Cuando yo sueño, sueño que soy yo, pero no soy del todo yo, así como veo rostros que creo conocer y que me hablan, se oscurecen, como si tratara de alcanzar algo que se hunde en una laguna profunda. Tampoco recuerdo sus palabras, pero en los sueños asiento e incluso respondo en un idioma tan ininteligible como el suyo.
A veces me sueño y no soy yo, puedo ver desde arriba e incluso controlar lo que pasa. Otras veces sucede todo lo contrario y cuando soy consciente de que vuelo o tengo poderes, automática e irremediablemente se estropean. Porque por mucho que sueñe que soy libre y que viajo a lugares lejanos y desconocidos, siempre vuelvo a dónde mismo: lo suficientemente cerca de esta realidad donde escribo para escuchar la alarma de las seis de la mañana y me pregunto si el sueño es lo que vivo o esta realidad donde una hora después de ser arrancada de mi cama me encuentro en el camión camino al trabajo, viendo rostros desconocidos que me suenan de algún lado, de otros días o tal vez incluso de otra vida.
Es ir una mañana más atrapada entre cuerpos que vibran al ritmo del motor y las numerosas conversaciones preguntándome cuál es mi realidad, a veces se sienten tan difusas, parecidas, y me pregunto cuál me gustaría más. Esos sueños donde me pierdo y me confundo a mí misma con alguien más o esta realidad, este pesado mundo, donde quisiera perderme solo para poder alejarme un minuto entero de él.
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