo, nos la pasábamos de maravilla.
—¡Lo sé! No sabes cuánto pienso en eso y me arrepiento. Mi único problema era que ya no me besabas y, al dejarte por eso, me quedé sin tus besos y también sin ti. Desearía no haberme ido hace ocho años.
—Te habrían asesinado si te quedabas.
—Fue mi culpa que te llevaran a juicio y luego sólo desaparecí.
Raven sonrió con pesar y bajó la vista hacia sus manos.
—Yo te pedí que te fueras. No fue tu culpa. El problema era nuestro sistema, la desigualdad... No iba a permitir que te hicieran daño sólo por estar conmigo.
—Y terminaron haciéndote daño a ti por estar conmigo —señalé, con un nudo de pasado en la garganta.
—Al final sólo me dieron un castigo mínimo y me dejaron ir.
—Conozco bien sus "castigos mínimos". ¿Qué te hicieron?
—Eso ya no importa, Malena, todo está en el pasado.
—Nunca has querido contarme qué fue lo que pasó después de que me fui. ¿A eso te refieres con que abandonarme cada vez es tu venganza? ¿Por lo que provoqué aquella vez?
—Nunca necesité perdonarte, nunca te culpé por eso, iban a encerrarme de todos modos, no soportaban mi poder.
—¿Te encerraron? —me indigné, con lágrimas en los ojos.
—Sólo un par de meses. Calcetón hizo todo lo posible por sacarme cuanto antes. Nunca estuve solo.
—Debí haberme quedado, debí ser yo.
—La condena para los magos es mucho menor que para los humanos, lo sabes. Y más la condena por mezclarnos, por hablarnos siquiera te habrían condenado a trabajos forzados media vida. No nos habríamos vuelto a ver.
—Lo sé, pero si me hubiera quedado, quizás ese trauma del que hablas nunca habría existido.
—Tendría uno mucho peor de no haber podido encontrarte.
En el designio del dios extranjero me fue otorgado Raven como alma kármica, sin embargo, no fue el único hilo incapaz de enrollarse cerca de mí el tiempo suficiente para que pasara mi última vida. Como dije antes, cada humano se ve atado a dos almas con las que no podrá estar. Se supone que, si las almas no deben mucho de sus otras vidas, conseguirán saldar esas deudas y estar juntos en unas cuantas vidas más. Sin embargo, siendo esta mi primera vida bajo dicho martirio, creo que estaré siempre sola. Ni siquiera Ibea pudo quedarse y su impedimento no era pertenecer a los conquistadores. Mi segunda alma otorgada era una simple criadora de flores. Excepto que no había nada simple sobre ella. Desde la primera conversación que tuvimos estuvo claro que la conexión estaba ahí, como un brote que ha crecido bajo piedras y al remover la tierra surge con más fuerza.
La conocí cuando cumplí diecinueve e ingresé a una academia de letras para pasar el tiempo y olvidar que Raven acababa de marcharse otra vez, a pesar de que había sido él quien había vuelto por mí. Estaba segura de que me acostumbraría a sus idas y venidas con el tiempo, estaba escrito, después de todo. Pero cada vez dolía más, de maneras distintas y más profundas. No quería volverlo a dejar entrar, y no podía esperar para verlo otra vez. Teníamos solo tres años de conocernos y ya nos habíamos separado en tres ocasiones. Es por eso que al principio pensé que Ibea, Peonia y Rictofen serían mi escape y no una nueva condena que los dioses tenían preparada para mí. No hay duda de que nos quisimos, los cuatro encontramos otro hogar, uno elegido, en nuestra amistad. Por casi tres años estuvimos juntos y fuimos casi felices, con algunas tonalidades y altibajos. Pero no me preocupaba. Eran mis amigos. Por ese tiempo ni siquiera pensaba en el destino ni en los hilos que más tarde me llevarían lejos de ellos sin poder soltarlos.
