El primer semestre de universidad había sido un sueño y estaba preparada para vivir el segundo. Uno de nuestros amigos había decidido dejar la carrera, pero mientras Remi estuviera, no me importaba nada más. Nos llevábamos muy bien, hablábamos y bromeábamos todo el tiempo. Remi e Izzy eran mis mejores amigos. Estaba ansiosa por volver a clases. Así que, cuando inició segundo semestre y noté que Izzy tenía cierto interés por nuestra compañera de clase, Ofelia, no le di mayor importancia. Después de todo, Arlo había dejado la universidad e Izzy estaba en falta de un amigo, eso era todo.
Poco a poco noté que Ofelia se unía al grupo. La primera vez fue un día que llegué tarde a clases. No era algo extraño, vivía cerca y cuando menos lo esperaba la hora se había pasado y debía correr a la universidad. Pero durante años me arrepentí de no haber estado en ese primer encuentro, porque, por alguna razón, la conexión entre Remi, Izzy y Ofelia era irremediable y fuerte. Al principio eso tampoco me molestó. Se sentaba con nosotros en las clases, ya no le molestaba que habláramos y bromeáramos en plena cátedra de los maestros, sino que se unía a nuestra diversión. Me sentía bien de poder contribuir a su felicidad. Al menos hasta unos meses después.
Teníamos la costumbre de sentarnos en un jardín lleno de pasto y árboles a pasar las horas muertas. Cierto día, Izzy propuso llevar la guitarra de su hermana para que Remi tocara y cantara algo. Al final, resultó que Ofelia también sabía de música y les cantó una canción. Les gustó tanto a mis amigos que bautizaron el día como musiércoles y acordaron tocar música cada semana. No me hubiera molestado, Izzy y yo pasábamos bien aquellas horas, los escuchábamos y platicábamos mientras tanto. El problema era que Remi y Ofelia parecían llevarse cada vez mejor. Y eso me asustaba, ¿qué tal si se enamoraban? ¿Qué pasaría con ella entonces?
A mis sesenta y dos años ya no debería molestarme lo que pasó. Pero esas posibilidades me persiguen. Desearía haber encontrado la manera de detener lo que pasó. Mis intentos probablemente apresuraron lo inevitable: el final de la mejor etapa de mi vida. Después de esos dos primeros semestres, pensé que ya era tiempo de declararle a Remi lo que sentía. Él me rechazó con toda la delicadeza que pudo. No estaba interesado y en ese tiempo salía con alguien más, algo informal y pasajero. No quise insistir, lloré mucho tiempo por aquella pérdida. Admito que cambié mi actitud hacia él, todo el tiempo me sentía enfadada porque no me amaba. ¿Por qué no me amaba? ¿Qué tenía ella de lo que yo carecía?
En cuarto semestre decidí olvidarme de Remi, no quería arruinar nuestra amistad y poner en peligro todo lo que compartíamos. Pensé en conseguir un amigo con derechos, quizá entonces podría sentirme mejor. En la clase de Hermenéutica conocimos a un muchacho llamado Levy, tenía buen cuerpo y era divertido, características suficientes para mí. Parecía un fuck boy y eso me convenció. Nadie saldría herido. Todo estaba decidido hasta que Ofelia se me adelantó y lo besó en una salida a tomar. Me sorprendió tanto que estuve disociada todo el regreso a casa. Me sentía perseguida por el rechazo de Remi y sólo quería llamar su atención. “Alguien nos persigue”, musité una y otra vez, con lágrimas en los ojos. Remi me conducía tomada de su brazo. Era la única manera en que podía tenerlo, si estaba preocupado por mí. Así que no cambié mi expresión de susto y desesperación, de mirar sobre mi hombro y detenernos, para alargar el momento de la despedida. “No es nada, nadie nos persigue”, me decía, con su hermosa voz aterciopelada.
Se deshizo de mi agarre y la siguiente mitad del trayecto era bajo el cuidado de Ofelia. No confiaba en ella y pronto descubrí que ella tampoco se fiaba de mí. Aquella noche intenté ganarme su confianza al continuar con mi drama de locura. Nos bajamos del tren y caminamos por las silenciosas calles de la ciudad. Era un recorrido de veinte minutos. Nos faltaba poco para llegar a mi casa cuando decidí aplazar el momento, si conseguía que ella se preocupara por mí, le diría a Remi y él volvería a hablarme como antes. Así que comencé a llorar y a gritar lo mucho que amaba a Remi, lo mucho que lo extrañaba, despotriqué contra todo, “¿¡por qué no me quiere!?”, me tiré al piso entre lágrimas y palabras ininteligibles.
