martes, 25 de noviembre de 2025

De la sabiduría de los cítricos

​Algún día quiero volverme polvo, porque aunque no creo en la mitad de las cosas que he leído en la Biblia y la otra mitad me parece atroz, sí que me resulta tentadora la promesa de desintegrarme y volverme parte de la tierra, ser abono para plantíos y bosques, ser un ente que persigue aves insomnes en noches de profundidad inalcanzable.

Algún día quiero ser parte del paisaje, si no llego a convertirme en historia, si no si no puedo ser poesía, quiero quedar plasmada en los libros de biología, convertirme en guardadora de la vida. Y es que los forjadores de mundos pueden provenir hasta de una mandarina. No subestimes su existencia por temporadas, hasta ellas reconocen que después de octubre ya no queda nada, volverse polvo en enero es el ciclo correcto de esas frutas suicidas.

Algún día quiero ser sabia como un cítrico, aunque todas mis mascotas con nombres similares siempre han muerto: Toronja y limón, y estoy segura de que de haber nombrado a alguien más en ese espectro de nombres, también habrían tenido que morir, volver al polvo de donde ya habían escapado.

A Toronja le gustaba tomar el sol bajo un granado, con la inconsistencia de las hojas. 

Mientras Limón correteaba detrás de mi hermana y de mí en días fríos de diciembre, en años distintos, ninguna conoció un enero en nuestra casa. Me gustaría decir (aunque no es algo que pueda realmente gustar decir) que sus muertes fueron inevitables, que sus nombres y destinos iban pactados con mi teoría sobre las mandarinas decembrinas, pero sé que no fue así. Con todo, su sabiduría no se niega ni se confirma. 

Quizás por eso algún día seré sabia como un cítrico, con la necesidad inherente de volver al polvo, de no formar parte de los libros importantes, solo con menciones honoríficas, de unirme reticente a un ciclo natural de la vida y que la gente haga muecas cuando sepa de mí. Algún día volveré al polvo y renaceré en la rama de algún árbol, con la forma redondeada de piel rugosa, con secretos de otras eras y un impulso suicida propio de frutas como yo.

martes, 18 de noviembre de 2025

De la labor del tiempo

​A veces tengo tanto miedo del paso del tiempo, ni siquiera hay tiempo de preocuparnos, vivimos en la ocupación inmediata, el ahora mismo, todo categorizado en la emergencia y no promete cambiar. Nos desplazamos por los días a cada vez mayor velocidad y todo son responsabilidades y deberes disfrazados de sueños y deseos, de mensajes subliminales que nos indican lo que está mal y lo que está bien querer.

Tengo miedo por no soñar con endeudarme, por rehuir los pasatiempos “normales” y retroceder ante las olas consumistas y de satisfacción fugaz, pero nadie me entiende y me llaman loca, de carácter tacaño y muchas veces posesivo al pensar en mis formas de gastar.

Yo solo pienso en comprar libros y comida y renta y servicios, salir con mi novio y amigos, y de vuelta a empezar. 

No tengo más que decirle a todo el mundo que estoy viviendo otra vida, tal vez a la suya muy distinta, pero es mi tiempo, es mi sueño que no encaja con lo que la sociedad estipula y adoctrina. Y no siento que me esté quedando atrás, aunque como manchas borrosas los veo pasar y pasar. Más bien quisiera saltar al tiempo, volver a distinguir la línea entre el escrolleo excesivo y el antiguo aburrimiento.

¿Hace cuánto que no pienso? Es que nunca me detengo y no hay tiempo de pensar. ¿Esta soy yo o solo el conjunto de un comienzo entre la realidad y el vacío de un espacio virtual? Si cierro los ojos, ¿puedo recordar algún número telefónico, la conversación más reciente que tuve, mi desayuno de ayer? Si cierro los ojos, ¿seré capaz de detener esta sensación de vivir a la escapada, de prender y apagar pantallas, de correr tras los camiones y despertar en la oscuridad para repetir el ciclo e ir un día más a trabajar?

Y no es que no me guste, ¿acaso no sonrío como si fuera feliz? Más bien es que no me es suficiente. Quisiera dormir más, amar más, leer más, pintar, escribir, incluso tener tiempo para llorar,  pero ya estamos viviendo todos nuestros minutos al mismo tiempo. Y si hubiera más horas en el día, seguro el sistema también los haría suyos para que trabajemos más. 

martes, 11 de noviembre de 2025

Polvo ocasionado por tanto girar

​Mi vida es un borrón de colores por lo rápido que pasa,

Ya no distingo si estoy viviendo mucho o solo soy parte del entorno,

Dejándome llevar, en un intento por seguirle el ritmo a esta ingravidez vital.

Contra toda lógica es detenerme, prefiero de velocidad deteriorarme y formar parte de este universo fugaz.

Voy a armarme de polvo y volver de este mundo a estremecerme,

Porque estoy condenada a nunca parar,

Como tú, yo también juré que al morirme nuestro planeta perdería su poder gravitacional, 

¿Cuándo has visto a la tierra dudar? ¿Qué tanta influencia tenemos, hay consciencia de la pérdida, un vacío en el espacio, agradecimiento o llanto? Quizás la Tierra no siente cuando morimos, pero siente nuestro caminar.

Al final somos la espuma que habita en el mar, dispuesta estoy a enternecerme, enterrarme, todo con tal de ya no girar.

Pero los círculos están en todos lados, es lo más característico de ser humano, nos volvemos espiral, coleccionamos caracolas, somos hermeneutas que olvidaron cómo interpretar.

Ya no espero nada, ojalá estas náuseas se pasaran, para así por fin olvidar lo que es perderse, revolverse, aprender a reverdecer en este conocido mal.