La superficie era tan espesa que apenas podía moverse. El fango le llegaba hasta las rodillas y se desplazaba con dificultad. De pronto, fue como si la tierra se abriera con el único propósito de engullirla, pues el suelo se tragó uno de sus pasos y se vio envuelta en la textura húmeda y arenosa. Luego comenzó la caída. Cayó entre lo que le parecieron ramas que le arañaron la piel y la zangolotearon entre giros. El descenso fue rápido, lo único que vio fueron las luces borrosas del fin. Sintió vértigo y el estómago revuelto por el exceso de gravedad. Dio con el suelo que la dejó aturdida un buen rato, le pitaban los oídos y lo único que pudo notar fue la textura lisa y seca de la frialdad que la abrazaba; y la aterciopelada combinación entre luz y oscuridad, entre calidez y humedad infinita.
Por otro lado, si estaba tantos metros bajo tierra, ¿de dónde provenía aquel resplandor anaranjado? Debía tratarse de la presencia de algún dios o demonio, condenado a pasar su eternidad bajo las ruinas de Pálida Sombra, ciudad conquistada y destruida un siglo atrás.
Cuando fue capaz de ponerse de pie, no pudo evitar pensar que seguramente la caída la había matado, o tal vez había muerto desde antes, por falta de alimento y abrigo, pues no tenía sentido lo que la rodeaba. Ante ella, las luces que se alzaban no provenían de ninguna de sus conjeturas, sino que eran simples bombillas de aceite y velas que colgaban con cuidado de cada puerta, techo y ventana; estaba ante una ciudad enterrada donde se suponía, no quedaban más que huesos hacinados de las víctimas que no habían logrado escapar de la furia de Lotum. Asimismo, cientos de hachones pendían sobre su cabeza creando el efecto de una ciudad siempre insomne. El gran árbol que había amortiguado su caída no tenía ni un rastro de vida, era sólo ramas secas que protegían a los habitantes del lodo que los había enterrado vivos. Comenzó a avanzar con cuidado, el piso parecía hecho de piedra negra, obsidiana brillante y pulida. A pesar de todas las luces, las sombras eran espesas y la acompañaban en cada paso.
Avanzó entre pasillos intrincados, aparentemente desiertos, descubrió jardincillos de toda clase de hongos y mohos que crecían entre las casuchas hechas de madera. Se preguntó cómo habían sobrevivido durante tanto tiempo sin sol, sin agua, sin huertos o comercio; todo eso eran cosas que ella daba por hecho... Se detuvo de golpe, no había visto a nadie desde su caída, no había escuchado ni notado rastro de vida humana, quizá allí vivían hadas o demonios, ellos eran los únicos que podrían sobrevivir en aquellas condiciones, no obstante, ¿por qué se quedarían allí siendo criaturas de poderes tan prácticos?
Comenzó a sentir el miedo subirle por la columna, y la oscuridad y el frío se le adhirieron a la piel. Eligió una puerta al azar y tocó con fuerza. El sonido amortiguado de sus nudillos y la madera hizo eco en la penumbra del pasillo y vio moverse algo entre las sombras. Contuvo la respiración e intentó abrir la puerta, estaba cerrada; aquello que la acechaba profirió un largo gruñido y adoptó una posición de ataque, ¿cómo lo sabía si apenas podía ver nada entre las sombras? No podía detenerse a pensarlo, comenzó a correr, a perderse en los pasillos laberínticos de la Ciudad de las Luces. Sentía la presencia amenazante que la perseguía, pero ni todas las luces lograban desvelarla.
Siguió corriendo hasta quedarse con el cuerpo doblado en dos, en un intento por recuperar el aliento. La había perdido, si subía al árbol podría ver con mayor claridad entre los pasillos. Pero sus pasos se habían vuelto tan torpes como si caminara de vuelta en el barro y se preguntó cómo había llegado ahí. Sueños fragmentados, inexplicables... Quiso avanzar hacia el gran árbol, corrió y corrió sin conseguir avanzar, las velas comenzaron a parpadear conforme su presa se alejaba y muchas se apagaron cuando por fin se lanzó sobre ella y la tiró al piso, el cual también se fragmentó, como sus pensamientos cuando, de un salto se encontró sobre su cama en el palacio. Otra pesadilla, siempre en esa ciudad olvidada, siempre perseguía algo, esta vez, al menos conocía la forma de llegar allí.