Ofelia permaneció de pie junto a mí. No parecía dispuesta a compadecerse de mí, así que, lo que había considerado un drama de cinco minutos para ablandarla convirtió el trayecto de veinte minutos en una hora. Y aunque cada cierto tiempo Ofelia me ayudaba a levantarme y a seguir, yo sabía que su rostro de pesadumbre era una máscara del fastidio que sentía por tener que llevarme a casa. Me obligó a llegar a la puerta y yo tuve que cortar de golpe con mi actuación. Después de eso, siempre noté el escepticismo en sus ojos, no conseguí que confiara en mí, todo lo contrario, sabía que mentía. Nunca me delató frente a los demás. Remi e Izzy me querían demasiado y me conocían de más tiempo, por lo que yo tenía las de ganar.
Ya había cometido un error como ese en segundo semestre frente a Izzy y Remi, pero nunca sentí que me vieran con desconfianza y tampoco a mí me pareció tan grave. Era una reacción natural de su parte preocuparse por mí y yo me sentía terrible. Por lo que le escribí a Remi que quería acabar con mi vida, que los coches en la avenida me llamaban y estaba sola. Luego apagué el teléfono cuando me di cuenta de que nada de aquello tenía sentido, él no me querría más ni se preocuparía. Al final aquello fue contraproducente, pues Remi debió decirles a Izzy y Ofelia, y se comunicaron con mis hermanos, ellos les dijeron que estaba cenando con ellos y estaba bien. Me enojé con todos, ¿qué derecho tenían de llamar a mi familia? ¿Y mi familia, acaso no había notado que estaba en las profundidades de la desesperación? Pero las consecuencias no llegaron más lejos, al día siguiente todos actuamos como si nada hubiera sucedido. Aunque tiempo después todos traerían el tema a colación, cuando el futuro comenzaba a desdibujarse y cada vez me sentía más distante de todo lo que había deseado tener.
Después del beso entre Levy y Ofelia, mis celos por su relación con Remi se redujeron considerablemente y pudimos ser amigas. Aún teníamos los musiércoles y ellos compartían además de la música el gusto por la misma comida, el estudio del alemán y un sentido del humor parecido. No obstante, me sentía más tranquila con su relación. Ya había visto que no se gustaban.
Mi inquietud volvió cuando Levy le dijo a Ofelia que estaba enamorado de Izzy y no podía estar con ella. Todos tuvimos que apoyarla en esos días de desilusión. Siempre era ella el centro de atención, desde que la habíamos conocido Izzy había dividido su cariño entre las dos y Remi había puesto casi toda su atención en ella e Izzy, ignorándome por completo.
El verano en que pasamos de cuarto a quinto semestre por fin conseguí que Remi considerara la idea de salir conmigo. Nos habíamos llevado tan mal esos meses, que parecía ser la única solución. Comenzó como amigos con derechos. Yo lo amaba y accedí porque en ese punto recibiría lo que fuera de su parte. Seguro lo haría cambiar de opinión. Y así fue. Era septiembre cuando les contamos a nuestras amigas. Sus caras expresaban sorpresa y no precisamente felicidad por mí. “¿Estás seguro? ¿La quieres de verdad?”, le preguntó Izzy con severidad. Era obvio que lo consideraba una mala idea. Ofelia no dijo nada, lo que me hizo pensar que tal vez estaba celosa porque por fin obtuve lo que deseaba. Nuestros meses juntos habían estado llenos de pasión y diversión. Salir con mi mejor amigo era todo lo que había soñado y mucho más. No obstante, la ansiedad de ambos por distintas razones no se hizo esperar y comenzaron las dificultades. Todas esas situaciones incómodas que son mínimas, pero crean problemas mayores.
La primera vez que Izzy y Ofelia fueron testigos de que las consecuencias de que saliéramos también las afectaría a ellas fue un día entre semana. Izzy había ido al baño y la esperábamos en el pasillo. Remi y Ofelia conversaban en alemán y yo no podía participar. Eso ya había arruinado mi humor. Así, cuando Izzy volvió, me pegué a ella y la división se hizo clara para todos. Remi y yo nos sentamos a lados opuestos, con Izzy y Ofelia en medio, pero ni siquiera ellas hablaron. “¿Has notado que Ofelia hoy nos está ignorando?”, pregunté. No era la única que nos ignoraba, y no estaba dispuesta a admitir que me pesaba la actitud de Remi. Izzy concordó con mi observación y toda la clase se vició de indiferencia por las dos partes.
