sábado, 29 de abril de 2023

Poema a mi vulva

Mi vulva es parte de mi totalidad, 
acaso tan importante como mi corazón y mi cerebro -el primero, característica principal adjudicada a las mujeres, el segundo, miembro negado por la sociedad a nuestro género-, pero invisibilizada como si su existencia diera miedo, como si fuera un gran secreto. 
Mi vulva es fuente de texturas y fluidez, 
es templo y paraíso, es diosa y es naturaleza, guarda los secretos de la tierra y el futuro de la humanidad.
Mi vulva se acopla a las de otras mujeres cuando estamos cerca. Cuando sangramos, lo hacemos al mismo tiempo; cuando la felicidad de otra nos contagia, la sentimos húmeda entre nuestras piernas. Así, mis emociones tienen irremediable ligazón con esa parte de mí, que es buena escucha, rara vez egoísta y nunca causa de lucha, porque para eso primero tendría que existir. 

jueves, 27 de abril de 2023

Ensayo sobre la realidad femenina

Somos reales, somos la mitad de la población y ya no guardaremos silencio, aunque se nos llene la boca de moscas y no seamos más bonitas calladitas. 
Nos han vuelto espejismos, seres transparentes y camaleónicos que se acoplan a sus deseos y expectativas, ¿No son las palabras más molestas para llevar a cabo en acciones? No hay peor manera de reducir a una persona que ponerla en la silueta de aquello que existe sólo en la cabeza masculina del mundo. Oh, pero no existe sólo en la mente de los hombres, la tradición y todos los arquetipos e ideales nos han contaminado semánticamente, hemos formado parte de este sistema desde el principio. Porque en un mundo construido por hombres y para ellos, no hay manera de que las mujeres encajemos siendo nosotras mismas. ¿Son acaso las mujeres débiles e incapaces o es que nadie pensó en ellas al instaurar el funcionamiento del mundo?
No hay placer sin vergüenza, nos enseñan a avergonzarnos de nuestra sexualidad, erotismo y a confundir violencia con amor, negación con "tal vez", "sí" o "si no tuviera novio"; intercambiamos nuestro cuerpo por el placer que pudimos adquirir primero en la seguridad de nuestra propia compañía. 
Ni hablar de cuando seguimos paso a paso lo que la sociedad exige de nosotras y estudiamos sin "embarazarnos" (palabra que deslinda de responsabilidad al hombre), conseguimos trabajo, nos enamoramos, y, por alguna razón, con el amor llegan los hijos, y el trabajo queda desplazado, por lo que la sociedad dice "qué desperdicio de carrera". Mientras no hay pareja, la sociedad pregunta, para cuándo el novio; si existe un novio, la sociedad pregunta, para cuándo la boda; si dan el siguiente paso, y se juntan, todos hablan mal de la mujer, como si de ella dependiera todo, como si el hecho de no tener un papel la hiciera irresponsable e indigna de respeto. Cuando hay boda, preguntan, para cuándo los hijos. Si la mujer tiene hijos y deja de trabajar para criarlos, sucede lo esperado, la sociedad escupe en su título universitario, qué pérdida para los padres que le pagaron los estudios; no obstante, si sigue trabajando y deja a los niños en guardería o con su madre, la sociedad se levantará indignada por la falta de interés en el futuro de la humanidad (y ni hablar del aborto porque eso se considera aún pecado). De un modo u otro, "la mujer pierde más", como decían nuestras madres, porque la mayoría de ellas son solteras, trabajan y hacen lo posible por cuidar a sus hijos. Pero si el crimen crece en el país, es culpa de las mujeres por no quedarse en casa a cuidar de sus hijos, por haberlos tenido en primer lugar si no tenían tiempo, o esposo, o madre que las ayudara. Pero si se menciona el aborto porque ser madre es dejar de ser persona en esta sociedad, entonces "los valores se han perdido", serás mal vista y hasta maldecida por el Dios patriarcal que hizo de Eva un ícono de la desobediencia y la traición. Un Dios que nos regaló dolor menstrual (innecesario y no solicitado para las que no buscamos la maternidad), el dolor de parto, la depresión pos parto, y más aún, el dolor de la heterosexualidad y de los hombres. 
En ese sentido, no hay manera en que el origen de todos los males femeninos provenga de los hombres. Probablemente no es así. Sin embargo, es evidente que la población femenina es lo otro. La no comprendida a quien nunca le preguntan ni la dejan explicarse porque no hay interés. Así, el sistema está adecuado a medida y provecho de quienes lo hicieron. De ahí que la mayoría de las compañías, empresas e instituciones sean regidas por hombres. Que tengan el mínimo necesario de mujeres en los puestos de jefatura. Que nos sigan felicitando por el día de la mujer, mientras ese día en el trabajo ponen a hombres a dar conferencias sobre cómo ser mujer, cómo educar a los hijos y quedarse en casa para crear buenos ciudadanos, terminar de criar y cuidar a los esposos. O que en los post de Facebook de las instituciones religiosas cristiano-católicas se hable todavía de ideales femeninos bíblicos, de cómo la mujer no debería aspirar a tener independencia económica para sí, sino para ser la ayuda ideal del hombre, que para eso nos sacó Dios de la costilla de Adán, y le debemos a Dios la creación y al hombre un pedazo de su carne. Como si no fuera al revés el proceso reproductivo, donde son los hombres los que salen de vientres femeninos. Hasta en ese caso quisieron llevarse el crédito y hacer un libro que los exaltara en todo. 
