viernes, 30 de junio de 2023

El sonido de las ambulancias

Dejé de creer en el sonido salvador de las ambulancias cuando tenía dieciocho años. Sara y yo habíamos pasado el fin de semana en la casa de campo de nuestros padres y no teníamos ninguna prisa por volver a la ciudad. Era lunes por la tarde cuando volvimos al departamento donde mi hermana y yo rentábamos. Nuestra única roomie en aquel momento era una señora de mediana edad, complexión robusta y personalidad definida por su amor a Dios. Pero ninguna de estas características provocaron ni podían haber prevenido lo que le sucedió. 

El departamento estaba en total silencio y un olor punzante y dulzón lo inundaba todo. Crucé miradas con Sara, una mezcla de preocupación y fastidio. Creíamos que aquel tufo provenía del refri, habíamos olvidado subir la carne al congelador y mi hermana le había pedido a la señora Carmen que la cambiara de lugar para evitar su descomposición. Su respuesta afirmativa no se había hecho esperar. Eso había sido hacía dos noches.

Avanzamos con cautela, yo iba delante y fui la primera en verla. Se encontraba tirada en el suelo de su habitación, la puerta entornada dejaba ver la mitad de su cuerpo desnudo. Contuve la respiración. Aquel hedor no provenía del refri. Mi hermana se quedó observándola junto a mí.
 
—¿Carmen? —la llamó Sara.
Me sorprendió la normalidad en su voz.
—Hola, Sarita —respondió Carmen desde el suelo de su cuarto, con la voz pastosa de los moribundos— Se me olvidó subir la carne al congelador —le dijo.
—No pasa nada, ahorita la guardamos —continuó mi hermana.
Yo permanecí en silencio. Ninguna se atrevía a acercarse. Quizá era su desnudez la que nos detenía, quizá el temor de verla morir.
—Hay que llamar a una ambulancia —musité.
 
En el fondo deseaba que todo aquello fuera una actuación de Carmen. Llevaba semanas comportándose de forma extraña. Lo primero que notamos fue que olvidaba apagar el boiler después de utilizarlo y permanecía así hasta que por la noche alguna de nosotras lo descubría. Una mañana me despertó el sonido del agua a presión en la pila desbordante del lavadero, no había habido agua el día anterior y Carmen había dejado la llave totalmente abierta. Sus otros comportamientos no eran olvidos, sino acusaciones contra mí. Cuando algo se perdía, como un trapo o incluso comida, Carmen le decía a Sara "ha de haber sido tu hermana, ya ves que siempre tira todo. Ya ves que es ella la que limpia". Mientras yo me declaraba inocente con exasperación. No comprendía la necesidad de Carmen de culparme por esas pequeñas desapariciones.
 
Llamamos a una ambulancia y mi hermana salió a recibirla. Tardó al menos media hora en llegar. Yo permanecí en el linde de la puerta, lista para huir de ser necesario. Le tenía miedo a la muerte, más aún a una persona que peligraba a morir en mi presencia. Por fin llegó la ambulancia. Nos pidieron vestirla y tuvimos que acercarnos. "No me muevan", rogaba ella, "si me mueven, moriré". Nosotras miramos a los paramédicos y ellos insistieron en que era necesario vestirla aunque dijera una y otra vez lo mucho que le dolía. No sabíamos qué le dolía, probablemente todo.

Los paramédicos no pudieron cargarla. Llegaron los bomberos. Parecía una escena cómica y abstracta el tener a seis hombres uniformados en la sala, preparando a Carmen para transportarla. Le preguntaron desde cuándo estaba ahí, "desde el martes", respondió con seguridad. El enfermero me miró y yo negué con la cabeza. Ya le habíamos explicado que no habíamos estado desde el viernes hasta ese día. No sabíamos cuánto llevaba ahí, pero definitivamente no era una semana. Desde ese momento, y hasta que se la llevaron, Carmen no despegó la vista de mí. Me observaba desde la camilla con el ceño fruncido. Yo intentaba evitar sus ojos, pero era tan insistente que aún tiemblo de pensar en ella. Era como si me culpara por encontrarse en esa situación. Ya no se trataba de trapos de cocina o de comida perdida por lo que me acusaba. Era por su vida, por su muerte.

Mi hermana llamó a una amiga de Carmen, quien dijo que iría enseguida al hospital. El paramédico nos preguntó casi con sorna si iríamos con ella en la ambulancia. Me pregunté a qué se debía esa sonrisita de suficiencia, como si supiera la respuesta. "No, ya llamamos a una amiga suya, nos quedaremos a limpiar", le dijo Sara. Y era verdad. El cuarto de Carmen tenía un charco de orines en el suelo, su uniforme del trabajo también se había llenado. Me puse los guantes y me dediqué a lavarlo, aunque Sara dijo que sería mejor tirarlo. "Así estará limpio para cuando regrese", le dije. Ella se dedicó a trapear el departamento y limpiar el refri, la carne se había echado a perder. Pronto el tufillo había desaparecido. Esa noche juntamos las dos camas en nuestro cuarto y dormimos muy juntas. Yo tenía miedo de morirme. Me prometí nunca vivir como Carmen.

Nos había tomado por sorpresa encontrarla así, pero no tanto que hubiera enfermado, pues decir que se cuidaba es una mentira por respeto a los muertos. Se desvelaba viendo televisión hasta las doce o una de la madrugada y se levantaba para ir al trabajo a las cinco. Rara vez comía saludable o hacía ejercicio, aunque se la pasaba parada en su trabajo. Fue evidente, al menos para mí, que el poco sueño y la mala alimentación la llevaron a encontrarse tan enferma. Pero fue su falta de propósito en la vida la que la llevó a la tumba. 

La amiga de Carmen nos llamó al día siguiente para decirnos que ya estaba mucho mejor. Que incluso ya la había reconocido y habían hablado un poco. Nos alegramos por ella. Aunque un leve temor nos invadió al saber que había tenido un infarto cerebral, porque era posible que no pudiera cuidarse por sí misma y no era cercana con su familia. Supusimos que tendría que reconciliarse con su papá, que ya nos las arreglaríamos cuando saliera del hospital. No obstante, un día después de aquella llamada esperanzadora, Sara fue a mi universidad con su novio. "Carmen se murió", se limitó a decir. Según le dijo la amiga de Carmen, sus órganos dejaron de funcionar. 

Aquella noche fuimos Sara y yo al funeral. Se llevó a cabo en la iglesia a la que asistía Carmen, una casa antigua y de muebles de madera bruñida. "Estas son las personas que mataron sus ganas de vivir", pensé conforme nos adentrábamos en el salón lleno de personas vestidas de blanco. Sabía lo injusto que era culpar a aquellas personas por su muerte, pero era la única manera que tenía de justificar que alguien tan joven hubiera muerto. Saludamos a la amiga de Carmen y a otras personas que no conocíamos. No dimos el pésame, porque a nadie parecía importarle especialmente. La predicación del pastor fue sobre la alegría de ir al cielo al morir. Deseé con todas mis fuerzas que Carmen no hubiera muerto. Pero el ataúd abierto exhibía su cuerpo vestido de negro y bien maquillado. Nunca la había visto tan arreglada, el pelo tan liso y acomodado. Sus labios estaban fruncidos en una mueca de inconformidad. "Lo sé, Carmen, yo tampoco estaría conforme con una muerte así". Hubo alabanzas alegres porque un alma más había sido recibida en el cielo. Yo dudaba mucho que Carmen hubiera ido al cielo, así que lloré por su muerte.

