sábado, 27 de mayo de 2017

Ya no tengo títulos brillantes, nunca los tuve

Las semanas pasan, la vida sigue y con ella su ironía estática tras tristes sonrisas.
Los días parecen eternos, se arrastran y desaparecen como si nunca hubieran existido.
Las horas vuelan, se van flotando sobre aviones de papel, con sueños descoloridos.
Los segundos duelen, se quejan y esperan con falta de realidad un regreso, el suyo.

La monotonía canta que vuelva a su comodidad, que allí estaré segura del pasado.
La situación actúa con inocencia e ignorancia, la soledad es vasta pero no infinita.
Las personas van y vienen, van más que venir, ojalá todas se despidieran de una vez.
Una vez una persona escribió que la vida pone a cada quien en su lugar, creo que mentía.

Los mensajes parecen estar a la orden del día, no los necesitamos pero siguen presentes.
La insistencia que ahora es no sólo innecesaria sino indeseada, toca a la puerta una vez más.
Las cosas sin sentido parecen convertirse en el menú diario de la vida, como los desamores.
Lo único que es necesario es una despedida definitiva, nunca había deseado tanto decir adiós.





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