David, el hombre conforme al corazón de Dios, mató al esposo de Betsabé, se acostó con ella y tuvieron un hijo que murió "por su pecado"; como David se arrepintió, quedó en la historia como el bueno redimido, pero no se molestaron en seguir con la historia de la mujer a la que le arruinó la vida. O Lot, que, para salvar a unos ángeles de ser atacados por hombres (¿Qué no podían irse de vuelta al cielo con sus super poderes o exterminar a sus atacantes, simples humanos?), ofreció a sus hijas como intercambio para que hicieran con ellas lo que quisieran y fue nombrado un hombre sabio por la Biblia. 
Desde luego, si la sociedad de hoy no pretendiera que siguiéramos aún ese libro como pauta de la forma correcta de vivir, no lo mencionaría. Pero es un claro ejemplo de cómo la mujer siempre ha sido espectadora impotente en su propia vida. Si nos acercamos al presente, a lo sucedido a escritoras del siglo XX durante el Boom latinoamericano, poco sabemos respecto a ellas, en antologías con cuarenta autores masculinos, encontramos quizá a las siguientes mujeres: Gabriela Mistral, Inés Arredondo, Amparo Dávila, Elena Garro, Elena Poniatowska y Rosario Castellanos. No compartirán una misma antología todas juntas porque no todas escribieron el mismo género.
De existir más autoras (que las hay), quizá la culpa (si la tiene alguien) sigue siendo del sistema, en este caso, de las universidades con carreras de literatura, problema que inicia desde nuestra educación primaria, donde normalizaron los libros de texto sin la presencia de mujeres en ellos. Por tanto, en la universidad, nos venden ideas de libertad, pero nos cortan las alas de la escritura porque leemos a autores como Carlos Fuentes, Élmer Mendoza, José Revueltas y Gabriel García Márquez (a Ibargüengoitia y a Cortázar los excluyo un poco de esta lista). Leemos a tales autores y no nos sentimos capaces de escribir como ellos, no nos reconocemos en sus textos racionales y oscuros, ni en sus personajes femeninos que admiran, idolatran y aman a sus personajes masculinos pretenciosos. Muchas perdemos la intención de escribir por el simple hecho de no sentirnos suficiente para el sistema, de que en los concursos ganan hombres porque el jurado está mayormente compuesto por ellos y se festejan unos a otros aunque sólo tengan publicado un poema y ese poema hable de futbol. A las mujeres más brillantes les fueron negados espacios que se consideraban de hombres hasta finales del siglo XX, no era falta de interés, era falta de permiso. Y aún nos preguntamos por qué tantas escritoras están siendo descubiertas un siglo después de su muerte, por qué Wattpad está compuesto en su mayoría por creadoras mujeres, la respuesta es que los espacios siguen perteneciendo a los hombres.
Sabemos que a las mujeres siempre se les han negado ciertos espacios que se dicen "masculinos", incluso si es un deporte que puede ser llevado a cabo por mujeres, como el basket o el futbol, han de añadir al nombre del deporte "femenil", como si el deporte requiriera de género o como si quisieran recordarnos que nuestro lugar está en la cocina, al cuidado de nuestros hijos e hijas. Las mujeres esperan en casa y los hombres salen con sus amigos, pero si la mujer sale, necesita dar explicaciones, si, por otro lado, pide explicaciones al esposo, es una histérica. 
Hablemos de esos adjetivos, existe vocabulario específico al momento de adjudicar características según el género, lo que en los hombres son cualidades, en las mujeres son defectos: si él es estratégico, ella es calculadora, si él es atento, ella es intensa, si ella es responsable de sus hijos, hace lo que como madre se espera, a nadie le sorprende, pero si él es responsable con sus hijos, lo alaban y hacen películas sobre él (como Disney). Tenemos tan internalizada la visión masculina que apenas notamos que si los hombres son los protagonistas, las mujeres son las novias, madres o el movilizador de la historia, como Helena que fue secuestrada en La Ilíada, u Ofelia, que era objeto de deseo en Hamlet, pero existen sólo con respecto al héroe. Incluso en la historia, recordamos a muchas mujeres como la esposa de alguien, como era el caso de Elena Garro por haber sido esposa de Octavio Paz, su nombre fue olvidado por mucho tiempo aunque sus cuentos son excelentes por sí mismos. 
El sexismo no es un problema localizado, de hecho, en muchos lugares no se considera un problema porque los hombres aún se consideran nuestros protectores, proveedores, dueños, al tiempo que se consideran libres y con derecho de hacer lo que quieran a costa de que sean sus esposas quienes se queden después del trabajo a hacer la comida, lavar la ropa, hacer el aseo general de la casa y, si los hay, cuidar de los niños. El sistema sobre el fue fue creado el mundo es patriarcal y sexista.
En la actualidad, los feminicidios y desapariciones están fuera de control y lo único que se escucha decir a la parte machista de la sociedad (hombres y mujeres) son preguntas sobre la situación, como si la culpa fuera de la víctima y no del violador, secuestrador o asesino. "¿Qué hora era? ¿Qué hacía a esa hora fuera de su casa? ¿Cómo iba vestida?" Y otra serie de preguntas sin relevancia en la situación. Lo mismo sucede con las madres solteras, aunque la comparación parezca descomunal, si un hombre abandona a una mujer  y a su hijo, todos la señalan y dicen "no eligió bien" o "no lo ha de haber cuidado bien, los hombres también se cansan". En cambio, si un hombre, aunque sea ficticio en cine o en la literatura, cuida de sus hijos, es admirado y alabado, sobre todo si lo hace sin ayuda de la mamá. Si lo hace con la mamá, sólo tiene que cargar al retoño y darle biberón un par de veces para que la sociedad le aplauda.