Al salir, bajamos juntos en silencio las escaleras. "¿Lo vamos a hablar o...?", pregunté. Nos dirigimos hacia la bardita donde ellos pasaban el tiempo libre de su clase vespertina, a la que yo no me había podido inscribir por el trabajo. Me sentí más excluida aún. —Hoy Ofelia ha estado rara conmigo y me ha dicho comentarios súper mala onda, Remi y ella se pusieron a hablar en alemán para ignorarme —comencé.
La respuesta de Ofelia no se hizo esperar:
—Estábamos hablando en alemán porque estaba feliz de por fin poder decir más de una palabra, y no te dije nada mala onda, te dije que tu vestido parecía de hadita y me gritaste que no era cierto.
—Yo creo que es Izzy la que está rara hoy, no se quiso sentar conmigo, cuando anda de mal humor no sabemos cómo tratarla —dijo Remi.
Una vez más, la respuesta de Ofelia no se hizo esperar.
—Eso tampoco es cierto, ya sabemos que cuando Izzy se siente así sólo no hay que abrazarla y se le va pasando durante el día.
—Es verdad, ¿pasó algo entre ustedes? —nos preguntó Izzy.
Contuve la respiración y desee que no fuera tan perceptiva.
—¡Pamela me bloqueó anoche de whatsaap! —me acusó Remi.
Bajé la mirada, sorprendida. Se lo merecía.
—Porque él me estaba ignorando.
—Sólo no te contesté un ratito porque estaba ocupado.
Nuestras peleas siempre eran así, por malentendidos, por inconformidades.
Izzy y Ofelia se marcharon para dejarnos hablar.
No hablamos las cosas, no realmente, pero el descontento se esfumó cuando nos besamos y todo volvió a la normalidad. Esa normalidad estancada, como estar en pausa a la espera de que él consiguiera a alguien más.
Al día siguiente Izzy y Ofelia nos dijeron que habían hablado y llegado a la conclusión de que debíamos terminar. No las tomamos en serio. Éramos mejores amigos, no necesitábamos que nos dijeran cómo llevarnos bien. Al menos eso pensé de su intervención, no sabía que con el tiempo sería cada vez más difícil llevarnos bien.
Esta no es la historia de cómo conocí el amor y las amistades que me acompañarían de por vida. Al principio lo creí. Remi me había elegido, Izzy y yo éramos almas gemelas, pero un constante miedo ante el escepticismo de Ofelia me perseguía. Era como si estuviera lista para ser mi reemplazo cuando yo arruinara todo. Después de todo, ella sabía cosas. Todos sabían de mí lo que les había contado, no obstante, esa información en ella se sentía afilada, un arma que podía acabar conmigo.
No fue ella quien destruyó mis más preciadas amistades. Ya había hecho eso yo solita en ocasiones pasadas. Al entrar a la universidad me había prometido cambiar.
Mi relación con Remi decayó, inevitablemente. Todos los días eran peleas o ignorarnos. Siempre nos sentíamos mal y nuestro malestar impregnaba todo lo circundante. Decidimos irnos de intercambio. Él a Alemania y yo a España. Hicimos los trámites necesarios y fuimos aceptados para cursar séptimo semestre en el extranjero. A Izzy y Ofelia pareció aliviarlas nuestra ausencia, ellas se habían vuelto cada vez más unidas. Me sentía insegura junto a ellas, era probable que no les cayera bien por haber arruinado la dinámica que llevábamos antes de mi noviazgo con Remi.
Lo inesperado llegó unos meses después, algo que incluso en papel suena poco creíble porque nadie espera perder tres años de su vida encerrado en casa: la pandemia de Coronavirus. Para algunos letal, para otros un dolor de cabeza y perder el olfato. Yo les dije a mis amigos que para mí podía ser mortal por mis numerosas enfermedades crónicas. Les mandaba fotos de mis inyecciones, pero no recibí ninguna palabra de aliento por parte de mis supuestas amigas. Cada una se encerró en su propio mundo y prácticamente dejamos de hablar. Los intercambios fueron cancelados y las clases virtualizadas.
Remi y yo terminamos el primer semestre de estar separados y no se lo dijimos a nadie. Lloré todos los días. Mi familia pronto lo odió, no por lo que yo decía de él, sino por lo que vieron que me hizo, en lo que me convirtió.
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