Cientos de catarinas se han mudado a la cuenca
de mis ojos. Creo que viven bien, parece gustarles más que el jardín porque los
nidos de hormigas y el calor acaban con todo ser vivo. No llegaron de golpe, sino una por una, con pesadillas que dieron paso a noches en vela, a la espera de una más; me fueron carcomiendo los ojos hasta privarme del sentido de la vista.
¿Que cómo estoy? Resignada. Lo he intentado todo para ahuyentarlas; me he picado los ojos con flores, sumergido en agua la cabeza, he gritado de frustración por las cosquillas que siento en las pestañas y por la falta de sueño, pero nada ha cambiado.
¿Que si ya visité a un doctor? Doctor, botánico, hasta a un entomólogo acudí; este último me aseguró que las mariquitas odian a los fumadores, más específicamente, al humo que hace llorar a los ojos en los que habitan y, desde que ellas se robaron mi sentido de la vista, decidí tomar venganza y empezar a fumar, bien podían odiarme a mí también.
Comencé con tabaco normal, noté que las molestias se reducían por momentos e incluso tuve atisbos de realidad y algunas noches de descanso; intenté aferrarme a ellas a pesar de que mis dolores de cabeza se volvían más recurrentes al no tomar las dos tazas diarias de café acostumbradas. El doctor me había recomendado enfáticamente dejar ese pequeño vicio, me aseguró que a eso se debía el insomnio. ¿Preguntas que qué tiene que ver el tabaco con el café, mi insomnio y la realidad? No lo sé, ya no sé nada ahora que mis ojos se han ido.
Durante ese breve periodo de tiempo, aunque fui capaz de hundir la cabeza en la almohada de lo onírico, había catarinas por todas partes, me invadían y me andaban por la piel, incluso el color de mis venas cambió, hinchadas por esos insectos malévolos. ¿Que cómo sé que el color cambió si no puedo ver? No puede ser de otra forma, aún ahora siento cómo recorren mis venas, volvieron espesa mi sangre.
No mucho después descubrí la solución a mi falta de café. Leí al respecto en una revista del consultorio del psiquiatra: ¡Cigarro de moka! Era como tomar café y, al mismo tiempo hacía lagrimear mis cuencas por el humo en mi garganta. Yo tampoco podía creer que algo así existiera... Esas mariquitas por fin tendrían su merecido...
Quisiera decir que funciona, pero no fue tan buena idea después de todo, ahora entiendo por qué el doctor me prohibió la cafeína.
Las catarinas están más despiertas que nunca, las comienzo a sentir cerca de las orejas, me susurran sus secretos, forman manchas oscuras bajo mis cuencas infestadas, creo que avanzan hacia mi cerebro, he tenido más sueños extraños, menos realidad... He dejado de fumar cigarros de moka y volví al tabaco, pero es demasiado tarde.
Me convierto en una de ellas, revestida en alitas rojas con negro, sus ojos son mis ojos, y soy libre por fin.
¿Que cómo estoy? Resignada. Lo he intentado todo para ahuyentarlas; me he picado los ojos con flores, sumergido en agua la cabeza, he gritado de frustración por las cosquillas que siento en las pestañas y por la falta de sueño, pero nada ha cambiado.
¿Que si ya visité a un doctor? Doctor, botánico, hasta a un entomólogo acudí; este último me aseguró que las mariquitas odian a los fumadores, más específicamente, al humo que hace llorar a los ojos en los que habitan y, desde que ellas se robaron mi sentido de la vista, decidí tomar venganza y empezar a fumar, bien podían odiarme a mí también.
Comencé con tabaco normal, noté que las molestias se reducían por momentos e incluso tuve atisbos de realidad y algunas noches de descanso; intenté aferrarme a ellas a pesar de que mis dolores de cabeza se volvían más recurrentes al no tomar las dos tazas diarias de café acostumbradas. El doctor me había recomendado enfáticamente dejar ese pequeño vicio, me aseguró que a eso se debía el insomnio. ¿Preguntas que qué tiene que ver el tabaco con el café, mi insomnio y la realidad? No lo sé, ya no sé nada ahora que mis ojos se han ido.
Durante ese breve periodo de tiempo, aunque fui capaz de hundir la cabeza en la almohada de lo onírico, había catarinas por todas partes, me invadían y me andaban por la piel, incluso el color de mis venas cambió, hinchadas por esos insectos malévolos. ¿Que cómo sé que el color cambió si no puedo ver? No puede ser de otra forma, aún ahora siento cómo recorren mis venas, volvieron espesa mi sangre.
No mucho después descubrí la solución a mi falta de café. Leí al respecto en una revista del consultorio del psiquiatra: ¡Cigarro de moka! Era como tomar café y, al mismo tiempo hacía lagrimear mis cuencas por el humo en mi garganta. Yo tampoco podía creer que algo así existiera... Esas mariquitas por fin tendrían su merecido...
Quisiera decir que funciona, pero no fue tan buena idea después de todo, ahora entiendo por qué el doctor me prohibió la cafeína.
Las catarinas están más despiertas que nunca, las comienzo a sentir cerca de las orejas, me susurran sus secretos, forman manchas oscuras bajo mis cuencas infestadas, creo que avanzan hacia mi cerebro, he tenido más sueños extraños, menos realidad... He dejado de fumar cigarros de moka y volví al tabaco, pero es demasiado tarde.
Me convierto en una de ellas, revestida en alitas rojas con negro, sus ojos son mis ojos, y soy libre por fin.
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