El sistema está tan bien construido que, incluso si un hombre no da pensión alimenticia a su hijo o hija, tiene derecho de verlos, y, si la mujer no demanda al esposo abandonador, corre peligro de que él le quite la custodia de sus hijos al no haber registro legal alguno contra él; en ese caso, la madre está obligada a dar la pensión alimenticia. Y la sociedad culpa a la mujer por esta nueva ley, por haber peleado por igualdad, sin ver que el problema de desigualdad no se resuelve de un momento a otro, ni de un siglo a otro. Es tan sólido que se escuchan comentarios contra las luchas feministas, pues "ya tenemos todos los derechos", que básicamente consisten en estudiar, votar y trabajar, aunado a lo que ya se esperaba de nosotras desde hace dos mil años, que es casarnos, ser buenas esposas, madres, servir a la familia. 
Esto me lleva a las marchas feministas, me hace preguntarme por qué no existe un término para los feminista-fóbicos, quienes dicen "esa no es la manera", al ver una vulva pintada en Benito Juárez o el cristal de Bancomer hecho añicos. "Hay otras formas, así nadie las va a escuchar". Pues a nosotras nos encantaría escuchar cuáles son esas otras maneras. Nos separan unas a las otras como "feministas" y "radicales", quisieran ponernos en contra unas de otras y, probablemente muchas veces lo consiguen, pero son esos grupos radicales quienes harán escándalo si alguna de nosotras desaparece, las que destruirán cosas y se moverán con furia sin conocernos. 
Esto iba a ser un poema, en cambio, se convirtió en una suerte de desahogo por toda esta injusticia, opresión y normalización, por la cosificación que sufrimos día a día. Somos máquinas creadoras de vida, de dinero, de cariño, de comprensión. Se espera de nosotras lo que nunca vamos a recibir porque "no tenemos por qué ser como los hombres", "ellos son así", no esperamos mucho de ellos y ellos así están bien. Nosotras somos las débiles, las que tenemos que adaptarse, las que tenemos que sobrevivir, porque si salimos lastimadas, si nos acosan, secuestran, violan o asesinan, seguro fue por nuestra forma de vestir, por la hora en que salimos, con quién salimos o por los pecados que hemos acumulado sólo por ser mujeres. Si sufrimos en una relación abusiva, fue nuestra culpa por quedarnos, por no saber valorarlos, por no tener autoestima y no porque nos topamos con un hombre violento. Si nos son infieles es porque no supimos satisfacerlos, si nos dejan, es porque seguro nosotras también anduvimos de canijas, si tenemos un hijo es porque no nos cuidamos o porque queríamos atrapar al hombre. 
El foco de atención está sobre las mujeres siempre. En su forma de actuar, pero también en su figura, en su apariencia, si está muy flaca, si está gorda, si tiene acné, si tiene arrugas, canas, celulitis, lonjitas, vellos, ojos chicos o pestañas pequeñas, en fin, si no entra en el canon europeo de belleza o en el ideal femenino bíblico, entonces, hay algo mal con nosotras. Para darnos a respetar sin que importe nuestro físico, tenemos la obligación de tener una personalidad brillante o de ser súper inteligentes, de ser exitosas o talentosas en algo. Si no somos bonitas, aunque sea hay que ser bondadosas. Tantos condicionales, tantas omisiones y represiones. Pero aún si fuéramos bonitas, talentosas, bondadosas, inteligentes y todo lo que se espera de nosotras en el ideal, seríamos defraudadas, criticadas y señaladas por la sociedad. Pongo como ejemplo a las artistas de hoy, Taylor Swift (con doctorado, Grammies y decenas de canciones), Miley Cyrus (actriz, cantante, creadora) o Lana del Rey (con un viaje del héroe en la totalidad de sus canciones) que son la comidilla de los medios, cada paso que dan las pone en boca de todos. Ya sea porque escriben de sus relaciones, porque su forma de contar las cosas no es del agrado de la gente o porque al ser tan talentosas causan envidias y críticas machistas. 
Sea lo que sea, es evidente cómo los espacios siguen perteneciendo a hombres que se premian entre sí, que se respaldan unos a otros mientras dicen que el peor enemigo de una mujer, es otra mujer, que nos destrozamos unas a otras, que la moda impera porque nosotras queremos, que ellos viven y dejan vivir. Si tan sólo eso fuera cierto. Pero las noticias aunque omiten la mayoría de los casos, o nos disminuyen a números, no mienten. En la radio se escucha cómo una mujer fue asesinada por celos del esposo, porque iba a dejar a su novio, porque fue violada o porque desapareció. En México mueren de forma violenta diez mujeres al día. Y no, no nos mató que otra mujer nos dijera que nuestro maquillaje está feo, o que cocinamos mal o que no cuidamos bien a nuestro marido. Somos sensibles al mundo, pero no nos matan las palabras de otras mujeres, podemos resistir en relaciones violentas hasta que reunimos el valor de irnos, valor que sale de nuestras entrañas porque la sociedad nunca nos ayudará sin el morbo de vernos diminutas. Esas decisiones valientes han causado las muertes de muchas mujeres. Pero incluso esa frase quita responsabilidad a los asesinos, no fue la valentía, sino la violencia imperante y normalizada de poder la que acabó con todas esas vidas.

