lunes, 17 de septiembre de 2018

La invención del ave

En el filo de su imaginación habitamos. Estamos presentes solo si ella nos piensa. Ahora es así. En nuestro campo visual hay una fuente. El agua cae en cascada como los pensamientos que nunca tuvimos fuera de la clase de Latín. Nadie les presta atención a las gotas de recuerdos que se pierden. Algo nos rodea, no soy capaz de definirlo, quizá sólo sea melancolía, tristeza o cansancio; pero es algo pesado, casi tangible y difícil de ignorar. Un silencio fascinante nos envuelve. Hasta las partículas y motitas de polvo que brillan a la casi inexistente luz del sol parecen congeladas a la espera de que algo suceda. El agua de la fuente frente a nosotros sigue su curso, como todo lo demás; pero nosotros no nos regimos con las reglas universales de tiempo y espacio. Paloma, nuestra pensadora personal, así lo ha dispuesto. Estamos contenidos en un par de canciones, en sus silencios y explosiones; en un paseo en coche hacia un destino definido con final incierto; en una tarea por hacer acerca de un pasado olvidado y perdido, pero importante; en tardes lluviosas, en mañanas aburridas y en días muy cortos. 

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