Ibea y yo hacíamos todo juntas. Éramos las mejores de la clase, hablábamos mucho y hacíamos todas las tareas en equipo. Ella era para mí lo que imaginaba que Calcetón era para Raven. Ibea me inspiraba, me hacía soñar sobre el futuro y querer ser mejor. Y por muchos meses, ni siquiera extrañé al hijo de Alek. No necesitaba nada más. Estaba decidida a abandonar todo el amor del mundo, el amor romántico al menos, con tal de conservar eso que tenía. Ahora mismo daría todo por volver a conversar con ella una vez más. Maldición, es mi última vida, ¿por qué no puedo acceder a ti?
No he aprendido a dejar ir. Ahora mismo tengo veinticinco años y estoy rodeada de amigos. Pero nunca he podido soltarlos a ellos, que hace tiempo se han ido. Es verdad que vi a Raven hace unos días, pero fue sólo otra despedida. También vi a Ibea hace unas semanas, pero iba escoltada por sendas amigas, nuestra conversación fue superficial, enlatada, nerviosa. Lo siento. Te extraño. Malditos dioses.
Intentaré concentrarme. La pérdida de Ibea fue mayor que la de Raven, más definitiva. Al menos él continúa diciendo que me ama y yo le creo. Se puede amar a alguien y ser incapaz de estar con esa persona. Ese es el destino de la Colisión. Con todo, de ella no sé nada, sólo se alejó. Creo que dejé de parecerle interesante, dejé de importarle. Y todo a raíz de que perdimos a Peonia.
Contaré una última vez lo que pasó. No importa. Moriré mañana esta inútil última vida. Qué más da si le dedico unas páginas más, si nunca lo superé y por eso elegí no perseguir más estas condenas. Estoy cansada de ser abandonada, de no ser importante para nadie. Mañana será el mejor fin. Mañana llegará pronto, por lo que seré concreta y contaré nuestra historia. Ibea, si alguna vez lees esto, por favor siente algo por mí, lo que sea. Sólo así no me arrepentiré de abandonar antes este mundo al que tanto amé.
Era primavera cuando Peonia enloqueció. Quizás siempre había estado un poco loca. Casi no nos veíamos por ese tiempo. la situación entre los magos y humanos era más delicada que nunca. Te podían asesinar sólo por no tener magia, por lo que se habían tomado medidas, toques de queda y zonas seguras donde podíamos transitar sin ser vistos. Pero habíamos sido relegados a los márgenes, por lo que cada quien había vuelto a casa. Al principio nos enviábamos cartas. Luego comenzamos a vernos a escondidas, sobre todo Ibea y yo. Rictofen vivía muy lejos y Peonia no era mi hilo del destino, pero fue una de las deudas de esta vida. Verán, Rictofen e Ibea ya eran amigos de Peonia cuando los conocí, mientras que continuaron siendo mis amigos al menos tres años más después de que esta última enloqueciera.
Pero quién soy yo para hablar de locura, si terminé peor que ella, relatando la historia de mi vida como carta de suicidio. No sé si cambiaría algo de tener otra oportunidad. Siempre me sentí bastante impotente ante la pérdida. Consideraba el abandono una especie de rechazo, incapaz de discutir. Es por eso que he dejado marchar a mis seres más queridos. En fin, ya no daré más rodeos.
El Mago mayor Eliottë decía que abril es el mes más cruel. Y aquel año lo fue. Peonia había sufrido algunas bajas en su familia por la falta de magia, Rictofen y ella terminaron la relación que no sabíamos que mantenían, había dejado de escribir y estaba deprimida y ansiosa. Juraba que Ibea nos había abandonado. Sus cartas eran sartas de quejas sobre nuestra amiga, de cómo salía con otros amigos, de cómo había continuado con su vida y nos había abandonado, de cómo no le importábamos ya. Yo rara vez respondía a sus cartas. No me gustaba pensar en sus palabras. No les di importancia porque yo aún tenía un pedacito de Ibea en mi vida. Porque verla aún me daba felicidad y me inspiraba a crear, a escribir, a pensar en el futuro.
