Sentí el vértigo y luego vi mis intestinos en el suelo.
Mi corazón unos metros más allá.
Nos odié por esperar tanto.
Desée haberme ido la primera vez.
No me refiero a nuestra primera discusión,
Cuando tus lágrimas se volvieron mi mar
Y me sentí asfixiado, indefenso.
Tampoco la primera vez que vi la decepción
De pie entre nosotros en una habitación.
No. Más bien fue la primera vez que ese silencio blanco inundó todo,
Se adhirió a las paredes y enmoheció el techo.
Al inicio no lo reconocí,
Nunca lo habíamos visto ni oído
Y ninguno hizo nada para detenerlo.
Ahora pienso en las paredes de un bonito color menta.
No quedó nada de eso,
Inundadas por ese silencio salitroso
Que oprimía el pecho y causaba alergia a los sillones.
El silencio de los malentendidos.
Lo pienso ahora y creo que habría podido hacer algo.
Moverme. Zarandearnos,
¡Cualquier cosa!
Con tal de que nos sacara del estupor.
Creo que ambos estuvimos en shock por mucho tiempo.
Hasta que fue tarde.
Caímos desde tan alto.
La gravedad cambió sus reglas aquel día.
Se sintió imprevisto, un golpe sordo y estaba hecho.
Fue como caer en cámara lenta, como no caer en absoluto.
Verlo sin entender, desde fuera como los testigos que fuimos.
Nos vi caer desde tan alto.
Porque a veces está bien caer.
Porque crees que existirá otra persona.
Por desgracia, no muchas están dispuestas a caer.
Y hacen bien.
Míranos, estrellados contra el piso,
Desparramados de realidad,
Enterrados en esta distancia
Que creamos con prisas,
Con la esperanza de disipar...
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