Desde aquel suceso, escuchar una ambulancia por la calle me causa escalofríos. Es un constante recordatorio del rescate fallido de Carmen en una de esas máquinas. Seis hombres fueron incapaces de salvarla, ni siquiera el hospital pudo evitar los daños de toda una vida.

La amiga de Carmen se quedó con todas sus posesiones, en contra de la voluntad del padre con el que llevaba una mala relación. Fue ella quien lavó los montones y montones de ropa sucia que Carmen acumulaba en su cuarto. Me tranquilizaba verla en el departamento. Para mí, entrar ahí sola era arriesgarme a ser atacada por el fantasma de una Carmen ceñuda e inconforme. Quizá me perseguiría señalándome con el dedo índice por haber perdido su vida. Nunca abrí la puerta de la que fue su habitación, ni siquiera para limpiarla. Al final, me di cuenta de que no moriría, y que Carmen no volvería para cazarme. Tal vez a los fantasmas les asustan más los vivos y el sonido de las ambulancias que la muerte en sí misma.

jueves, 22 de junio de 2023

Oscuridad heredada

Eres oscura, fortaleza y libertad.
Guardaste en mí osadía, ideas rebeldes y lealtad.
Cediste tu futuro para criarme, 
A veces hablas de esos sueños, 
Otras veces dices que una se conforma con lo que llega a nuestro puerto.
Ya casi no hablamos,
No hay más intercambio de historias,
Los años pasaron y no estás satisfecha,
Evitamos la mirada, 
Somos transparencia
Y falta de atención.
Vives ausente,
Quisiera que hubieras conseguido todo lo que deseabas en la vida.
Abrazo con orgullo esa oscuridad heredada. 
Aunque ahora no apruebes nuestra naturaleza y le des la espalda.
Sin ti nadie sabría todos mis secretos
Sin ti la casa no funciona
Es lo que somos, más que compañía o comprensión, somos presencia.
La vida no es lineal, 
Por eso dicen que nunca es tarde,
¿Tarde para qué? 
Es tu turno de vivir.

Carta a un amor perdido

Llevo congelada en el tiempo desde que te fuiste, y aun así, envejezco. 
Desearía comprender por qué decidiste que no funcionamos juntos. 
Te prometo que he intentado estar con otras personas, pero nada se compara con la emoción que sentí contigo en nuestra adolescencia.
Tengo miedo de que los mejores años de mi vida hayan pasado, 
Aquí se acabó el camino, no más guías ni direcciones marcadas por el sistema, ¿qué será de mí?

Cuando tú estabas, al menos sabía que me gustaba mi vida, ahora sé que nadie vendrá a salvarme, tontas películas románticas, tontos libros llenos de mentiras. 
Nuestros recuerdos serán lo único que quedará de nosotros, algún día también se irán. 
Recuerdo como si haberte conocido fuera un consuelo, cuando algo sale mal, vuelvo a ese lugar seguro, tomada de tu mano bajo la lluvia, riendo a carcajadas, persiguiendo el tren o poniendo una lata de té en nuestros rostros, aquella vez que en vez del frío de la lata, sentiste la calidez de mis labios en los tuyos.

Ya qué más da, estás enamorado de alguien más. Siempre supe que pasaría, no tenía sentido nada en nuestra relación, tú y yo, nada especial. Con todo, desearía que te hubieras quedado conmigo. Probablemente nunca comprenda tu decisión de dejarme. Quisiera odiarte, gritar que nunca te perdonaré, pero tampoco encontraré otra vez eso que teníamos, que tan poco cuidamos y que no podremos recuperar. 