martes, 18 de abril de 2023

Míranos ahora

¿Recuerdas ese sueño? Yo era como un monstruo.

Batía mis alas al bailar entre las llamas de tus ojos.

Te temía, tú a mí también.

Aprendimos a querernos, a dejar de perdernos.


En los pliegues de esa cama, 

donde el tiempo parecía no ocurrir, 

cambiaron tantas cosas, 

nos hicimos sonreír.


De los viajes que recuerdo, 

no volví a ser sólo yo, 

me convertí en artista, 

de tu persona una arista 

y me volví más yo misma.


¿Recuerdas esos días? Yo era como un monstruo, 

no debías hacerme llorar, 

era mi decisión derramar mis olas interiores, 

eso me decías cuando me deshacía en tus brazos una vez más.


En mis instantes junto a ti, 

me volvía mar, playa, sol. 

La calidez que guardabas era un espejo, 

que me retaba a verme.


De la soledad que emanaba de esos sueños

poco recuerdo además de tu mirada,

quería para mí todo lo que eras, 

pero míranos ahora.



sábado, 15 de abril de 2023

Semiótica de la corporalidad: Pasionalidad en rituales

La antigüedad estaba conformada por creencias e ideologías que determinaban la forma de vida. Antes de la ciencia estuvo la religión, cuyo antecedente fue la magia. Actos secuenciales y ritos de distintas naturalezas plagan los estudios antropológicos. De ahí, el tema de este trabajo incide en la semiótica de la corporalidad en relación con la antropología del rito en culturas antiguas. A continuación, caro lector, se plantea la siguiente hipótesis, describir cómo se manifiesta la pasionalidad en el cuerpo durante los rituales. Reflexión producida a partir de la cuarta generación semiótica, la cual toma al cuerpo como objeto sensible y vivo de significación, manifestación y percepción de las acciones producidas sobre el mismo. Para ello, se seguirán tres direcciones epistémicas: (1) el ritual como protección y cambio; (2) magia contaminante, la pertenencia de piezas corporales aún después de su separación; y (3) el ritual de posesión corporal, ya sea por un dios (con convulsiones y actos), por un esposo (consumación del matrimonio), enfermedad (daños), fertilidad (un ser dentro de otro) y prostitución (renuncia), fundamentadas en los estudios antropológicos de Frazer (2019) y antroposemióticos de Le Breton (1999), así como semióticos de Fabbri (2000). De esta manera, se presenta al cuerpo como receptor del mundo que lo rodea, ya no se limita a las palabras, acciones y pasiones, ahora toma lo integral multisensorial. La materia corpórea experimenta los rituales aplicados por el otro, quien muchas veces ayuda a desentenderse de lo físico y ascender a lo divino. Así, se evidencia una semiótica del rito corpóreo.

Los avances del campo de la semiótica no omiten sus primeros pasos. Los acercamientos de la cuarta generación son una integración de las tres anteriores en función y contacto con lo corporal. Es innegable que la complejidad es mucho mayor a eso, mas, se puede decir que no es un campo cerrado de estudio. Diversos autores han hablado sobre las revoluciones semióticas, si bien, Dorrá (1997) no profundiza en la cuarta generación, da un informe conciso acerca de las particularidades de las otras tres. Presenta la primera generación como el resultado de los estudios de Saussure y Hjelmslev, centrada en lo cognitivo, los significados estables de las palabras; la segunda, como la semiótica actancial, cuando el sujeto actúa conforme a sus deseos y competencias (pragmático), con el trabajo de Propp y Lévi-Strauss, entre muchos otros; la tercera, protagonizada por Du sens II de Greimas, con el proceso de la significación, llamado narratividad, en la semiótica patémica, las pasiones de lo sensible. La semiótica del cuerpo, por otro lado, ha sido estudiada por diversos autores, tales como Greimas (relación sensorial entre objeto-sujeto), Merleau (quiasmo e intercorporalidad), Fabbri (corporalidad y pasionalidad), Fontanille (figuras semióticas del cuerpo), Ramírez (dualidad y quiasmo), et sequens. Por esto, la semiótica es un estudio nuevo, abierto a muchas posibilidades de investigación. Entonces, las revoluciones semióticas son engranajes en función de la significación. Pues cada una, complementa los niveles semióticos para el análisis.

