domingo, 23 de septiembre de 2018

Nos volvimos acompañados

Ricardo nos habló de un adiós inevitable y absurdo y, de algún modo, transgredió la soledad que nos asedia. Paloma nos compartió sus inseguridades y caos personales y, en cierta forma, superó ese miedo que la hundía en blanco infinito. Isabel admitió las decenas de momentos que no sólo iba a extrañar, sino que no deseaba olvidar y, por otro de esos momentos, uno nuevo, fuimos capaces de comprender. Por mi parte les hablé de amores y despedidas, de días viciados por suposiciones y secretos ocultos, anunciados en blogs de siglos anteriores. Y de alguna manera, luchamos juntos contra el vacío asfixiante. 
Nos volvimos un enigma. Porque al estar juntos, condición existencial para crecer como unidad, la posibilidad de vivir y morir solos, como mueren todos, perdió peso y realidad desde nuestra percepción. No fue porque Ricardo externara su dolor; no fue porque Paloma se sintiera perseguida por dudas; no fue porque Isabel nos regalara sus pensamientos en poesía; ni porque yo permitiera que conocieran otra prisma mía. 
Fue más que compartir pensamientos amorfos en forma de lengua; fue música en mañanas nebulosas, soleadas o adormiladas; fue hacer tarea con ayuda, aliento y diversión; fue tomar frappés, comer elotes y ensaladas; fue andar en coche y casi morir juntos en varias ocasiones; fue escuchar los gustos personales de cada uno. Fue, aunque va contra las reglas universales del lenguaje, transferir un acontecimiento de un fluir de pensamiento a otros tres fluir de pensamiento. Fue adquirir un momento, una idea, una sensación o un sentimiento de otra esfera de vida. No sólo su significado, sino la experiencia en sí. Fue sentir ese adiós inexplicable e inminente; sufrir por dudas hiperactivas; abrazar y atesorar momentos... sentirse acompañado.

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