domingo, 18 de junio de 2023

Llamada de poder

Le colgó después de anunciarle que debían terminar, "está bien", dijo él. Sus celos habían sido la principal causa, valoraba demasiado su libertad y a sus amigos como para soportar una relación de esa categoría. "Esa categoría", palabras que, de algún modo le restaban importancia a la realidad y normalizaban cada uno de los momentos vividos en ella. Agar se había despertado temprano esa mañana, se alegró de haber puesto en silencio su celular la noche anterior para evitar llamadas indeseables de Brandon, aquel treintañero que la había conquistado en tan poco tiempo para después intentar controlar toda su vida. No se había quedado tan solo en un intento, pues ella había cambiado sus rutinas, sus días de visitar a sus padres, de ir a patinar, de salir con sus amistades, sólo para ver si así él dejaba de estar molesto la mitad del tiempo con ella. No comprendía esa necesidad de estar siempre de mal humor, como si la vida no tuviera nada bueno que ofrecer, mientras decía, una y otra vez, lo mucho que apreciaba su relación, lo feliz que lo hacía haberla conocido. "Sé que me merezco esto", le sonrió una vez, después de comer un bocado de arroz con ajo y mantequilla. Ella sonrió complacida porque era evidente que él la quería en su vida. 
Hacía años que no sentía algo recíproco por alguien y se sintió afortunada de verse envuelta con alguien tan "intenso" como ella. La intensidad era una palabra que había llegado con el siglo: Las mujeres eran consideradas intensas, el sol estaba cada vez más intenso, te amo era una palabra intensa, pedir una explicación sobre qué eran dos personas después de besarse o acostarse era, definitivamente, intensidad. Por lo que Agar había intentado, por todos los medios no demostrar su intensidad, y lo consiguió. No obstante, a pesar de que había sentido alivio al escucharlo decir que él era intenso, porque entonces ella podría ser ella misma sin asustarlo, fueron los comportamientos de Brandon los que la hicieron retroceder. 
Agar se consideraba una mujer de mente abierta, había estudiado literatura y conocido distintas perspectivas de tiempos lejanos y actuales, se sentía preparada para afrontar lo que una relación con alguien doce años mayor podía ofrecer. Cuando Brandon hablaba, era como si estuviera cautivado por el pasado, nunca hablaba mal de las personas, al contrario, se extendía en sus cualidades y en lo mucho que los apreciaba, sobre todo a su hijo, su padre, su hermano, su mejor amigo y su mamá. Agar se dio cuenta de lo abrumante que le parecía que hubiera tantos hombres en esa lista. Pero no era la única plagada de ellos, también sus gustos musicales consistían en voces masculinas, música que Agar prefería no comentar, pues le era indiferente, sino desagradable. "Es que no me has dejado mostrarte a las mujeres que escucho, escucho más mujeres que nada", le dijo él con diversión, cuando ella acababa de poner a una de sus artistas y canciones favoritas. Ella no había escuchado con él a ninguna mujer, por lo que, cuando dejó de sonar la hermosa voz de Cults en Spotify, le permitió seguir poniendo la música. Brandon se sorprendió porque ella no conocía a esa cantante, a ella le pareció que no estaba mal, la siguiente canción de mujer no le gustó, la voz era agradable, pero la música no. Le hubiera gustado poder ser sincera y apoderarse una vez más de la fila de reproducción, no obstante, escuchó con paciencia. Después de esa segunda canción, le siguieron puros hombres, ella no quiso señalar ese hecho y él pareció no darse cuenta. Si algo sabía sobre cómo funcionaban los algoritmos para que las personas utilizaran ciertas plataformas, era que, según los gustos, según las costumbres auditivas del usuario, se formaban las listas aleatorias. Lo cual evidenciaba una absoluta ausencia de mujeres en sus gustos musicales. No sólo eran sus amistades y sus gustos musicales, en su librero, compuesto por al menos cincuenta libros, predominaban los hombres. Ella sólo reconoció a los más famosos por la carrera que había estudiado. "Tengo estos cinco libros escritos por mujeres", se defendió él cuando ella lo señaló.
-Y de esos cinco, ¿Cuántos has leído? -quiso saber ella. 
-Uno -admitió él. 
Él le dijo que le gustaba que ella le mostrara esa clase de carencias por su parte, que le enseñara a consumir más productos artísticos hechos por mujeres. Pero Agar sabía que era una carencia tan interna, tan normalizada, que él no comprendía cuál era el problema de no leer o escuchar mujeres, mientras dijera que lo hacía o intentaría hacerlo. Porque era una característica inherente a la sociedad masculina heteronormativa el consumir sólo productos literarios y musicales hechos por hombres. Los hombres con los que ella había coincidido en la carrera no iban por ahí diciendo que una de sus autoras preferidas era Jane Austen o Emily Brontë, decían que su figura a seguir era Juan Rulfo, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes. No decían que escribían poesía, porque eso era más de mujeres sentimentales, ellos escribían cuentos y novelas. El único maestro que admitía abiertamente su amor por el trabajo de una mujer, era el maestro de Metodología literaria, quién habló y habló de cómo la literatura de Clarice Lispector la hacía su amante, comentario que Agar no decidía si reivindicaba la situación. Pues otro rasgo muy normalizado en los hombres era que, en vez de comentar los rasgos buenos de, por ejemplo, alguna cantante, señalaban su figura, su belleza o su forma de moverse. Siempre y cuando fuera agradable a sus ojos, entonces cantaba bien. 
Las cosas aún iban bien en ese momento, parecía que compartían el tiempo, aunque a veces ella sentía que él sólo quería una observadora, alguien que sonriera a sus comentarios, que escuchara lo que sea que él tuviera que decir, que comiera con él y estuviera disponible a todas horas, toda la semana. Hablaba de sí mismo con complacencia, se deleitaba en sus propias historias, las cuales repitió en más de una ocasión. "Te voy a aburrir", se quejaba él y ella sabía que debía decir que no sería así. Sí la aburría, hablaba demasiado y se interesaba poco por lo que ella tuviera que decir. Le hablaba mucho de su hijo, probablemente lo único de lo que no debía arrepentirse en la vida, pues según él, el niño era bueno por naturaleza, inteligente, divertido y no tendría sus defectos, pues él era un padre ausente. Desde luego él no lo plasmó de esa manera, difícilmente un padre ausente se definirá de esa manera. 
—No tengo obligación moral de mantenerlo, lo hago porque me nace —le dijo en una ocasión.
Agar se quedó sin palabras. Su única obligación posible era la moral. 
—Ella ni siquiera quiso ponerle mi apellido, no tengo por qué darle pensión si no lleva mi apellido. 
—Pero es tu hijo, con o sin apellido, lleva tu sangre. Dices que se parecen un montón, hasta prueba de paternidad hubo, ¿Qué más quieres?
—Las enfermeras estaban muertas de risa cuando nos vieron ir a hacer esa prueba, porque estamos igualitos —sonrió él como si recordara una ida al parque. 
Agar no pudo imaginar a las enfermeras muertas de risa, pero igual sonrió para no romper el deleite se Brandon en sus propias palabras. 
—¿Para qué se hicieron la prueba entonces si era tan obvio?
—Porque ella no sabía de quién era el bebé -explicó él y Agar le creyó.
Conforme pasaron las semanas se dio cuenta de que probablemente ella sí sabía de quién era y él no se quería hacer cargo. También su historia sobre cómo la familia de ella nunca lo había dejado entrar en  su casa y le habían dicho que no querían su dinero, la hizo pensar que quizá los padres habían tenido la esperanza de deshacerse de él, proteger a su hija de su horrible temperamento. 