Los organismos materiales y conscientes manifiestan sus afectividades y afecciones por medio del cuerpo. Cuando alguien llora convulsamente, tose discretamente para demostrar su incomodidad o da un respingo al ser llamado en su ensimismamiento. Todas ellas son situaciones externas, internalizadas para aflorar en la corporalidad. La «pasionalidad» es el resultado de la recepción de las acciones ajenas en la materia corpórea. Como indica Fabbri: “La pasión es el punto de vista de quien es impresionado y transformado con respecto a una acción” (2000, p. 61). Consecuentemente, la impresión causada por acciones activa una respuesta corporal, por ejemplo, si se trata de un ritual de posesión, se espera que el poseído se convulsione y pierda control sobre sus extremidades[1]; o, en todo caso, durante la posesión de fertilidad, donde un ser germina dentro de otro, el vientre debe crecer como reacción al ritual previo al embarazo, como la consumación del matrimonio o la prostitución. Considero que la pasionalidad reúne los estados, funciones y transformaciones del cuerpo, debido a una acción previa, la cual desencadena todo lo demás. Por tanto, la alegría, miedo o vergüenza de engendrar un hijo; la desesperación por recibir el favor del dios y caer en fuertes estremecimientos, la rendición al tacto de los hombres como profesión, son la transformación pasional por la acción. En algunos casos, se produce la estesis de volver a vivir lo vivido[2]: un segundo hijo, otra posesión del dios o el encuentro corporal de una pareja. Tales pasiones se llevan a cabo en tiempos, ritmos y modos específicos.

Los seres humanos están protegidos por una cáscara con capacidades sensoriales. La cual les sirve para experimentar el mundo y los objetos en él. Asimismo, les permite relacionarse con otros entes de igual conformación en sentidos afectivos, táctiles o sensoriales. Todo por medio del «cuerpo», materialidad motriz revestida de piel que percibe los objetos del mundo. Para Le Breton (1999) la biología no determina lo corporal de los humanos, sino la forma en la cual lo invisten y perciben como estructura simbólica, capaz de sentir dolor, enfermedad y definirse como una totalidad del sujeto. De este modo, en algunos rituales el cuerpo se unge con aceites, en otros se pinta de blanco y de él cuelgan abalorios, se despoja de ropa o se viste con taparrabos. Personalmente, la significación del material corpóreo varía en cada sociedad, en el uso y valor otorgado, mas es imperfecto y no se puede programar. En cuanto a tales «rituales», se trata de prácticas religiosas, maritales, biológicas, afectivas o de protección, que requieren de acciones para dar resultados. Para Frazer (2019), hay rituales de magia contaminante, en la cual, existe una simpatía entre una persona y las partes separadas[3] de su fisionomía, así como existen rituales de posesión[4] y protección[5]. De ahí, las prácticas rituales giran en torno a la dualidad[6] materia-espíritu. En lo personal, se toma al cuerpo vivo y sensible como un instrumento para el ritual. La corporalidad es imprescindible para los rituales antiguos y actuales (para los dioses o de fertilidad, pero también en la religión contemporánea hay ritos corporales[7]). Se trata de sistemas complejos de percepción y sensibilidad. Pues experimentamos el mundo gracias a nuestros sentidos.

La semiótica de cuarta generación reivindica la importancia del cuerpo en la significación. A fuerza de que los contextos, acciones y pasiones recaen o alteran sus estados. Por tanto, la diversidad en las formas de vida fue tomada en cuenta más allá de la medicina o la antropología. En resumen, la materia corporal funciona como contenedor del dios durante la posesión, del hijo durante el embarazo; de protección física o pantomímica; sus estados varían según cada ritual o práctica corporal donde se experimenta la pasionalidad de las acciones del otro sobre el cuerpo sensible, vivo, imperfecto y variable, según cada cultura. No se trataron otros tipos de rituales como los sacrificios aztecas, donde el corazón y la sangre, los efluvios y desmadejamientos eran de vital importancia; esto no quiere decir que los ejemplos elegidos sean los únicos dentro de la clasificación elaborada. En definitiva, la pasionalidad durante los rituales se efectúa por otro en el cuerpo propio, así como resulta inevitable reaccionar con la corporalidad ante sucesos afectivos, su manifestación se da con convulsiones, crecimiento del vientre, afecciones de enfermedad, contracciones de dolor, u otros efectos sensoriales como el placer y deseo de la estesis. Desde mi punto de vista, la semiótica de la corporalidad reinstaura las posibilidades de vida al permitir la unión integral con las generaciones anteriores. Por tanto, el ritual sobre el cuerpo sensible es una forma de significación. Y el revestimiento de piel lo es también de tradición. Así, la corporalidad abarca todas las culturas y todas las formas de vidas, no hay escapatoria[8].



Referencias:

Dorrá, Raúl. (1997). “Perspectiva de la semiótica” (pp. 7- 19). En De la imperfección. México: Fondo de Cultura Económica.

Fabbri, Paolo. (2000). “Capítulo II. Lo conocible y los modelos” (pp. 55 - 92). El giro semiótico. España, Barcelona: Gedisa.

Frazer, James George. (2019). “Capítulo 3. Magia y religión” (pp. 23-48), “Capítulo 4. Dioses humanos” (pp. 49-61) y “Capítulo 6. El culto a los árboles” (pp. 66- 77). En La rama dorada. Libro I. El rey del bosque. México: Fondo de Cultura Económica.

