Miles de millones de gotas caen sobre la humanidad, sobre el suelo y las plantas. Limpian y cambian todo. Tres estudiantes divertidos observan el caos. Nadie se esperaba una tormenta a las siete de la tarde; es gracioso, porque siempre llueve a las siete de la tarde. El tiempo se ralentiza, siempre lo hace cuando somos capturados por un momento; las gotas rebotan, saltan y se estrellan contra los pocos atrevidos que caminan bajo ellas; contra el muchacho cuya única protección es una bolsa de plástico que cubre su cabeza ("lo primero que nos enseñan de chiquitos es a no ponernos bolsas en la cabeza para no ahogarnos", comenta Isa); contra el joven de barba que, sin siquiera parpadear, se enfrenta a la lluvia y, no ha dado tres pasos cuando está empapado.
Cuando la tormenta remite, se ven más estudiantes apiñados bajo grandes paraguas que tiritan indignados. El caos continúa. Los tres espectadores de antes ya no ríen. Ya no son tres. Una de ellos se ha alejado varios metros para comprobar el nivel de agresividad de quien los tiene cautivos a tan inconvenientes horas de la tarde que se convierte en noche a una velocidad alarmante. Quedan dos espectadores sentados frente al desastre general. Ven avanzar el tiempo que se pierde con las personas y los fragmentos contenidos en él. Ven a su tercera espectadora a lo lejos; ven lo que tanta tarea les hace pensar: "Es el signo lingüístico en toda su expresión", comenta una de los dos, distraída al ver cómo el agua, la lluvia, las gotas entran en contacto con los charcos formados de accidentes, caídas libres, entes líquidos y transparentes; crean pequeñas ondas que se expanden sin límites ni arrepentimiento. La materia psíquica se une a la materia fónica por fuerza de gravedad y crean el signo lingüístico al combinarse.
Es un momento catártico, poético, desautomatizante y... Richie lo arruina: "Ay, Cabsan, qué ñoña eres. ¡El signo lingüístico", se escandaliza y ríe. Ella también ríe. No dejará de llover; el signo con los elementos que lo conforman se hacen lodo; mañana no quedará nada, ni caos, ni pureza ni transformación, sólo el olvido del día anterior.
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