Él le habló de que mantendría a su hijo sólo hasta que cumpliera los dieciocho, después se desentendería. El niño tenía siete años y él ya estaba pensando en dejar de dar dinero, ponía como pretexto que no llevaba sus apellidos y, dicho con sutileza, todo era culpa de la madre del niño o de su familia. 
—¿No lo vas a ayudar con la universidad? Es cuando más necesitamos ayuda —argumentó ella. 
Sentía una incomodidad que hubiera preferido ignorar para no decepcionarse de un hombre irresponsable paternalmente. 
—No.
—¿Qué tus padres no te ayudaron? ¿Tuviste que trabajar?
—Sí, yo empecé a trabajar a los dieciséis —dijo con un orgullo molesto. 
Ella apenas llevaba un trabajo de dos meses, al que había renunciado sin mirar atrás y tenía veinticuatro años.
—Y no terminaste la universidad, ¿Quieres eso para tu hijo? 
—No es porque no quise terminarla, nunca dejé de estudiar —se defendió sin responder a su pregunta. 
Agar aprendió a perder las discusiones porque él ignoraba sus mejores argumentos, cambiaba el tema o hacía chistes para desviar la atención. 
Al menos de momento, según le había dicho, le pagaba el colegio a su hijo y lo llevaba a la escuela todos los días (un viaje de veinticinco minutos) para luego regresar a su vida sin compromisos.
La desconfianza que Brandon había mostrado hacia la madre de su hijo, por lo que habían tenido que hacer la prueba, se hizo patente en su relación poco después, cuando ella tuvo que ir al centro a hacer un encargo. Le envió un audio donde le contaba lo que se proponía hacer en su recorrido. De regreso, se detuvo en una librería de segunda mano y compró un libro que le llamó la atención. Al día siguiente, tuvieron una discusión, una tontería, conllevaba dinero, y ella se dio cuenta de que no le gustaba para nada la reacción de Brandon al respecto. 
Fue al centro a recoger su encargo y, al volver a casa, recibió una llamada suya. Respondió.
—¿Hola?
—Dime —dijo él con mal talante, siempre le respondía así las llamadas, aunque no se hubieran peleado 
—Tú eres quien llamó —le recordó ella.
—Ah, ¿Te puedo hacer una pregunta y me vas a responder con honestidad?
—Sí...
Honestidad. Su palabra favorita, la usaba a menudo, pero no la creía a ella capaz de ser veraz. "¿Por qué no me crees?" Le preguntaba ella y él negaba con la cabeza, para él las mujeres eran engañosas, mentían y traicionaban. No confiaba en ella para nada. Y cuando ella lo afrontó por eso, él le dijo que había distintos tipos de confianza, él confiaba en el talento de ella, pero no en su fidelidad. 
—¿Con quién fuiste al centro ayer?
A ella le tomó un minuto recordar qué había hecho el día anterior.
—¿En la mañana o en la tarde? —preguntó para hacer tiempo.
Una risa amarga del otro lado del auricular.
—Si tienes que preguntar es que sí fuiste con alguien.
-Fui sola —dijo ella —¿Por qué?
—En el audio que me enviaste se escuchaba que estabas con alguien más. 
—Pues no, fui sola. 
Otra risa, esta vez llena de cinismo y triunfo. Agar se enfadó y le dijo:
—Si hubiera ido con alguien y no hubiera querido que te enteraras, no te hubiera mandado audio —su argumento era lógico, pero él lo ignoró.
—¿Me vas a decir que no estabas viendo libros con alguien más?
—Después de mandarte el audio, fui a recoger mis fotos y de regreso vi el libro y lo compré —explicó con sencillez.
—El orden de los mensajes no coincide con lo que dices.
Sí coincidía, pero a él le gustaba crear escenarios.
Agar vivía con miedo de que él malinterpretara sus palabras. En una ocasión le había dicho que había ido a casa después de verse con sus amigos para quitarse el labial porque no le gustaba besar con labial puesto. "¿Qué?", Preguntó él. Ella repitió la frase tal cual la había dicho un segundo atrás. "Eso no fue lo que dijiste", dijo con seriedad. El resto de la tarde se tiñó de amargura y desconfianza. La hizo sentir insegura, le dijo que no sabía si quería estar con ella porque no se tomaba la relación con compromiso y responsabilidad. La tachó de ser parte de una generación joven, donde las cosas no duraban y por eso sus relaciones no habían durado más de dos meses. "Estás siendo cruel" le reclamó ella, con lágrimas en los ojos y se odió por eso. "Es que tú no dices nada y me dejas hablar y hablar y digo puras estupideces, pero es porque tú no me dices lo que piensas", se defendió. Con el tiempo, ella notó que él la interrumpía cada que comenzaba a hablar en las discusiones. Agar decía dos frases coherentes y él tenía que rebatirlas enseguida o, aparentemente, podía morir en la espera, o peor aún, podía resultar que Agar tenía razón. 
Él siempre tenía razón, siempre tenía la última palabra, le gustaba sentirse superior y ser el maestro, el instructor, quien diera un consejo o los secretos de cómo vivir la vida.
—Deberías hacer una lista de lo que vas a hacer en tu día a día, organizarte para ser productiva, yo ya te he enseñado todo lo que necesitas saber para iniciar tu propio negocio —le dijo una tarde en que caminaban por una acera tranquila cerca de donde ella vivía. 
Ella asentía con paciencia.
—Por ejemplo, proponerte trabajar en tus dibujos al menos una hora al día, organizarte —repitió.
A Agar le molestaba que le dijera cómo debería emplear su tiempo, sólo porque no tenía empleo y se había graduado hacía un año, no era de su incumbencia lo que hacía con su tiempo, ya que él le quitaba la mayor parte. 
—Ya hago eso —le dijo— hago una lista diaria y luego voy palomeando lo que ya hice. Llevo desde la prepa haciendo eso.
—Entonces, ¿por qué me dejas sermonearte? —preguntó y ella se encogió de hombros. "Porque te gusta hacerlo", pensó. 
Otro día había ido a patinar con una de sus nuevas amigas de patinaje y le escribió que seguía en el sitio de patinaje, el problema fue que se equivocó de nombre del lugar y él la corrigió. Sintió el miedo subirle por la garganta, ahora con más razón desconfiaría de ella. Afortunadamente, lo único que sucedió fue que él le dijo "no te vi ahí donde dijiste" y ella respondió, "yo tampoco te vi pasar", y él dijo "no pasa nada", como para decirle que le creía, como si fuera un favor creerle y ella pudiera estar tranquila por esa ocasión.
A Brandon le molestaba que Agar tuviera tantos amigos, que saliera a divertirse mientras el resto del mundo debía desvivirse para intentar vivir. 
"No me gusta que hagas planes con tus amigos cuando no nos vemos, porque entonces sólo sales conmigo por compromiso", le dijo una vez y ella intentó explicarle que si no era cuando no se veían, entonces, ¿Cuándo vería a sus amigos? Pero él lo dejó como un problema de ella, mientras tanto, se mantuvo distante y molesto. 
Cuando ella le decía que sentía que a él le molestaba que viera a sus amigos, él se ofendía y tomaba una postura taciturna, casi melancólica, como si ella lo hubiera herido profundamente con su comentario, eso sí, después de decirle que estaba mal, que si creía que era de esa manera, lo dejara inmediatamente. Pero cuando ella salía con sus amigos, él se portaba cortante y la ignoraba al día siguiente, hasta que se consumía sustancias por la noche y la llamaba entre risas, como si todo estuviera perfectamente y ella tuviera que aceptar sus cambios de humor y agradecer que la hubiera perdonado. 