La carta que significó el antes y el después le llegó sólo a Rictofen y él acudió a mí para pedir mi consejo. Decía que Ibea le había escrito después de mucho tiempo de ignorarla para decirle que no le escribiera más. "Debió ser un error", fue lo primero que pensé, "Ibea adora a Peonia, no tengo duda sobre eso". Una semana después me encontré con Ibea en casa de su mamá. Vivían muy bien para ser sólo humanos. La mejor amiga de su mamá era bruja y, por lo tanto, tenía dinero y privilegios. Era como vivir en un oasis donde el mal no las podía alcanzar. Por eso la podía visitar sin peligro a ser atrapada.
—¿Ya hablaron contigo por lo de Peonia? —pregunté una vez que nos instalamos bajo la sombra plácida de un ficus.
—¿Sobre qué?
—Sobre el malentendido que hubo con ella, la carta donde le dijiste que ya no querías ser su amiga. Imagino que fue un error o una broma de alguien más.
—No lo fue. Mira esto.
Ibea se levantó y fue hacia su anaquel lleno de libros. Sacó un pequeño sobre de uno de ellos y me lo tendió. Es una carta. De Peonia. Dice que ya no podemos ser amigas, que le tengo demasiada envidia, que siempre he querido ser como ella y soy falsa.
Mis ojos repasaron las palabras y una luz de esperanza se encendió. Nunca me había llevado bien con ella. No creí que llegaría el día en que pasaría eso, en que ella sola se iría de nuestras vidas sin armar revuelo. Me sentí mal de pronto, por sentirme bien al respecto. Otra deuda con el destino, con los dioses, por lo que pagué con su ausencia más tarde.
Durante años me pregunté si habría podido permanecer en su vida si hubiera apoyado a Peonia cuando se disculpó con la boca llena de mentiras por sus acciones. Cuando nos explicó con rostro de llanto, pero sin lágrimas en los ojos, que no había sido su intención, que las voces le habían dicho qué hacer, que los dioses la habían obligado. Estuve tentada a creerle por un momento, a apoyarla para que todos le diéramos otra oportunidad, después de todo, Tirenia era su diosa madre, tenían sentido todas sus acciones. Pero no lo hice. Permanecí en silencio y luego fui abandonada también. Qué ingenua fui con mi egoísmo.
—Pero no tiene sentido —dije una tarde, meses después, cuando habíamos intentado seguir con la amistad como si nada, y sólo nos había llevado a ese momento, linde del fin, mesa del juicio, con Peonia al centro y todos con una botella de cerveza rosa en la mano. Cuando las medidas de seguridad habían bajado de forma considerable—. Siempre sentí que Ibea te quería más a ti, ¿por qué hacer esto, entonces?
Peonia hizo un gesto que no supe descifrar, como en desacuerdo. Lo sabría sólo meses después. Ese era el gesto de alguien que conoce los sentimientos de su amiga. Yo no los conocía. No la conocía a ella en absoluto.
—Eran tan parecidas, tenían una conexión que nunca tuvimos nosotras —continué y el rostro de todos mostraba un conocimiento de algo que yo no podía ver. Decidí callarme.
—Hemos comparado las versiones que nos contaste de lo sucedido, ninguna coincide —la acusó Ibea—. Nos diste un discurso distinto a cada quien, a mí me dijiste que Rictofen te había hecho demasiado daño, que te alegraba haber terminado, mientras rogabas por volver con él.
—¿Eso qué tiene que ver? —sus ojos inocentes se encendieron con furia.
—Que tus mentiras se fueron haciendo cada vez más grandes, queremos la verdad. Sobre todo lo que pasó.
—Yo no quería hacerlo —comenzó a llorar. Algunas personas en la taberna nos voltearon a ver con interés renovado—. Fueron las voces en mi cabeza, ellas me obligaron. A veces la realidad se ve tan distorsionada... No fueron mentiras, todo era cierto para mí.
