domingo, 28 de octubre de 2018

La expulsión de Huerto Verde

Tres era el número perfecto, ¿por qué entonces eran cuatro? No, debía ser una confusión. El problema era que ella nunca se confundía. Lo sabía y preveía todo. ¿Qué había cambiado? Nada, seguramente. A menos que... No. Imposible. Después de todo lo que les había dado, no podían haberse vuelto contra ella. 

Había construído un mundo exclusivamente para ellos; un lugar cómodo, lleno de vida y tranquilidad. ¿Por qué desearían romper con tal perfección? Después de todo, les había dado incluso un lenguaje para comunicarse. Eso hacía todo más divertido, ¿no?

Había hecho el día y la noche para que pudieran diferenciar el paso del tiempo; les había entregado los secretos del universo y su compañía mutua. Todo estaba planeado. El número tres sería la clave de todo. Siempre serían tres. ¿Acaso no habría tres mosqueteros? ¿Tres hadas madrinas? Pero ahora no, ¿por qué?

Debía descubrir quién era la cuarta persona y qué hacía ahí. La sensación de incertidumbre era molesta. Hacía siglos que no la sentía. Los había creado precisamente para evitarla. Ellos harían lo planeado, estarían delimitados de forma discreta, por oposición con el resto de criaturas creadas. Tendrían las aproximadamente dieciséis características del lenguaje humano que en unos miles de años un tal Hockett señalaría. 

Serían perfectos, como ella, pero por partes. Serían un espejo estrellado en el suelo que reflejaría cada una de sus formas y caras. Ellos y sólo ellos serían una totalidad. Un conjunto de características específicas los definiría. Pero algo había cambiado. 

No parecían los inocentes seres preposicionales que había dejado esa mañana en Huerto Verde. Hacían algo extraño con sus rostros y cuerpos. Se balanceaban y sus dentaduras quedaban al descubierto, a la vez que se escuchaba un extraño y agradable sonido procedente de cada uno de ellos. Decidió llamar a aquello que hacían, reír. Ellos reían; pero no sabía por qué. ¿Por qué no sabía todo? ¿Qué sucedía con ella?

Entonces lo supo. Fue más una suposición, pero ignoró esa sensación de duda y lo dio por hecho. Ellos habían formado a la cuarta persona. Le habían dado aliento de vida y hecho a su imagen y perfección. Pero eso los había hecho imperfectos a todos, pues tenían un poco menos de la dosis necesaria de perfección. 

Se acercó entre las ondas de sonido y pudo ver a la cuarta creación. Parecía linda, pero no hermosa como las criaturas a las que ella... ¿Pero qué era eso? ¿Qué había sucedido con el cabello del chico? Era grueso y desordenado, ¿y con su piel? Demasiado pálida y sombreada aún sin que fuera de noche. No tuvo que esforzarse mucho para ver las nuevas fallas de su creación. Ya no había perfección en ellas. La más pequeña de todos era antes de la misma estatura que ellos; su cabello era largo y de un lacio imposible de conseguir y ahora era corto con tonos rosas. La otra joven, cuyos ojos sólían contener el color de los secretos del cielo, ahora eran tan verdes como Huerto Verde, como las plantas, como el verano. 

Y la nueva criatura había sido la culpable. Los hacía reír y eso los hacía casi perfectos otra vez, pero en seguida sus nuevas peculiaridades la hacían sentir traicionada y herida. Habían arruinado su comunidad, su perfección y su tranquilidad, por un poco de diversión.

Fue por Fuego y lo dejó correr libre por Huerto Verde. Primero, todo se volvió nebuloso, como era en el principio, antes de que cometiera el error de crear la posibilidad de un error. Y Huerto Verde fue consumido por algo asfixiante, rojo y caliente. 

Las cuatro criaturas huyeron despavoridas fuera de lo que había sido Huerto Verde. Se llevaron su verbo reír conjugado en gritar. Se llevaron esa desagradable versión de ellos, imperfecta, aunque aún preposicional; a fin de cuentas, se llevaron su espejo y su propia versión. Se vio a sí misma corriendo entre colores lejos de Huerto Verde. Tras otras tres personas y lo comprendió. Y lo detuvo todo y lo restauró. 

Pero ahora había un vacío. La ira ya no lo sustituía, ni tampoco el acuerdo con su creación. Supo de que los necesitaba de vuelta. Pero ellos debían querer volver porque algo se había roto en ellos. Era más que un espejo, eran pequeñas esquirlas esparcidas que constituirían el todo del cual habían sido parte. Puso en ellos ese vacío también. Ellos lo sentirían y vendrían a ella para restaurar la comunidad que la traición y la ira habían destruido. Deberían enviarle risas encapsuladas que su propia e imperfecta versión había compartido con su creación. Ése sería el único modo de volver a Huerto Verde, pero en su versión mejorada. 

domingo, 7 de octubre de 2018

Una petición de música

Un "tal vez" se volvió ruegos, se convirtió en una pequeña carta,
en un globo de papel con un mensaje, en una mano rayada.
Un "no lo sé" nos hizo platicar en clase, casi  cualquier cosa lo hace;
pero también nos hizo dudar y repetir el enunciado unas a otras.
Un "sí quiero ir, pero no hoy", fue suficiente para no rendirnos,
suficiente para esperar a que alguno de los recados surtiera efecto.
Un "a lo mejor" consiguió hacernos esperar en un jardín sin saber;
consiguió la música, las fotos, la voz y valió cada minuto de espera.