Brandon se molestaba si ella se tardaba en contestarle, si no le llegaban sus mensajes rápido, si le decía que iba a salir con alguien (fueran amigas o grupos mixtos), si hablaba o reía efusivamente, si no cumplía con sus expectativas, si se iba a visitar a sus papás, si no lo besaba como él quería, "ni me besas bien", le decía continuamente, a ella eso le preocupaba, pues siempre se había regodeado en ser buena besando, si ella no decía lo que sentía, pero también si decía lo que sentía, si era complaciente, o si era rebelde, si intentaba no hacerlo enojar, "te andas con mucho cuidado de no hacerme enojar", se quejó en una ocasión, "eres demasiado complaciente", dijo casi con aburrimiento, pero ella intentó ser ella misma y él de todos modos estaba molesto todo el tiempo, y, cuando le dijo que siempre estaba enojado con ella, él replicó que no lo había visto aún enojado. Él diferenciaba el estar enojado y estar molesto, sólo la ignoraba, nunca se habían gritado ni dicho malas palabras, para él, la relación iba sobre ruedas. Mientras que a ella nunca la habían tratado tan mal. 
Así pues, numerosas cosas de su personalidad lo molestaban, pero nada lo molestó más que el hecho de que ella pensara. Él quería que ella llevara la cuenta de Instagram de su empleo, no obstante, ella se negó sin palabras, alargaba el momento de decir que sí, pues veía que había evidencia de otro noviazgo en ese Instagram, su exnovia había accedido a ayudarlo, había creado videos bien hechos para él y seguramente la había tratado igual de mal que a Agar. Se sentía mal por ella, pero también agradecida de que, de algún modo hubiera quedado evidencia de cómo él había usado a otra mujer para sus propios fines. Por su actitud, no quería una novia, "somos pareja", le dijo una vez, según él, una novia era inferior que una pareja porque las parejas hacen planes juntas. A Agar le resultó una diferencia tonta, pero aceptó porque pensó que estaría bien probar algo nuevo. Brandon quería una empleada. Al principio no lo notó, salían a andar en bici, tenían largas charlas que más bien eran monólogos de cómo Brandon había vivido muchísimo en su vida, cómo ella podía aprender de él, fueron a museos y a casa de él. Vivía en el techo de casa de su tía. Agar intentó no juzgarlo, era normal que los artistas tuvieran vidas bohemias y sin forma. Ella no quería vivir como él, no quería trabajar de conserje ni en un tianguis. 
El padre se Agar trabajaba en un tianguis y ella sabía que, si sabías qué vender, podía ser un considerable ingreso económico. Brandon no sabía vender. Hacía artesanías de buena calidad, ella admiraba su trabajo, pero no vendía. Y tampoco es que ella hubiera considerado seguir los pasos de su papá, aunque lo admiraba y adoraba, nunca había sido su sueño trabajar en un tianguis con el ritmo, la carga de trabajo, el ambiente musical y climático, y los horarios extensos. Le resultaba demasiado estresante y su papá le había brindado estudios. Aún en ese momento, con su capricho por vivir en la ciudad, graduada y sin trabajo, él la apoyaba económicamente, alentándola a disfrutar mientras podía de no hacer nada más que aquello que amaba: escribir, leer y pintar. 
Brandon decía envidiar eso de ella, pero también quería emplearla, que ella trabajara para él, que no buscara trabajo, ¿Para qué si él podía mantenerlos a ambos? Agar había querido trabajar desde que había acabado la universidad, sólo no había encontrado un trabajo que la convenciera y trabajar para Brandon definitivamente no la convencía, ella quería ser económicamente independiente de su pareja. 
Su última pelea, la que la hizo romper con él un día después, fue un conjunto de todo lo que ya le había demostrado que sería un problema en su relación. Carecía de la importancia que le dieron mientras discutían entre susurros en el tianguis donde él vendía. 
Él quería vender cuadros que ella hiciera con una comisión de diez pesos si cada cuadro costaba cincuenta. Agar se negó, había demasiados ejemplos en la Historia que demostraban que los hombres y el talento femenino no iban juntos, porque ellos se llevaban el crédito o el dinero, o ambos. Por lo cual ella dijo que si él vendía sus cuadros, sería por el diez por ciento como máximo a consignación, pero que ella no quería que él los vendiera. Si ella los vendía, él se quedaría con ocho pesos de todos modos, porque le había regalado papel de material desconocido y ahora le reclamaba un pago. Ella calculó que tendría que pagarle unos quinientos pesos al final de trabajar en todas esas hojas, porque él quería venderle cada hoja a cuarenta pesos, y de cada hoja, saldrían cuatro cuadros. Por lo cual ella le dijo que le cobrara diez pesos por hoja, pues era un precio más justo, cuando vio que no conseguiría un buen negocio, le dijo que le regalaba el material.
—No, te las pago —dijo ella, ya molesta.
—Ya te sentiste, te las regalo.
—Te las puedo pagar ahora, traje el dinero.
—¿Por qué no puedes aceptar un regalo mío? A tus amigos sí los dejas que te regalen cosas.
"Tal vez porque me cobraste las hojas después de regalármelas", pensó ella.
—No recuerdo la última vez que alguno de mis amigos me regaló algo.
—Pero con ellos sí haces proyectos y conmigo no quieres llevar mi página de Instagram —se quejó por enésima vez.
—Sólo he hecho un proyecto y es con mi amiga que llevo trece años de conocer.
—Pon los pretextos que quieras —la interrumpió.
Pretextos. Era su palabra predilecta cuando ella le contaba cosas, esa y "no tienes que justificarte", le decía cuando ella le contaba lo que había hablado con sus papás o lo que había hecho con sus amigos. "No me estoy justificando, te estoy contando" o "¿Pretextos de qué?". Lo mismo le había dicho cuando le había dicho que la amaba y ella había permanecido en silencio, llevaban un mes de conocerse, no podía amarla aún. "En mi familia no usamos esa palabra", le había explicado cuando él preguntó por qué no le regresaba la palabra. "Así que ese es tu pretexto" se sonrió él con esa amargura, luego se alejó de ella como solía hacer cuando no cumplía con sus expectativas. "Está bien, no volveré a decírtelo hasta que tú me lo digas". Y no volvió a decírselo. Ella quería complacerlo y decirle lo que quería escuchar, pero algo la detuvo y fue mejor así.
—A tus tres amigos Ricardos los dejas que te regalen cosas, no quieres que seamos amigos, por eso no te gusta cómo te hablo, porque te hablo como tu amigo.
—Nadie me habla así en mi vida —lo corrigió— nadie me trata así de mal.
—Okay —asintió cuando ella aún no terminaba de decir la frase— okay.
—No he terminado de hablar, no me interrumpas —se enfadó ella.
—¿Quién te está interrumpiendo? 
Ella no pudo replicar por la sorpresa. Él no la estaba escuchando, en cambio, solapaba su voz con la de ella mientras preparaba un argumento que sonaría más a un reclamo.
—Sólo tengo dos amigos Ricardo, no tres.
—Pensé que eran tres.
—Pues aunque fueran tres o cuatro, son mis amigos.
Para Brandon no existían los amigos que no esperaban otra cosa de ellas.
—Estás diciendo que no hay amistades entre hombres y mujeres sinceras, entonces tú tampoco eres buen amigo.
Lo dejó sin palabras darse cuenta de lo que había dicho, que su único propósito al ser amable con una mujer era conseguir acostarse con ella o emplearla para su beneficio. 
La discusión se prolongó, él prácticamente la tachó de engañosa e infiel con su amigo Ricardo, al cual sí le aceptaba sus regalos, lo dejaba hablarle como le diera la gana y hasta lo visitaba en su casa. Sólo había ido a casa de Ricardo en dos ocasiones. La segunda vez había sido hacía dos meses, cuando había llegado ahí para luego ir al cumpleaños de su novia, su familia los había llevado y no habrían estado en ningún peligro, aunque hubieran estado completamente solos: eso era amistad. Y antes de eso, hacía al menos cuatro años de su primera visita.
Se enfadó tanto que estuvo a punto de irse, pero se quedó porque creyó que algo se podía rescatar de esa relación. Lo cual les dio tiempo de discutir sobre la conexión entre el trabajo y la relación.
—Yo no quiero que entrelacemos todo, es peligroso, ¿qué tal si lo arruino? —dijo ella. 
