Me dije que quizás podíamos suavizar la caída.
Sabía que no habitaba en mí la fuerza para irme por mis propios medios.
Quería ralentizar lo inevitable, mantenernos en el bucle conocido de un tal vez.
Pero siempre supe agradecer las desgracias que me volvían creyente y me volvían poeta, que nos hacían compartir esta vida a medias.
Y no, ya no queda nada, ni el imaginario, ni la esperanza. Para todos nosotros es el fin.
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