Desearía que por fin terminara, que dejara de recordarme lo que perdí, lo que pude haber perdido para siempre, lo que aún puedo perder sin más. Miro a uno y otro lado antes de cruzar por las imponentes vías del tren por las que siempre suelo pasar en autobús, todo es de un color amielado, incluso los arriates de tulipanes con todo el cuidado del mundo lucen marchitos, apagados, ganosos de la llegada de otra temporada. El despiadado sol los ha tostado de tal modo que han dejado de lucir pulcros y plastificados, imagino que si aquí nevara, la nieve se habría alterado del mismo modo.
Me siento como un copo de nieve derretido, aunque nunca le he preguntado a uno por su estado al derretirse, ni siquiera he visto a uno hacerlo, pero siento que es como se sentiría sabiendo que está a punto de transformarse quizá para siempre, de olvidarse de lo que era o de añorarlo inevitablemente.
Cuando pienso en el pasado, intento capturar los mejores momentos que viví, me parece absurdo haber pasado un año deseando borrar lo sucedido, cuando sin eso que pasó, no tendría mucho que recordar, todo lo que soy ahora se lo debo a esos escasos ocho meses que viví sin monotonías, muchas veces con angustia y otras con impotencia, pero casi siempre fui feliz, las lombrices debían sentirse celosas al ver mi felicidad, ni siquiera era conformidad, sólo una vaga y casi invisible línea entre la realidad y lo inevitable de un final.