No temía arruinar nada, la simple verdad era que ella no quería trabajar para él, no le gustaba cómo la presionaba continuamente para hacer cosas, ya fueran pulseras, cuidar sus redes sociales o tomar fotos a sus piezas "tienes muchas amigas bonitas, también tu hermana podría ser buena modelo para los collares", le dijo alguna vez, incluso había insinuado que, cuando él se lo pidiera, sabía que ella podría cuidar el puesto en el tianguis si él no podía estar. 
Quizá esa fue la primera vez que lo vio realmente enojado, pero él nunca lo hubiera admitido. 
—Si necesitas ayuda para terminarme, dilo y ya está —dijo sin más. 
Ella frunció el ceño, no había pensado en terminarlo, además, nunca había necesitado ayuda para terminar sus relaciones pasadas
—Te he dado todo, y ahora dices que no lo quieres.
—No, no lo quiero, no me des todo.
Por todo él se refería a su taller/trabajo y él como una unidad. Mientras que el todo que ella rechazaba era esa presión que él quería poner sobre ella de trabajar para él, de servirlo y estar disponible siempre. Lo que más la detenía era la sombra del trabajo de su ex, pero nunca se atrevió a admitirlo en voz alta. Sabía que él se enojaría con ella si le contaba sus inseguridades acerca de trabajar con él. Además, el hecho de que se enojara cuando ella le decía que siempre estaba molesto con ella, era una prueba del temperamento violento con que cargaba. "Tu forma de hablar no es asertiva", le decía él cuando ella decía "siempre" y "nunca". Pero señalar sus errores pragmáticos no mejoraba los suyos. No arreglaba nada. 
También llegó a decirle que no le gustaba su forma de comunicarse. Había salido a comer sushi con sus amigos de la prepa, se dio cuenta muy tarde de que no contaba con saldo y pudo escribirle hasta una hora después de que la recogieron, cuando ya estaban en el restaurante y usó de ancla un celular de sus amigos. Le explicó que no tenía saldo, pero ya estaba con sus amigos y todo bien. Él le dijo que disfrutara y luego ella se desentendió del celular. "No tener saldo no es pretexto", le dijo al día siguiente por la noche, después de ignorarla todo el día. 
Cuando dos días después por fin hablaron por videollamada, ella le contó lo que habían hecho en la salida y la razón por la cual no le había contestado ese último mensaje era porque su amigo con ancla a internet se había ido en su propio coche. Ella explicó lo sucedido, con un tono de voz cada vez más inseguro y apresurado. Él ya estaba negando con la cabeza. "No me sirve", dijo él, "no me sirve tu forma de comunicarte". 
—¿Por qué te tiene que servir? 
—No me gusta tu forma de comunicarte —recalcó.
—Pues si no te gusta lo más esencial de alguien como yo, ¿qué sentido tiene?
—¿Qué sentido tiene? Siempre dices eso, está bien. Pero no me vas a gustar como eres.
—¿Cómo?
—No te voy a querer así como eres.
Nunca le habían dicho algo tan planamente no romántico, hasta agresivo. 
Después de su discusión en el tianguis se despidieron con frialdad. Ella estaba a punto de llorar, se sentía derrotada por la situación, había creído que podían arreglarlo y ahora tendría que esperar hasta la tarde o el día siguiente para hablar de nuevo. "Estás demasiado tranquila", se quejó él. Ella se preguntó si él quería que ella llorara y le rogara, o gritara y se arrastrara por él. Quiso que él viera que realmente le afectaba todo aquello. No comprendía por qué tenía que hacer las cosas tan complicadas. 
Luego fue la llamada donde le preguntó si había salido con alguien al Centro, básicamente si lo estaba engañando, inventándose escenarios ficticios donde él debía controlarla a como diera lugar. Como la vez que él le dijo que no iba a permitir que ella tuviera pretendientes. Ella rio. Aún no se conocían, no creyó que hablara en serio, pero él permaneció impertérrito. "Y ¿cómo piensas evitarlo?", Se atrevió a preguntar. El silencio que le siguió a su pregunta le dio la respuesta, la iba a dejar si ella tenía algún pretendiente. Ella intentó explicarle que a ninguna mujer le gustaba tener pretendientes. "Es molesto, no creas que los tenemos por gusto y no es como que podamos hacer algo al respecto". "Les dan entrada", dijo él y sus palabras se quedaron flotando llenas de red flags
Darles entrada a los pretendientes era la forma maquiavélica de las mujeres de poseer sirvientes para su beneficio, siempre era bueno mantenerlos interesados sin darles lo que querían, pero sin cortarle las alas para no alejarlos. Lo que Brandon no comprendía era que, si una mujer se atrevía a "cortar de tajo" el cortejo, ella quedaba como la mala, la histérica o la imaginativa, pues nadie le había ofrecido nada, nadie la había invitado algo que no fuera de amigos ni le habían dicho nada abiertamente. La situación se convertiría en algo terriblemente incómodo y al final el pretendiente se alejaría ofendido y con frases tales como "¿Y esta quién se cree que es?", "Ni que estuviera tan buena", "ni quien la pele" y muchas más por el estilo. Al final, la culpa y toda la incomodidad sería de ella. No valía la pena pasar por eso sólo para que Brandon estuviera tranquilo con su insaciable ego.
Normalmente eran los hombres quienes daban el primer paso y Agar había comprobado que los pretendientes que ella solía tener no solían darlo porque no veían muestras de interés de su parte. Así que no estaba en real peligro. Hubiera sido más fácil rechazarlos y alejarlos si ellos se hubieran atrevido a invitarla a salir, por suerte, no era algo común. Él se preocupaba por nada. En aquella ocasión intentó no sentirse celada, amenazada su libertad, pero no pudo evitarlo y lo habló con sus amigos. Era peligroso, habría que tener cuidado y ver también los detalles. 
Cuando al día siguiente la despertó su menstruación a las seis y media, decidió escribir todas las razones por las cuales lo terminaba, sería clara con él y, si insistía, lo bloquearía de todos lados, haría lo posible por no encontrarse otra vez con él.
Diez minutos después, como invocado por sus ganas de terminar con aquella horrible y corta relación, recibió una llamada suya. Contestó. 
—¿Cómo estás? 
Su voz sonaba amable. La primera vez que sonaba realmente amable por teléfono.
—Bien, de hecho, qué bueno que llamas, porque tenemos que terminar —soltó de golpe sus intenciones. No quería alargar la llamada más de lo necesario y sí, había decidido que no valía la pena verse de frente para terminar. Una llamada era una generosidad. 
—No llamaba por eso, llamaba porque quería verte más tarde, pero bueno —dijo él con un tono de humildad que nunca le había oído.
—Sí. Creo que estuvo muy bien haberte conocido, pero eres muy celoso, valoro demasiado a mis amigos y mi libertad como para renunciar a eso. Y cada que salía con mis ellos te enojabas, lo que me hizo darme cuenta de que no eres lo que quiero para mí.
—Creo que estás tergiversando las cosas, pero está bien —repondió. 
—Como sea —"ya vamos a terminar"— no me arrepiento de nada —"Sólo de haberme topado con alguien como tú", cerró su discurso con un aspecto positivo. Lo había terminado con el efecto de sándwich que estaba compuesto por algo bueno, algo malo, algo bueno, y había funcionado, no estaba furioso. —Eso es todo por mi parte —dijo ella, pues él no decía nada.
—Yo tampoco me arrepiento de nada, y también me alegro de haberte conocido —dijo. 
Ella sintió una profunda nostalgia por lo que pudo haber sido, por todas las posibilidades perdidas en una relación tan poco convencional en la actualidad. Pero la diferencia de edad, la desigualdad de poder y las expectativas no hubieran hecho de esa una relación sana y feliz. 
—Adiós —dijo ella, "hasta nunca", pensó satisfecha por haberlo terminado sin complicaciones, y colgó. 