—Sólo te interesaba mantener la amistad de Rictofen, por eso acusaste a Ibea de algo que no hizo sólo con él. Contabas con que ellos casi no hablan. No pensaste ni por un segundo que él me lo diría a mí y yo intentaría arreglar el malentendido —le dije.
—No quería que las cosas llegaran a tanto —lloriqueó, con la cara seca.
Eso es algo que nunca comprendí de ella. Si era tan buena fingiendo, por qué nunca pudo fingir bien su llanto. Había muchas razones para llorar. En ese momento no lo sabía, pensé que sólo la echaríamos a ella de nuestras vidas. Ahora que lo pienso, quisiera ponerme a llorar. Yo sí lo haría bien. Ese día inició la mayor pérdida de mi vida. Viví el mismo proceso que ella ya había pasado. Me tomó años darme cuenta de que Ibea se nos estaba escurriendo entre los dedos, como la primera lluvia, tan esperada y fugaz.
—¿Entonces qué pretendías?
—No es que me importara más Rictofen, es que estoy enojada con ustedes.
—¿Enojada? —eso sí no me lo esperaba.
—Sí. Me dejaron sola, acababa de terminar con mi novio y no les importó, ninguna fue para preguntar si estaba bien o si necesitaba compañía.
Abrí la boca para decir algo, sin saber bien qué, pero Ibea intervino.
—Ni siquiera nos avisaron que habían terminado, cómo se suponía que estuviéramos para ustedes.
—Pues debieron estar. Eso es lo que hacen los amigos.
Desde luego, en ese momento me pareció absurdo. Ahora, después de tantas relaciones fallidas en que me hubiera gustado poder recurrir a Ibea y no me parece accesible, lo entiendo todo. Ella previó el fin y lo hizo llegar más rápido. Por mi parte, ignoré las señales y la terminé perdiendo de igual forma.
En otra ocasión, un año después de esa conversación, nos reunimos sólo Ibea, Rictofen y yo, ya teníamos veintitrés años y habíamos ido de juerga a los Paseos de la Cerveza Rosa. Bebimos y reímos. La situación se había apaciguado, habíamos dejado a Peonia atrás, como un mal recuerdo al que a veces recurríamos como tema de conversación. Nos seguíamos preguntando qué le había pasado para tener ideas tan locas, por qué no habíamos notado las señales antes. Quién diría que esa sería nuestra penúltima salida.
—Me sorprendió ver su cara de incredulidad cuando le dije que no entendía por qué te había traicionado si era con quien mejor te llevabas —dije y di un buen trago a mi cerveza rosa cuyo sabor era dulce y afrutado.
—Ay, Malena, si supieras —suspiró Ibea.
—¿Qué cosa?
—Ya no importa.
—¿Pero qué?
—Cuando estábamos en la facultad de letras estaba enamorada de ti —soltó Rictofen.
—¿Tú sabías? —inquirió Ibea y todo el color de sus mejillas descendió varios grados—. De ella no me sorprendió, me conocía demasiado bien, sabía leerme, claro que lo descubrió sin que se lo dijera, pero no tenía idea de que tú también sabías.
—¡Obvio! Era muy obvio.
—No para mí —dije, aún sin comprender—. O sea que todos sabían menos yo.
En ese momento no comprendí la magnitud de la declaración. No debía trascender, Ibea tenía pareja y hablaba en pasado de sus sentimientos por mí. Con los meses, cuando fue evidente que se volvía cada vez más inaccesible y fantasmagórica, comencé a comprender y lo supe: ese había sido su cierre, el final de nuestra relación. Y una segunda certeza cayó sobre mí, como si de una mística se tratara, ella era mi segunda alma kármica y, aunque Raven había vuelto en diversas ocasiones sólo para irse de nuevo, algo me decía que Ibea sería diferente. Y lo fue. Ella nunca volvió. Y tampoco es que vaya a quedarme para comprobarlo. Moriré mañana esta última inútil vida. Inconsecuente y diminuta.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario