domingo, 29 de marzo de 2026

De cómo pasa el tiempo

El día en que los relojes dejaron de funcionar, se extinguieron también las estrellas. Nada podía decirnos la hora una vez que el sol rotaba bajo nuestro lado de la tierra. Y yo, que medía cada minuto de mis rutinas, caí en el mayor caos al sentirme indefensa ante la incertidumbre de la nueva dinámica temporal.
Siempre odié el paso del tiempo por el que perdemos todo, el tiempo que pasa y se lleva los años de juventud, las vidas de mis amigos, lo mejor de las frutas. 
Cuando el tiempo se detuvo en la maquinaria de forma tonta imaginé que también lo haría la vida. Que las semanas y los meses y los años se verían obligados a parar ahora que nada demostraba su paso. Pero los rostros fungieron como relojes con precisión y la gente continuó envejeciendo. Y más y más de mis amigos murieron, no los culpo, entre los relojes y las estrellas se perdió mucho más que la medición del tiempo. Eso es lo malo de haber hecho muchos amigos en la juventud, cuando una envejece termina asistiendo a muchos funerales, se espera que hagas discursos y des el pésame y luzcas devastada. Nadie te advierte de eso, que en realidad estarás devastada y querrás que ese sea el último funeral que atiendas antes del propio, pero llegarán más porque tienes buena salud y aún te quedan un par de amigas vivas, una con hipertensión y otra con diabetes desde su juventud. Pero el tiempo no perdona, eso decían los viejos y ahora te das cuenta de que es tu turno para decirlo. 
El cementerio es mi jardín, veo los nombres de aquellos que aún habitan en mis recuerdos. El café en los funerales no siempre es bueno y la peor parte es el tener que dar el pésame cuando tú y solo tú conociste cada prisma de esas personas, las amaste y atesoraste. 
Siempre odié el paso del tiempo, me decía que si me aferraba lo suficiente a él en algún punto tendría que detenerse. "Quédate", le pedía cuando cumplí veintisiete y rogué que ese año durara un poco más, tal vez trescientos sesenta y siete días o trescientos sesenta y ocho, no me iba a poner exigente. 
Cuando mi mejor amiga tuvo a su primer bebé organizamos una reunión entre amigos que se sintió como algo que se espera con ansias solo para suceder en un parpadeo. Es lo que pasa con las cosas que disfrutamos, desaparecen y solo pueden ser contenidos en recuerdos y fotos.
En cambio, en su funeral al cumplir los setenta y dos años lo registré como el día más largo de mi vida como si, de algún modo siniestro e injusto su día y mi día se hubieran sumado solo para atormentarme. De ese modo, durante varios meses el duelo hizo que todo se alargara, se espesara y se sintiera como vivir dentro de un frasco de mermelada, la tristeza lo volvía todo pegajoso y rojo.
Ahora que los millones de años contenidos en el espacio han sucumbido y toda la relojería se ha paralizado, bueno, agradezco que ellas no tengan que verlo, la oscuridad en las noches es asfixiante, aunque las luces en las ciudades jamás se apagan. 
No extraño el tic tac constante, apremiante y taladrante del reloj de la cocina, tampoco las fastidiosas campanadas de la iglesia vecina que sonaban cada hora como si a Dios le importaran las reuniones o fuera a aparecerse si se lo recordaban lo suficiente.
Si acaso extraño el orden, el saber qué hora es solo por el gusto de saberlo. Extraño poder distinguir en el cielo la osa mayor o el cinturón de Orión, ahora las únicas luces que habitan en el cielo son las de los aviones nocturnos, algún dron o un satélite perdido. Me pregunto con qué valentía aún lanzan cosas al cielo, si ni las estrellas mismas que llevaban ahí colgadas millones de años pudieron continuar existiendo para anunciar a los humanos el simple e inexorable paso del tiempo.

2 comentarios:

  1. creo que tal vez hay un error de dedo en "recortaban", penúltimo párrafo.

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    1. Listo! Corregido, muchas gracias por la observación

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