Renovación

La traje aquí para que no se muriera .
Ya dio un hijo
Ah, bueno, ya se puede morir 
No, ya lo vendí.
Eso se llama maltrato plantuno.
Se llama renovación

sábado, 17 de junio de 2023

El Primer Intento

No extrañaba esa sensación de picor en su garganta, como si una colmena de abejas se hubiera instalado en ella y no tuviera para cuando marcharse. Era un aviso del verano, al menos su respuesta al calor no había cambiado, mientras que las luciérnagas y chicharras comunes de la temporada habían escaseado año con año. No estaba nada contenta al descubrirse enferma en sus vacaciones indefinidas, pues estaba dispuesta a ser la persona más productiva artísticamente hablando sobre la faz de la tierra. Su único problema, además de la inminente gripe era su situación económica. Se había graduado de la carrera el verano pasado y aún no conseguía un empleo estable. Desde luego que lo había intentado, incluso ya había tenido su primer trabajo, de librera en una librería independiente. Aquel título le resultaba gracioso, pues, de algún modo sonaba importante, los títulos masculinos siempre sonaban así cuando los intentaban emplear en femenino, eso le habían enseñado desde primaria. No obstante ella había aprendido dos cosas cruciales en ese lugar, la primera, pleno siglo XXI y aún existían los ismos de clasismo y racismo, así como la misoginia normalizada en su espacio de trabajo, sin importar que fuera una persona estudiada y culta, que leía más que los dueños de la librería, una psicóloga sin ejercer en su área y su hijo, un joven estudiante de arquitectura, dispuesto a pagar 50 pesos dos veces al día por sus dos tazas de café y no pagar más de 32 pesos a sus empleados la hora, aunque el trabajo consistía en estar de pie toda la jornada, atender clientes, alimentar el sistema, limpiar la librería incluyendo tirar la basura de todos los botes (sí, el baño también - había estudiado cinco años para terminar recogiendo los papeles usados por los albañiles que construían la parte faltante de la librería, los cuales probablemente ganaban más que ella, se preguntaba por qué demonios el puesto especificaba "universitario", si la iban a tratar como una empleada desechable). Su día de trabajo consistía en seis horas, sin descanso, excepto los sábados, ese día era de nueve horas, menos la hora de comida (la cual no se la pagaban y a veces no le daban completa pues la mandaban a hacer cosas necesarias siempre que los jefes se encontraban por ahí). Como era de esperar para alguien como ella, acostumbrada a una vida de comodidad, no se quedó mucho tiempo. "No puedo más", les dijo a sus padres por teléfono antes de renunciar. El trabajo que tenía que hacer y el sueldo frugal no fueron sus únicas razones, de hecho, de no haber sido por el despido de su compañero, ella probablemente se hubiera quedado más tiempo. Sin embargo, el trato hacia él fue decayendo desde que ella llegó hasta que una noche de sábado la jefa le pidió que se fuera temprano, que le inventara una mentira a su compañero para irse sin que él sospechara. "Me van a correr" aseguró él cuando ella le comunicó lo que la jefa le había pedido. Lloró todo el camino a casa de sus papás, aún tenía esperanza de que no fuera así, no podían dejarla sola en aquel trabajo. Siempre los dejaban salir cuarenta minutos tarde sin pagar horas extra. Caminaban a la estación de bicis y no pasaba nada porque eran los dos, a las nueve de la noche. En cambio, ella sola en esa ciudad famosa por sus desapariciones y feminicidios, no quería pensar en las noches por venir, sobre todo porque si moría a causa de eso, no valdría la pena: moriría pobre.
Habían pasado dos semanas desde que la jefa le había gritado con saña a la chica que hacía el aseo que iba tres veces por semana. Nunca volvió y así fue como a ella le tocó encargarse de su trabajo todos los días. Ahora, sin su compañero le tocaría todo lo de oficina y los clientes difíciles también. 
Ella clasificaba como "clientes difíciles" a los hombres, en su mayoría en sus treinta, que iban ahí con un aire intelectualoide y hablaban de conceptos y autores especializados en la uña del pie de Miguel Ángel. Ella entonces, se los pasaba a su compañero que tenía los discursos más elaborados y, dicho sea de paso, más masculinistas, y de desentendía de ellos. Ese tipo de hombres sólo iban ahí para sentirse mejor. "Esos libros son literatura para mujeres" le dijo una vez un sujeto de cabeza brillante y al parecer mal gusto literario, pues los verdaderos autores, según su criterio eran, sí, buenos autores, pero sólo hombres. Básicamente, según sus ideas, todo lo escrito por mujeres concernía sólo a las mujeres, y ella quiso estrellar su perfectamente lisa cabeza contra la mesa de regalos navideños. En otra ocasión, otro sujeto le habló durante media hora sobre sus vidas pasadas. "He vivido mil vidas. Esta es mi reencarnación número mil", le dijo y ella contuvo la respiración con una sonrisa forrada de falsa credulidad. Su compañero nunca acudió en su ayuda, y, al irse el cliente con dos libros enormes y caros pagados en efectivo, se limitó a decir con su acostumbrado todo de autocomplacencia "mientras compren algo, me pueden decir todas las locuras que quieran". El problema era que había sido ella la que lo había tenido que soportar. En casos así, intentaba mostrar amabilidad, muchas veces lo único que lograba era ser condescendiente.
Siempre estaba el problema del aseo, sobre todo desde que la chica decidió no volver, pues había que buscar la escoba, el trapeador y el cubo por toda la construcción, incluyendo aquella llena de albañiles y polvo. Ella comenzó a sospechar que se los llevaban solo para que ella tuviera que subir y saludarlos, pues cada vez era más frecuentes y más tardadas las pesquisas por todo el lugar. No podía ir de colores claros porque, apenas iniciada la jornada, ya estaba llena de polvo y suciedad. Intentaba mantener el ánimo, pero las primeras semanas le impusieron trapear con cloro sin darle guantes, lavar los trapos terriblemente sucios porque los usaban como trapeadores en las superficies cubiertas de polvo fino y blanco. Todas las seis horas debía estar trabajando sin parar, si se sentaba debía ser solamente porque iba a trabajar en la computadora. 
El primer día sin su compañero tuvo ganas de llorar todo el día, estaba furiosa. Los jefes hablaron con ella y le explicaron las razones por las cuales lo habían despedido, nunca le hablaron de contratar a alguien más, al contrario, le dijeron que pronto le darían más tareas, le prometieron algo que ella no necesitaba. Así pues, les dijo que sabía que a su compañero le pagaban ocho pesos más que a ella la hora, ellos respondieron que así era y que se sentían muy muy apenados por haberlo hecho. Luego le siguió un silencio, no sabía por qué esperaba una explicación. Así que les dijo que le estaban pagando tres pesos menos de lo que le habían dicho que le pagarían durante la entrevista. Ellos dijeron que no le podían pagar más, pero le podían ofrecer horas extra. Y, justo después de que les dijo que no, le mostraron su nuevo horario para las semanas de navidad y nuevo año. Le darían una semana completa de vacaciones, volvería con horario de oficina. Ya no trabajaría de 2:00 PM a 8:00 PM (+40 mins), sino de 10:00 AM a 7:00 PM, y, de algún modo, le pagarían casi lo mismo, porque realmente qué son $32 por hora si no le iban a pagar ni la hora de la comida (ni aunque se la hubieran pagado hubiera alcanzado a comprar algo de comer en esa zona). En ese momento dijo que sí. Al día siguiente renunció. No necesitaba estar en esa situación, no quería trabajar para ese tipo de gente que la veía como alguien o algo inferior a ellos sólo por no haber estudiado una carrera normativa en una escuela carísima. 
Se obligó a ir a trabajar un último día. Consideró más profesional renunciar en persona y explicarse, si es que había algo que explicar. "¿Estas bien? Creo que estás siendo muy injusta conmigo, te pusiste de parte de él, que se está victimizando y necesito que te pongas de mi lado", dijo la jefa con los ojos relucientes de enojo. Ella entonces sintió un enorme rechazo por esa mujer. "No tengo nada contra usted, sólo estoy nerviosa porque voy a renunciar" replicó ella con calma. Cuando la jefa le pidió que repitiera lo que había dicho ella utilizó las mismas palabras y el mismo tono que en un primer momento. Entonces la jefa desbordó su descontento sobre ella. La llamó traidora, malagradecida, le recordó que le habían dado todo, "to-do" recalcó haciendo una marcada separación entre sílabas. No le habían dado contrato, no tenía seguro, no le pagaban lo que le habían prometido, no le pagaban el tiempo extra, no respetaban su horario de comida, la hacían quedarse casi una hora extra todos los días sin tomarlo en cuenta en su salario mísero semanal, no les interesaba si llegaba bien a casa, estando la situación como estaba y dejándola salir mucho después de su horario de salida en la noche. Le pedían ser universitaria, ¿para qué? ¿Para limpiar los inodoros con el título? ¿O para trapear el piso con su conocimiento en literatura?
Así pues, conforme la jefa le gritaba con lágrimas en los ojos, ella no pudo más que poner su mejor cara de pesadumbre, con notas soterradas de escepticismo, pues le parecía demasiado drama. La jefa le dijo que los dejaba en un tiempo difícil. "¿Cuándo pensabas dejarnos?" Le preguntó. "Pensaba venir toda esta semana, hasta el viernes", mintió, pues iba a ir ese último día y nunca volvería. "No, no queremos a alguien con ese tipo de disposición", zanjó la jefa, "no tiene sentido que sigamos la junta, hazle su carta de renuncia y luego continuamos", le dijo a su hijo. También la hicieron firmar una hoja donde decía que le habían dado todos los derechos básicos, que no le debían nada y estaba conforme con haber trabajado ahí. Ella sólo quería irse y firmó. No merecían la paz que da un papel. Le pagaron una suma mínima de dinero y se marchó. Odió cada momento de tensión.  Una vez en la calle respiró con alivio y sonrió para sí misma. La vida aún tenía mucho que ofrecerle.
Desde entonces, habían pasado ya seis meses y no había encontrado nada, a pesar de sus noventa y ocho búsquedas y sus siete alertas de trabajo en una plataforma de empleos y sus no contados intentos en la red general. Siempre había creído que lo complicado sería mantenerse en un trabajo, no obstante, cada vez tenía menos idea de en qué trabajaría, dónde y si le gustaría. Sospechaba que no, a casi ninguno de sus amigos le gustaba su trabajo, y de sus compañeros de letras, ninguno ejercía en el área deseada. Ella había estado cerca de conseguirlo en aquella librería, convivía con editoriales y eventos culturales, escritores y otros amantes de libros, resultó ser un ambiente pretencioso y viciado. No se arrepintió de dejarlo ni cuando vio cómo el tiempo avanzaba y nadie le regresaba correos a sus currículos, no había entrevistas, sólo el silencio sordo típico del internet. 
Ojalá no se enfermara, quizá pronto le responderían de un trabajo, se tomó limón con miel y se fue a dormir. Tenía que conseguir su sueño de vivir en la ciudad, sólo necesitaba un empleo y nunca pero nunca poner como referencia ese primer trabajo, pues seguramente sólo dirían pestes sobre su desempeño y su falta de compromiso. A veces es mejor fingir que se es bueno en algo por coincidencia y no por experiencia o esfuerzo, pues, de no ser bueno, no pasa nada, nadie esperaba que lo fueras en primer lugar y siempre se puede aprender. Como ella aprendió a renunciar al primer intento. 