_________________. (2019). “Capítulo 7. Prostitución sagrada” (pp. 246- 254). En La rama dorada. Libro II. Occisión del dios. México: Fondo de Cultura Económica.

Le Breton, David. (1999). “Aspectos antropológicos del dolor” (pp. 50 - 98). Antropología del dolor. España: Seix Barral.




[1] “El dios entraba en el sacerdote, éste se agitaba accionando violentamente hasta llegar al frenesí; los miembros retorcidos, el cuerpo convulso, la fisonomía terrible, las facciones contraídas, los ojos extraviados. En este estado solía rodar por tierra con la boca llena de espumarajos como si forcejeara bajo la influencia de la divinidad que le poseía” (Frazer, 2019, p. 51).


[2] O el /querer/ volver a sentir lo sentido, vivir lo vivido.


[3] Tales como el cabello, recortes de uña, cordón umbilical, dientes, placenta, ropa o huella: “La gente tenía cuidado de no arrojar el cordón umbilical al agua ni al fuego, pues si lo hicieran, el niño moriría ahogado o quemado” (Frazer, 2019, p. 34). En cuanto a la huella, se creía que, si un enemigo clavaba un cuchillo en ella, causaría dolores articulares a su dueño, era la forma de explicar la artritis, dolores reumáticos y otras enfermedades musculares (2019, pp. 36-37).


[4] De un dios -convulsiones-, marido -consumación del matrimonio, enfermedad o dolor; de fertilidad -crecimiento de otro cuerpo dentro del cuerpo-; prostitución -como renuncia del cuerpo propio y entrega-.


[5] Rituales de mujeres cuando sus maridos van a la guerra o desean tener un hijo-. En el primer caso, Frazer (2019, p. 31) pone dos ejemplos, el de África Occidental donde las mujeres danzaban con los cuerpos pintados de medias lunas y círculos blancos y el de Costa de Oro en Ghana, donde las esposas de quienes habían marchado a la guerra, se pintaban de blanco y corrían de un lado a otro, armadas con palos, y rajaban papayas verdes para que los hombres hicieran con facilidad a sus enemigos lo que ellas hacían a las papayas. En el segundo caso, las mujeres estériles rodaban por el suelo bajo un manzano solitario para tener hijos o en la tribu maorí, tendrían hijos con sólo abrazar un árbol (Frazer, 2019, p. 70).


[6] Concepto tomado de Mario Teodoro Ramírez en su obra La filosofía del quiasmo (2013).


[7] Como los bautizos, las procesiones y oraciones -donde todos inclinan el rostro y oran con los ojos cerrados-).


[8] Pues incluso en la muerte, el cuerpo es envuelto en una mortaja, incinerado, guardado en una caja, etc., aunque pierde lo sensorial, pierde todo; de ahí quizá el desplazamiento que sufrió el cuerpo en detrimento del alma, la cual, supuestamente sigue existiendo aún después de la muerte.


jueves, 13 de abril de 2023

En la tierra somos fugazmente grandiosos de Ocean Vuong

Muerte y belleza, conceptos conectados por toda una tradición. Épocas enteras se han dedicado a crear en torno a ellos, ¿acaso no hay belleza en la pérdida, en las despedidas, en la tristeza y soledad? Quizá esa desposesión es uno de los sentimientos más humanos y, por tanto, resulta atractiva para los creadores. Ocean Vuong (Ho Chi Minh, 1988) nació en época de guerra, por tanto, conoció de muerte desde muy joven. Esto se ve reflejado continuamente en su libro En la tierra somos fugazmente grandiosos, publicado en 2019, donde habla de ambos conceptos desde una perspectiva de aceptación y transformación en un escenario de guerra. Podría decirse que existe una naturalización por parte de Vuong cuando habla de las pérdidas que tuvo su personaje, pues demuestra que la ausencia no depende únicamente de dejar de respirar, muchas veces son decisiones o lejanía irremediable. El narrador escribe sobre su vida desde joven, las personas cercanas a él, habla mucho sobre su abuela, su madre y Trevor; de cómo con él experimentó su sexualidad y se cuestionó sobre sí mismo, habla de sus muertes, incluso la de aquellos que no han muerto. La novela muestra cómo una persona puede ser un sentimiento, que nadie vive cien años, y cuestiona la memoria del día más feliz de nuestra vida, o quizá el más triste. La novela está escrita en prosa poética, con lenguaje figurado. Es de tipo epistolar, se dirige a su madre, lo que le otorga un tono intimista y de familiaridad, pero también le cuenta sobre Trevor y muchos detalles de su relación, en parte porque quería dejar plasmada esa cadena de momentos, en parte porque sabía que ella nunca lo leería. Lo cual vuelve aún más desoladora la idea general del libro. 