lunes, 12 de junio de 2023

:)

Me pregunto por qué los zancudos nos persiguen y quieren drenar nuestra sangre, ¿no se dan cuenta de que cada que lo hacen, se vuelven más como nosotros? ¿Por qué querrían parecerse a nosotros si son ellos los que nacen nadando y mueren al vuelo?

jueves, 1 de junio de 2023

Nadie nos dijo

Nadie me dijo que antes de sentirme viva, me sentiría perdida.
¿Nadie te dijo que antes de sentirte viva te sentirías perdida?
Nadie le dijo que antes de sentirse viva se sentiría perdida. 
Nadie nos dijo...
Seguimos cayendo, parte del torbellino rutinario. No seremos fantasmas, pero somos invisibles, no hemos muerto, pero el olvido nos pisa los talones.
Romantizamos nuestras vidas, se gastan en oficinas con café matutino y buenos adjetivos, con plantas y libros.
Nos vemos vivir día tras día, a veces dejándonos llevar y nada pasa o pasan cosas que pensamos malas. 
Tal vez no estoy viva, tal vez por eso me encuentro tan perdida.
Te merecías toda esa vida, la que soñabas, que todos tus deseos hubieran realzado tu sonrisa, sé que en este presente, ni eso hubiera sido suficiente para llamarte exitosa y no perdida.
Nunca más volveré a temer a la soledad. 
Ni a esta libertad recubierta con todas las posibilidades. 
No pasa nada si para vivir hay que perderse, si vivir perdida es el éxito del que no se habla en los periódicos ni en redes, si estar sola es, a fin de cuentas, parte de la felicidad, parte del cierre.