    Belleza y muerte han convivido a lo largo de la historia, sobre todo en momentos en que el arte romantiza lo enfermizo y lo trágico, como el romanticismo o la época medieval en la literatura. Sin embargo, no es esa clase de exaltación la que se experimenta en las páginas de En la tierra somos fugazmente grandiosos, sino un camino de vida, una existencia completa que se cuestiona a sí misma sobre su forma de existir. Vuong enlaza el lenguaje con el transitar por la vida, porque sin lengua no hay posibilidad de alcanzar al otro y sin otro, la vida se convierte en un campo sin flores. El narrador aborda las dificultades que vivía desde pequeño al mudarse a un nuevo país porque tenía acento marcado y su madre no hablaba inglés. Vuong escribe "la lengua te delataba. Al parecer, en los Estados Unidos uno no recibe «el visto bueno» sin el inglés", p.65. Sufrían de ser diferentes en un lugar donde ser distinto era razón para ser señalado y nunca formar parte. Además, el protagonista no sólo es extranjero, sino también homosexual, por lo que no sólo vive racismo, sino agresiones como un hombre no heteronormativo. Hay una parte del libro, cuando menciona que no existía una palabra para la homosexualidad y los posicionaban junto a pe dé o pederasta del vietnamita, que enfatiza las carencias de las que sufría el lenguaje, no sólo por vivir en otro país, sino por la homofobia que siempre ha estado presente. Por tanto, los cuestionamientos en torno al lenguaje y al existir son dos hilos conductores que se mueven juntos en la novela. Vuong escribe que las cosas sin nombre se pierden, pero ¿qué pasa cuando no se conoce la lengua para nombrarlas? ¿Acaso uno está perdido? Como la madre del protagonista, que vivió así,  sin saber leer, sin lenguaje, sin voz. 

La novela consigue desarrollar una comprensión profunda sobre todos los personajes. La voz narrativa se explaya y poco a poco presenta a su madre, Rose, que, como él indica, también significa "se levantó", rose del inglés, lo cual me parece un análisis hermoso del nombre de una madre que ha pasado por tanto y cuya vida nunca fue lo que ella hubiera deseado. El autor dice "que lo que tienes que hacer es esperar hasta que la tormenta te pase por alto y veas que, en efecto, tu nombre sigue asociado a algo con vida", p. 152. Cabe mencionar que Rose no tuvo opción, pues tenía que hacerse cargo de su hijo, en este caso, esa era la razón de seguir con vida. Un tema digno de resaltar es precisamente el del sacrificio por los hijos como parte de la figura femenina ideal, existe como La madre y no como persona por sí misma. El hecho de que su hijo le devuelva su nombre y le dé un significado, la reivindica hasta cierto punto. Una mujer que tiene vida sólo a través del hijo que le escribe, pareciera dar a entender que está muerta; sin embargo, hay una ocasión en que aclara que sigue viva, simplemente no leerá ese libro porque no sabe leer. "Aquella noche me prometí a mí mismo que nunca me quedaría sin palabras cuando necesitaras que hablara por ti", p. 44. Estas palabras demuestran la comprensión que llegó a tener el personaje sobre su madre con los años y de los obstáculos con los que vivía día con día. Considero que tales limitaciones están directamente ligadas a la cultura y la época de la que provenía y a la que llegó como inmigrante. Pues ni una ni otra fueron amables con una mujer sin esposo y con un hijo. No hay nada de bello en esta clase de muerte. Una vida que pasa sin ser lo que uno espera, una madre que tiene un nombre que la eleva, ahí está la belleza, pero no hay consuelo en ella, tal vez por eso se lleva tan bien con la muerte.

Las miradas son otro tema que aborda Voung en su libro. En su poética, son puentes entre personas, desvelan secretos y también los guardan. Existe una conexión entre el sentido visual, los colores y las palabras, como si en ellos estuvieran contenidos los sentimientos y las situaciones. Diserta sobre lo peligroso que puede ser un color; señala cómo algo tan simple como el color rosa utilizado por un niño en su bicicleta es algo político; y cómo los estereotipos y prejuicios nos abrazan desde la niñez y nos obligan a actuar conforme dicta la sociedad como norma. En el mismo hilo del sentido visual, Vuong explica que la belleza existe sólo fuera de sí misma, así como hay cosas que son bellas sólo por ser. Por ejemplo, el vivir: "Quiero insistir en que el hecho de estar vivos es lo bastante hermoso como para merecer una réplica" (Vuong, 2020, p. 154). Las miradas se sienten, queremos sentirlas y eso nos hace sentir vivos, conectados con los demás no sólo mediante el lenguaje, sino también las miradas, la belleza de vivir. También dice que "la mirada es un acto singular: mirar algo es llenar con ello tu vida entera aunque brevemente", p. 189. Lo que permite discernir la relación entre el mirar y el significado de existir, así como la totalidad de la vida en un instante. Por otro lado, las palabras dicen todo sobre sí mismas simplemente siendo. De ahí, se podría decir que, al contrario de las cosas bellas, pueden existir dentro de sí y por eso el protagonista, Perro Pequeño, las envidia, por hacer lo que ellos nunca podrán.

En conclusión, Vuong trabaja con cuestiones como el vivir, el existir y el significar en la vida de otro. De ahí, Rose, Lan (la abuela, quien carga con su parte de muerte), Trevor (con el accidente de auto, el funeral, todos los recuerdos) y la guerra, configuran la forma de pensar del narrador. Plasma los momentos más significativos con sus seres queridos, pero también muestra la pérdida, lo hermoso de extrañar a alguien y de la memoria ("La memoria es una elección", Vuong, 2020, p. 87) de todas las conversaciones tenidas. Vuong escribe: "Siete de mis amigos están muertos. [...]. Ya no celebro mis cumpleaños". En eso radica la relación entre belleza y muerte, en lo efímero, incontenible y fugaz de los mejores momentos de nuestra vida, pero también de los peores. Es increíble cómo todo está tan estrechamente ligado. Una serie de instantes en nuestro transitar por la vida que nos conforman como personas, las palabras que nos dan nombre, significado y sentido, nos hacen formar parte; situaciones sólo existentes en el pasado gracias a la combinación perfecta de lugar y personas que desembocaron en emociones y sensaciones específicas. Todo para terminar en muerte, lo cual hace mucho más valioso cada pedacito de vida, cada interacción con las personas que amamos. Este libro es una oda a la vida, a la muerte y la pérdida, a lo pasajero y lo sinsentido del lenguaje que guarda una belleza absurda y cegadora. 


Citlalli Cabsan

domingo, 2 de abril de 2023

Polillas cerebrales

 Mi mente se ha llenado de polillas otra vez, no hay nada que yo pueda hacer. ¿Acaso soy yo o el sonido de las máquinas ha dejado de importar cuando estás cerca? Cuando estás cerca y aún estando lejos, te pienso todo el tiempo, recuerdo canciones que hablan de nosotros, de cómo nos hemos conocido un instante y tanto en tan poco. Quisiera recorrer los días, uno a uno, hasta llegar al martes. Pasarlos como los discos y casets que reposan en el jardín de casa de tu padre, con calma, pero rápidamente. Saluda a Rumba de mi parte, disfruta vacaciones, mejor disfruta nuestros días juntos. Quién iba a decir que nos conoceríamos así. Esas bicis tienen muchas fallas. En los tianguis también pasan actos de magia. Y los trámites de la universidad son tan lentos, tan lentos que salí diciendo "todo pasa por algo" y vagabundee sin sentirme conforme con mi día hasta que te vi. Me dedicaste una sonrisa y esa mirada que haré cada día más mía. ¿Sabes que tus ojos son verdes con café en el centro? Son bellos y extraños, me hacen renacer. No tanto así el café, pues en las tardes me causa insomnio y mi mente se llena de polillas, de esas que me cuentan de ti, recrean lo que hemos vivido, pero también crean falsos escenarios a futuros que yo envidio. Todos esos pensamientos revolotean en mi mente y sigue sin ser martes. Sigue sin ser martes y he capturado cada pensamiento en un frasco. Esas florecillas que vimos en nuestro andar por el centro, tú decías que eran petunias y yo que eran no me olvides, al final, resultaron una combinación entre ambas y ahora también ellas aletean en mi memoria. "¿De dónde saliste?", Te pregunté y me dijiste serio que no, "tú me ofreciste ayuda ese día", tu respuesta fue tan vaga, después de todo lo que vivimos, con tus manos en mi cara, esperaba algo más concreto, me estaba divirtiendo. Recuerdo el día en que te conocí, cómo olvidarlo si ha pasado sólo una semana, alguien te dijo "bendiciones" y tú respondiste lo mismo, con una sonrisa, una mano en el pecho, inclinación de cabeza y esa mirada amable. He conocido estudiantes de teatro que me resultan tan malos actores, pomposos y cordiales. Pero tu gesto fue tan solemne como honesto y me derritió. Algo en ti me hizo volver, no sólo el hecho de haberte visto por casualidad un día antes de que se cumpliera una semana. Sé que estoy siendo dispersa. Pero dijiste "por algo no podemos dejarnos ir", te referías a ese momento, en que el reloj había marcado las once y te quedaba una hora para llegar en bici a casa, como una calabaza después del baile. Nos abrazamos al menos cuatro veces con palabras de despedida, no podías quedarte en mi casa sólo-para-señoritas, pero invitarme a la tuya tampoco era opción después de conocernos por sólo tres vistas. ¿Ya has olvidado cómo me besaste? No voy a declararme inocente, temía que no me vieras de esa forma, que sólo quisieras ser mi amigo, "quiero intentar algo, ¿Puedo?" Preguntaste y te dije que sí, creía saber lo que venía, y así fue, te inclinaste y las polillas en mi mente comenzaron a brotar y no han parado desde entonces. Creo que es injusto, hay demasiados recuerdos en mi mente, algunos de ellos ni siquiera son nuestros, sino imaginaciones infantiles. Y aún no es martes. Comimos nieve de fresa y limón. Fuimos al Cineforo y salimos a las diez de la función. Nos robamos esos retoños de cáctus que plantamos hoy, después de tres días de cicatrización. Anduvimos en bici, fuimos a un museo, nos sentamos en esa fuente de peces esculpidos extraños. Dijiste que era uno de esos lugares de la ciudad donde habían sucedido cosas oscuras en el pasado. Por eso era un sitio tan poco accesible, tan inconveniente para pasar, tan poco transitado. Y me pareció el mejor escenario para besarnos. Los pocos transeúntes que pasaban por ahí apenas nos prestaron atención. Al menos eso sentí mientras, con manos y labios, en medio de la calle, nos reconocimos, nos convertimos en materia y pulsión.